Tazas, platos, bowls para compartir con la familia o con los amigos. La cerámica va más allá de los adornos decorativos, gracias al trabajo colaborativo de esta diseñadora asuncena con ceramistas aregûeños.
Por: Jazmín Gómez Fleitas
Fotos: Néstor Soto
Producción: Juan Ángel Monzón
A Selene (24) le intrigaba saber qué hacía que tanta gente se reuniese en torno a los cuadros de los museos. Esa curiosidad fue el motor para decidirse a estudiar Artes Visuales en el Instituto Superior de Arte (ISA), pero el arte siempre estuvo presente a lo largo de su vida.
De chica iba a visitar a su abuela, quien tenía un taller de pintura. A ella le atraían sus cuadros al óleo y las ilustraciones de la guerra que dibujó su abuelo. Con ella tomó por primera vez los pinceles mientras ya realizaba clases de ballet. Estudió toda su vida y en el 2012, se recibió de Profesora Superior en Danza Clásica. Siguió ilustrando y estudió además fotografía.
Su curiosidad siempre iba en busca de más, y eso se notaba en lo rápido que se aburría si no seguía aprendiendo o desarrollando su creatividad. Impulsada por ello, tomó unas clases de cerámica utilitaria en el Cántaro de Areguá y, luego, su otra abuela le envió un recorte de un periódico donde se ofrecía una beca para aprender sobre el oficio de la cerámica en Francia.
Se postuló, pasó la selección y quedó. En el 2014 participó durante cuatro meses y medio del programa Viajar para aprender el oficio de la cerámica de la Fundación Diversidad y Cultura de la UNESCO. Esa experiencia marcó el antes y después definitivo en su vida. "Antes de partir fui junto a la ceramista Rogelia Romero para interiorizarme más sobre la cerámica popular. Gran sorpresa me di cuando, una vez en el programa, aprendí tantas técnicas y cuidados diferentes en los distintos talleres de las ceramistas en Francia. Fue sumamente enriquecedor", destaca.
Con la cerámica encontró la oportunidad de estar haciendo cosas nuevas de manera constante. "El mundo del arte es demasiado amplio y, a su vez, la cerámica dentro suyo. Ni un día es parecido, ni un proceso es igual. Es muy dinámico porque si te aburrís de una técnica cambiás a otra, probás nuevos diseños y tenés infinitas posibilidades para crear", explica con entusiasmo.
En cuanto a Yapepó, la idea nació del trabajo en conjunto de los conocimientos y habilidades de los artesanos aregüeños con el de Selene como diseñadora, para sumar valor a las piezas de cerámica. ¿Cómo? Mediante la innovación en los diseños, el mejoramiento de la calidad de la arcilla, los esmaltes, la cocción y otros procesos técnicos.
El significado de "yapepó" proviene de la cultura guaraní. Era la típica vasija cerámica que, por su gran tamaño, servía para el uso culinario en las festividades. Según la antropóloga eslovena -que dedicó su vida al Paraguay- Branislava Susnik, servía como elemento indispensable para las alianzas cooperativas entre los pueblos y su decorado era la impresión de la piel del armadillo. Era pintada con engobe y tintura de urucú.
Dentro del taller de Yapepó
Ella va a Areguá y trae las piezas frescas hechas en torno por artesanos de la localidad para intervenirlas. Una vez en el taller de Selene, las piezas pasan por un proceso en el que se las quema, se esmaltan y van al horno eléctrico a alta temperatura. La horneada va a 1200 grados para que las piezas sean impermeables y tengan la dureza apta para la vajilla utilitaria.
“De mi formación en el ballet aprendí que los tiempos son sagrados y no pueden ser engañados. La limpieza de las formas, la suavidad presente en las manos, el ritmo de trabajo acompañado de buena música y la disciplina como un ejercicio constante y diario; esas son las cosas que traslado del ballet a mi trabajo con la cerámica”.
Lo curioso de todo esto, es que del proyecto nació, además, la tesis de grado de Selene. "Al trabajar en ello se me ocurrió tomar el tema para mi investigación. Eso me ayudó muchísimo a modelar más el trabajo que estaba haciendo. Tanto mi tutora Lia Colombino, como la artista y ceramista Mónica González, me ayudaron a darle forma".
Selene realizó el año pasado el taller de Preservación de la cultura del barro en Paraguay con Julia Isidrez, organizado por la ONU Mujeres y la Facultad de Arquitectura de Asunción (FADA UNA). "Quería aprender más de la cerámica popular que se hace en Itá, uno de los tres centros cerámicos (junto a Tobatí y Areguá) que tiene el Paraguay. Julia Isidrez tiene renombre en el exterior por utilizar una técnica ancestral combinada con su imaginario. Su obra es sumamente laboriosa. Le lleva muchísimo tiempo y esfuerzo finalizar sus hermosísimas piezas y es una pena que no se aprecie como se debería".
Esta inquietud la inspiró para abrir talleres de cerámica. "El mundo de la cerámica es inmenso y muy desarrollado en otros países. Es decir, es mucho más de lo que vemos en Areguá (de donde se conoce más en nuestro país). Hay poca apreciación a lo que está hecho a mano y para no decir nula educación artística. La cerámica es un rubro virgen, porque en Buenos Aires y en Misiones, por ejemplo, hay licenciaturas. Por eso decidí abrir los talleres para que la gente conozca el proceso de elaboración de la cerámica".
Clases de cerámica
Selene fue aprendiendo a través del proceso de prueba y error, de los blogs y las páginas webs de ceramistas de todo el mundo que comparten métodos y consejos. Y recientemente, fue a Buenos Aires para un aprendizaje más teórico y científico "ya que la cerámica es igualmente arte y ciencia".