Hay dos historias necesarias, imprescindibles quizás, en la del rock nacional paraguayo. Una por la magia que imprimía a las seis cuerdas y que lo convirtió en uno de los guitarristas más talentosos de su generación. A lo largo y ancho del pentagrama rockero paraguayo, generó fanáticos que te pueden decir que se trata de él con solo oír el acorde de un tema que suena en la radio. Hablamos de Roberto Thompson, el mago al que llamaban todos cuando las papas quemaban o cuando había que grabar un disco. El otro fue un pensador que le imprimió textura, insolencia y grito de guerra a la poesía hecha música. Su cédula lo llamaba Celso Aurelio Brizuela, pero era Chester Swann a secas, por decisión propia e irrenunciable. Sus obras literarias o gráficas “quizá han de pecar de irreverentes, pero reflejan fielmente el pensamiento de un humanista libertario”, dice sobre sí mismo. Ambos fueron protagonistas de cierta génesis que dejó huellas fecundas en el alma rockera.

Por Mario Rubén Velázquez

(ruben.velazquez@gruponacion.com.py)

Invitación al canal de WhatsApp de La Nación PY

“En donde tocaba ‘Goyo’ había rock and roll. Tenía una talento único, no solo como músico, sino como persona. El que lo conocía, lo respetaba, lo amaba”, sostiene inapela­ble el investigador y músico Alcy Rock, sentado en un sillón de su sala, rodeado de consolas, micrófonos, bafles y guitarras eléctri­cas.

“Goyo” era Roberto Thomp­son, hijo de una poetisa y periodista, cuya casa se lle­naba de música, charlas y bailes los fines de semana. De ahí vino su vena artís­tica. Ahí nació el genio de las seis cuerdas.

Thompson tocó con cuan­tos grupos le pidieron su riff en un tema, una actuación o una gira. Tocó en orques­tas y en grupos rockeros que, desde siempre, fueron underground y se negaban a formar parte de lo que con­sideraban “música comer­cial”. Sin embargo, el único que salía del molde cua­driculado y se llevaba bien con todos (o casi todos) era “Goyo”.

En 1980, el talento de Roberto Thompson lo llevó a ser primera guitarra del grupo Pro Rock Ensamble (PRE), integrado por Anto­nio Jara (voz), Saúl Gaona (2a guitarra), Justy Veláz­quez (bajo) y Toti Morel (batería). PRE grabó el pri­mer disco del rock nacional y fue pionero en buscar un estilo comercial al género.

Este grupo debutó con un disco simple conteniendo “Ego Kid y Joe el Justiciero” y “En los Campos del Amor”. En 1981 hizo su primera actuación en vivo y la crí­tica fue muy buena, como la del Diario Hoy: “El público llegó al asombro”, o la del diario ABC: “Uno de los con­juntos más prometedores de Asunción”, relata Saúl Gaona, músico e investiga­dor de la música paraguaya.

DUELO DE MAESTROS

A mediados de los años 80, en un festival realizado en el Club Ciudad Nueva de Asunción, tocaba Pro Rock Ensamble. “Yo abrí ese fes­tival y había unas 1.000 per­sonas en el local. Empecé a tocar mi guitarra acús­tica y mi armónica. Luego entró Pro Rock. Estrenaban micrófonos inalámbricos que tenía conectado Saúl Gaona con su violín eléc­trico y Roberto Thompson con su guitarra”, recuerda el cantautor Alberto Rodas.

En una parte del show, Roberto y Saúl empezaron un duelo de guitarra y vio­lín eléctrico. “Era algo tan impresionante que a los dos los cargamos en andas, sobre los hombros, y los sacamos a la calle, cerca del Mercado 4, hasta donde lle­gaban los micrófonos ina­lámbricos, mientras ellos seguían tocando, seguían rompiéndose como locos. Y volviendo a entrar y deposi­tarlos limpiamente sobre el escenario. Fue fantástico”, agrega el músico.

