• Ciudad del Vaticano, Santa Sede. AFP.

¿Mostrar su fragilidad o hacerse invisible? La conva­lecencia del papa Francisco ha abierto una nueva etapa en su pontificado y supone un desafío para su ima­gen pública, que en algunos aspectos evoca la agonía de Juan Pablo II. El pasado 23 de marzo, la primera apa­rición pública del papa tras cinco semanas de ausencia impresionó.

En silla de ruedas, desde un balcón del hospital Gemelli de Roma, el mundo vio a un hombre de 88 años, debili­tado por una doble neumo­nía que pudo acabar con su vida, con rasgos marcados e incapaz de levantar los brazos. Después de balbu­cear algunas palabras con voz entrecortada, Fran­cisco pareció quedarse sin aire e hizo una mueca. Pocos minutos después, reapare­ció en un automóvil que lo llevó de regreso al Vaticano con cánulas nasales para poder respirar.

La imagen de sufrimiento recuerda los terribles últi­mos meses de Juan Pablo II, mudo por una traqueotomía y que murió el 2 de abril de 2005 tras una larga agonía. La salud de los papas siem­pre ha hecho correr mucha tinta porque ocupan el cargo de por vida, excepto en con­tados casos de renuncia, y están expuestos a la mirada pública hasta su último aliento.

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