La película “Emilia Pérez” dividió a la crítica a costa de una polémica. Candidata al Óscar, la cinta, que aborda la identidad y la transformación personal en un contexto de lucha y redención, deja visibles varios problemas que requieren una reacción interpeladora.
- Por Julio de Torres
- Fotos: Gentileza
Un contexto cultural globalizado es el caldo de cultivo para que una doble moral condicione la forma de pensar de las sociedades, especialmente cuando miramos hacia afuera en lugar de examinar nuestros propios contextos. Y es que la necesidad de repensarnos constantemente nos lleva a maquillar aquellos defectos que no encajan en las expectativas impuestas desde el exterior.
Esto ya lo criticó magistralmente Luis García Berlanga con “Bienvenido, mister Marshall” (1953), donde retrató cómo una sociedad, en este caso provinciana, fuera de la imagen de éxito vendido por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial, intentaba enmascarar su carácter pueblerino, rústico, en busca de una legitimación externa. Y es que cuando de no mirarnos se trata, resulta difícil o imposible soportar que la inmediatez del cine o el teatro nos diga que tenemos un problema y que no lo estamos notando.
“Emilia Pérez” es esa película. La banalización, casi adrede, de la violencia de género que queda impune, del negocio detrás de la medicina estética que afecta a colectivos vulnerables y de las víctimas del narcotráfico (cifra escalofriante que ascendió en 2022), entre otros, son apenas algunos problemas que no pueden resultar más incómodos gracias a la intervención, a la usanza brechtiana, de un elemento distanciador potente que ayude al público a pensar sobre esos problemas en lugar de distraerse con las emociones que suscita una trama clásica. El formato musical de la película, plausiblemente lejos del estilo de Broadway, porque no aplica en este caso, consolida la crítica que ofendió a muchos.
AUTORREFLEXIÓN
La metáfora es ineludible porque invita a una autorreflexión que debería ser colectiva, necesaria para evitar la repetición de problemas sociopolíticos. En ese sentido, el caso puede aplicarse a otros países, además de México, donde urge mirar hacia dentro y reconocer fallos estructurales. Con el avance, por ejemplo, de las peleas ideológicas mediáticas alimentadas por teorías conspirativas, especialmente acrecentadas durante la pandemia, la polarización, habiéndose intensificado, satisfizo el vicio de la desinformación y la manipulación emocional.
Repitiendo este patrón, cabe mencionar aquí las redes sociales, las cuales han venido siempre reorientando la opinión pública y erosionando la verdad al amplificar el ruido, las medias verdades y los discursos de odio en detrimento del debate crítico. Que una película logre plantear problemas de cara a estas cuestiones, más allá de la polémica en torno a la actriz protagonista, cuyo trabajo es sobrio, y el director, abre la puerta a un debate que debe centrarse no en la empatía, sino en la reflexión como seres humanos.
“Para ayudar con mis errores, aquí estoy”, reza una línea de la película. La realidad supera a la ficción y no se detiene. Proyectada en el mundo real, “Emilia Pérez” continúa su narrativa fuera de la pantalla mientras el público, incluso tras la reflexión, parece incapaz de reaccionar con vehemencia ante problemas reales, graves.
Que las redes sociales, articuladoras de todas las debilidades propias de una sociedad líquida, sean la guadaña que acabe en la cancelación de una actriz no es raro. La película aquí juega un papel importante y lleva a pensar en que toda esta polémica, siguiendo la idea de que la narrativa de la película se escribe fuera de la pantalla, seguro será la bestia que, parafraseando una línea de la película, seguirá a Karla Sofía Gascón como una sombra.
REDENCIÓN
Si se analiza la película al margen de la polémica que empañó su propósito político, se pueden retomar elementos interesantes que ofrecen más enfoques. Pero el punitivismo y las ansias de castigar, como bien lo describe Michel Foucault, revelan más, al día de hoy, sobre una sociedad que ha perdido la noción de su propia sumisión a un poder que la dirige y concentra su atención.
Y ese, precisamente, es un ejercicio de dominio en su forma más sutil, penetrante. En este contexto, el juicio social sobre los errores del pasado de Emilia en la ficción y de su intérprete en la vida real evidencia un desvío de la atención hacia el castigo individual. Esto es un reflejo, quizás, de una sociedad impotente que, en lugar de afrontar sus propias contradicciones, canaliza su rechazo hacia quienes desafían el orden establecido. A pesar de sus errores.
Visibilizar la lucha por la transformación personal y, por ende, social es el propósito central de “Emilia Pérez”. Una reivindicación potente con la que se iniciaba el filme nos acerca precisamente a la raíz de uno de los problemas que justifica la decisión inicial del personaje de realizar el ansiado cambio en su cuerpo.
El diálogo entre el médico y Rita sintetiza la idea de que la transformación corporal no solo es un acto individual, sino también un detonante que desafía estructuras sociales rígidas en aras de allanar el camino a un contexto donde la aceptación y el cambio en una cultura sean posibles.
El valor, aunque incomode, de esta película de Jacques Audiard y protagonizada, además de Karla Sofía Gascón, por Zoe Saldaña, Adriana Paz, Selena Gómez y Edgar Ramírez, radica ahí.