Nelson Martinesi, artista plástico que reside en Salva­dor Bahia, Brasil, recuerda las “clases de música y jazz rock en casa de Rojitas (otro miembro de la movida de los años heroicos del rock asun­ceno) y aparecían siempre Toti Morel y Roberto. Yo iba a dibujar con Ramón y ahí se conseguía música nacio­nal, grabaciones originales y conversaciones intermi­nables, sobre la creación y el arte, la combinación per­fecta para los inquietos de cualquier creativo”, apunta.

“En ese entonces el rock tuvo un estatus de gran arte, el jazz rock, las ban­das con buenos músicos, todavía el pre-punk. Ima­ginate la última fase de la dictadura, la gente ya estaba como que adaptada. Y Roberto era super versá­til, tocaba desde acústicas hasta rock pesado, distor­siones. Sus riffs eran más rebuscados musicalmente que su performance escé­nica. Roberto era tímido, se escondía en el palco o tocaba de espaldas al público, a lo Robert Fripp”, apunta.

Thompson era poseedor de una ironía genial: tocaba “Campamento Cerro León” con una súper dis­torsión eléctrica a modo de retirada de los conciertos. “Eran tiempos del famoso edicto policial y creo que era para ‘cumplir’ con el cupo de música paraguaya en los eventos”.

“PORTACIÓN” DE BARBA

En esos años duros del régimen dictatorial, eran tiempos de otra pandemia: la represión, los abusos y el miedo. “Recuerdo que tuve que sacar un permiso para usar barba, al reno­var mi cédula en 1982, yo con 20 años, en la central de policía, con sellado ofi­cial. Y constaba: ‘usa barba permanente’... era un casi delito portar barba. Algo absurdo”, se ríe ahora.

La penúltima banda del “Goyo” Thompson fue Tío Tomás Blues Band, antes de enfermarse, junto a La Cueva, que fue su última banda con Richard Albos­pino y Jorge González, rememora Alcy Rock. Es que “Goyo” iba a donde lo llamaban. De ahí que una noche de esas, escuchó tocar a un grupo de jóve­nes en un pub local y al concluir fue a saludarlos: “Quiero tocar con ustedes porque suenan bien”, nos dijo. Y era como si Dios nos pedía entrar al grupo. Por supuesto que le dijimos que se sume. Y el nivel cambió", relata Jorge Sosa, el front­man de RH+, el grupo que se consagró en Rock San Ber con “Goyo” en la primera guitarra.

“Los Junior’s Beat” de “Música para los Perros” de Pro Rock fue muy difundida por las radioemisoras. Poco después, el grupo se disol­vió y según su cantante, Antonio Jara, prefirieron terminar “con gloria y con la satisfacción de la misión cumplida”. Nunca se habló de las causas reales de la ruptura.

Roberto Thompson, el pri­mer gran intérprete para­guayo de la guitarra eléc­trica, sufrió un accidente cerebrovascular en 1996 que le imposibilitó seguir tocando la guitarra. Falle­ció en el 2012 de un ataque cardiaco. El cantante Anto­nio Jara falleció en el 2008 a consecuencia de un cáncer de colon. Los demás ex inte­grantes de Pro Rock Ensam­ble siguen activando musi­calmente, cada uno por su lado, relata Saúl Gaona.

El terrible hacedor de historias irrepetibles

Chester Swann.

Chester Swann ya era legendario cuando apareció sobre su moto con su campera de cuero, botas y boina negra y su eterna guitarra al hombro, aquella noche de peñas en la entonces mítica Facultad de Filosofía UNA. Y cantó su himno: “Voy caminando en la madrugada por esas calles de la ciudad, mi facha rara provoca insultos cuando la gente me ve pasar...” (“Gentes nada que ver, sigan arrastrándose”). Y algo cambió para siempre en las cabezas de esos péndex, con libros en la mano, que lo escuchaban con la boca abierta.

“Creo que hay momentos en la vida en que debemos tomar postura firme con relación al mundo en que vivimos: en el que nos dejan vivir o en el que queremos vivir. Y no callar las atrocidades que están pasando”, advertía ya en una entrevista realizada en su casa de Luque, durante su último cumpleaños.

Apasionado por todo lo que signifique arte, Chester se volcó de lleno a sus dos pasiones: la música y la literatura. Esto, mientras hacía de pintor, artesano, dibujante, caricaturista, luthier, poeta. “Creo más en las letras que quedan, y la música es el vehículo de la poesía”, dijo aquella noche de lluvia, vino y peñas.

Apasionado por la bohemia y el folk-rock, tenía discos de Bob Dylan, Pete Seeger, Joan Báez, Bruce Springsteen, Simon & Garfunkel, etc. pero también de rock como The Beatles, los Rolling Stones, The Police... Juglar de estilo propio y fraseo contundente, Chester se burlaba de esa gente hipócrita que juega siempre a fingir ser lo que no es, la que intenta aparentar sus propias limitaciones y cuya ignorancia se nota debajo el ruedo del corsé social. “Tocan de oído”, decía el “Abuelo del Rock”.

Esa rebeldía le costó caro: fue muchas veces preso por ser quien era: un relator del estado de cosas, demasiado irreverente e irónico para ciertos discursos únicos. Contestatario congénito y astronauta de galaxias posibles, era Celso Aurelio Brizuela en su cédula y Chester Swann por adopción. ¿Por qué? Su padre fue guerrillero de la columna 14 de Mayo y él heredó la represión que conlleva esa postura. “Me llevaban a la comisaría por portación de apellido”, se reía.

“Chester y Roberto Thompson fueron influencia clave para mi afición a la improvisación y a tocar música country, blues y rock. Claro que yo ya escuchaba a Los Beatles, a Hermann Hermit’s, a The Monkees, Tremeloes, Jeff Christie y a los Rolling Stones cuando tenía 11 años de edad porque me atraía esa música que sonaba en Emisoras Paraguay”, cuenta el músico Cachorrock.

Fueron años de componer, tocar e improvisar con la banda de la Luz Cósmica, donde luego se uniría al grupo una nueva integrante, Sharon Weaver, a quien conocieron en el Ashram de la Divine Light Mission, una secta hinduista con sede en los EEUU que tenía su local cerca de la Avda. Pettirossi, en las inmediaciones del Mercado 4. Sharon Weaver posteriormente se uniría en matrimonio con Chester, de cuya unión nacerían Bren y Ariana Melody, hijos de la pareja rockanrolera, agrega Cacho Rock.

Su primera obra es un volumen de cuentos breves, varios de los cuales le valieran galardones en concursos literarios, aunque nunca dejó de escribir –a veces con rabia, a veces con ironía– sobre lo absurdo de ese engendro terrestre llamado “Mono Sapiens”, dice Chester.

Irónico y creativo, describe su propia obra: “Tras salir de la prensa, decidió escribir sus experiencias. Al principio, con cierta timidez y mesura. Finalmente, volvióse más cuestionador y se dedicó a la literatura de investigación dentro de la ficción. Para ello, debió convertirse en un pertinaz buscador de pelos en la leche, de moscas en la sopa y de gatos con tres patas; cosa que hizo con mucha meticulosidad. Ha publicado una novela, Razones de Estado, sobre los prolegómenos del 11 de setiembre del 2001”.

La mayor parte de su obra, compuesta de quince novelas, cuatro volúmenes de cuentos y dos ensayos, “aún permanecen a la espera de editor, aunque este autor se inclina más hacia la edición electrónica, más que nada para salvar al mundo de la avalancha de papel que amenaza la supervivencia de los bosques”, concluye. Un paro cardiaco fulminante se llevó al “Abuelo del rock”, al “lobo estepario” Chester Swann, el sábado 15 de diciembre del 2012,. Él, que siempre creyó en que el alma se queda en donde más amó, sigue entre nosotros. ¿No lo oyen cantando? “Gente nada que ver... moral en ventas o en alquiler...”.

ESTA HISTORIA CONTINUARÁ

CHESTER Y LAS LIBERTADES

Banda de la luz cósmica. Chester Swann. Cacho Rock, Virginia Viveros.

BLAS BRÍTEZ*

Aunque esto parezca un tópico decirlo aplicado a él, Chester Swann tenía algo renacentista, como mínimo en dos sentidos. El más superficial, tal vez, se refiere a un hombre multifacético, que hizo de la técnica y fruición de los sentidos, bajo el amplio refugio y proyección del lenguaje, un modo de vida. Así, deviene el músico, el narrador y poeta, el periodista, el artesano, el dibujante, el pintor. Por otro lado, en la base de todo lo que hizo, ubicó siempre una manera particular la individualidad (que no el individualismo) labrada desde el Renacimiento europeo, en la más genuina curiosidad por el teatro del universo.

Chester fue alguien que amó el conocimiento, lo prodigó a su manera y, aunque imaginaba y vivía de las máquinas, comprendió la naturaleza terrenal como parte del cosmos celeste. Esto por supuesto era, sobre todo, una herencia indígena y campesina en su pensamiento y su obra. No hay que olvidar que uno de sus nombres autoimpuestos, en lo particular el que más prefiero y por el que más lo recuerdo, es: el “mensajero”, el dueño de las cartas, del tráfico de sentidos en las culturas guaraníes.

La defensa de la libertad intelectual, de conciencia y de creación –la de los quehaceres humanos que modifican el mundo, los de la cocina, la modelación del barro, la sinfonía musical, etc.; pero también las libertades más simples que, Chester diría, hemos tenido que convertirlas en derechos para que no las arrebaten, como la libertad de respirar un aire puro o la de tener un hogar–, la defensa de nuestra humanidad en relación a un todo cósmico, finalmente, fue fundamental para Chester. Todavía más cuando lo fue a condición de que esta libertad estuviera alimentada por la comunidad y fuera devuelta a ella.

Es, acaso, su legado más persistente. En sus cuentos, sus novelas, sus canciones.

* PERIODISTA Y AMIGO

“GOYO” SIEMPRE QUISO SER MÚSICO

ROBERTO THOMPSON. “El estrangulador de acordes”.

Roberto Guillermo Thompson Artecona nació el 14 de setiembre de 1953 en Asunción. Hijo del maestro de periodismo Roberto Thompson Molinas –primer secretario general de redacción del diario ABC Color– y de la prolífica escritora de poesía y narrativa infantil María Luisa Artecona de Thompson, Roberto siempre quiso ser músico.

"Cuando éramos chicos, le regalaron una guitarrita de juguete. Y Roberto rompía todos los días con la guitarra. En la época del boom de Los Beatles, Roberto tocaba la misma música una y otra vez y otra vez, hasta que le salía idéntica. Así, “Michelle” y “Twist and Shout” fueron perfectos. Después papá vio que le gustaba y a los 9 años le compró una guitarra de verdad. Y nunca más dejó de tocar", relató Mónica Thompson, su hermana, a Carlos Giménez, periodista de Cultura.

"Desde muy chiquito era bohemio. Papá y mamá eran artistas, eran escritores, y él creció en ese ambiente. Nosotros vivíamos rodeados de gente bohemia, la

casa llena de artistas, escritores, músicos, era natural que salga un artista", agregó. Fue un autodidacta: Roberto aprendió a tocar solo y de grande empezó a estudiar y a perfeccionarse.

Fue el mayor de cuatro hijos: Roberto, Hugo (quien falleció en el siniestro del Ycuá Bolaños), Mónica y una hermana menor. Roberto tiene dos hijos: Roberto (odontólogo) y Patricia, quien le dio dos nietos.

El talentoso guitarrista vivía con su madre cuando, en el 2003, falle­ció su progenitora. “Fue el primer golpe duro que recibió. Luego, en agosto, falleció mi hermano Hugo en el incendio del Ycuá Bolaños. Eso fue otro golpazo tremendo para él porque Hugo era como un papá para él, ya que él era quien le cuidaba. Ahí tuvo una descompensación muy grande también, pensamos que se nos iba”, apuntó. Roberto falleció el 24 de octubre del 2012.

Déjanos tus comentarios en Voiz