- por Gonzalo Cáceres
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La paradoja de la predestinación surge de la búsqueda del punto intermedio en la idea de un destino establecido con la noción de libre albedrío, siendo la causa de intensos debates entre tradiciones y corrientes de pensamiento de igual y distinta naturaleza.
Si el azar ya está determinado por Dios, por un ente todopoderoso, eterno y omnipresente, o por una ley universal (el “destino” y/o una “fuerza” o “necesidad” cósmica), entonces nuestras elecciones y acciones ya quedaron fijas de antemano. Y si nuestras elecciones y acciones están determinadas, entonces no tenemos libre albedrío y tampoco seríamos responsables de nuestras decisiones.
Las fuentes mejor documentadas del estudio de la predestinación se rastrean en los albores de la filosofía griega, aunque también en el antiguo Egipto y en las tres grandes religiones abrahámicas, además de otros dogmas politeístas de Asia y la actual Australia.
Los filósofos presocráticos y clásicos helenos reflexionaron sobre el moira (destino) y su relación con la causalidad. Por ejemplo, Heráclito (c. 535-475 a. C.) creía en un logos universal que gobierna todo y a todos, lo que sugiere una suerte de determinismo cósmico.
Parménides (c. 515-450 a. C.) decía que el cambio y la multiplicidad son ilusiones, lo que implica que el devenir está completamente dicho.
Por su lado, Platón (427-347 a. C.), en su mitología filosófica (en el mito de Er de “La República”), no habla explícitamente de libre albedrío, pero sí de autodominio y elección moral. Reconoce un “destino cósmico”, pero también deja espacio para cierta responsabilidad individual en la elección de la senda futura.
Aristóteles (384-322 a. C.) introdujo la noción de causas (material, formal, eficiente y final), aunque con la salvedad de que algunas cuestiones pueden ser solo de la experiencia humana. En “Ética a Nicómaco” (libro III) desarrolla el concepto de voluntariedad y argumenta que la virtud depende de elecciones deliberadas y reconoce el peso de las influencias externas.
DETERMINISMO
La filosofía estoica, en auge por nuestros días, desarrolla una visión altamente determinista del universo de la mano de Crisipo (c. 279-206 a. C.), quien defendió el determinismo riguroso (leyes físicas estrictas, cadena de causa y efecto), basado en la lógica y la idea de un cosmos racionalmente ordenado por la providencia (heimarmene). A pesar de esto, introdujo la noción de asentimiento (synkatathesis), en la que el individuo puede aceptar su destino con sabiduría.
En lo que respecta al judaísmo y cristianismo primitivo, la predestinación se vincula con la omnisciencia y soberanía divina. En el Antiguo Testamento, pasajes como Isaías 46:10 (“Mi consejo permanecerá y haré todo lo que quiero”) sugieren una visión en la que Dios ordena.
San Pablo (siglo I d. C.), en la “Carta a los romanos” (9:10-24), habla de la forma en que Dios elige a unos para la salvación y a otros para el fuego eterno, lo que influirá fuertemente en la dirección de la teología cristiana posterior.
Pero fue San Agustín de Hipona (354-430 d. C.) quien formuló una de las primeras doctrinas sistemáticas de la predestinación. Argumentó que, debido al pecado original, la humanidad está corrompida y solo la “gracia divina” puede favorecer a algunos.
En este punto se desarrolla la idea de la “gracia eficaz”, en la que solo Dios elige infaliblemente a los salvos (importante para la discusión posterior en el cristianismo medieval y en la reforma protestante).
ELECCIÓN Y CONSECUENCIA
En el pensamiento islámico, la predestinación (al-qadar) es un tema central. Los mutazilíes (siglo VIII-IX) defienden el libre albedrío bajo la premisa de que la justicia divina exige que los humanos sean responsables de sus actos.
Por su lado, los asharíes (siglo IX-X) defienden que Dios dirige todas las acciones humanas y que la libertad es solo una ilusión.
En “Suma teológica” (Parte I, cuestión 83), Santo Tomás de Aquino intenta conciliar la omnisciencia divina con la libertad humana. Explica que el libre albedrío existe, pero que está guiado por la razón y, en última instancia, por Dios.
Ya en la época moderna, el estudio de la predestinación se radicaliza con la reforma protestante. Martín Lutero (1483-1546) en “De servo arbitrio (1525)” sostiene que el libre albedrío es una ilusión y que solo Dios decide la salvación.
Por la misma línea anda Juan Calvino (1509-1564) con su doctrina de la doble predestinación, según la cual Dios elige a algunos para la salvación y a otros para la condena eterna.
CONOCIMIENTO MEDIO
Algo menos radical fue el jesuita español Luis de Molina (creador del molinismo), quien entendió que Dios tiene conocimiento medio, es decir, sabe lo que cada persona haría en cualquier circunstancia, pero sin determinar directamente sus pasiones y elecciones, dejando a entrever la facultad de elegir y asumir las consecuencias.
Entre los distintos representantes de la escuela determinista hubo quien manifestó la existencia de Dios “fuera del tiempo” y, por lo tanto, su conocimiento de los eventos futuros no implica que los determine.
Consecuentemente, la responsabilidad moral sería solo una construcción social útil, pero no tendría una base metafísica real (se distingue entre un nivel absoluto donde todo está determinado y un nivel humano donde experimentamos la libertad).
Quien intente conciliar predestinación y libre albedrío entiende que ambos pueden coexistir, aunque el plan divino influya en las decisiones humanas. Podría ser bajo el argumento de que todas las acciones están causadas por eventos previos, lo que parece eliminar el libre albedrío. Esto lleva a la siguiente pregunta: si todo está determinado por leyes causales, ¿tiene sentido hablar de responsabilidad moral?
El mejor pacto está en la percepción de que el conocimiento de Dios (o de un ente superior) no es causal: saber lo que va a ocurrir no significa que lo esté determinando. De la misma forma en que alguien puede conocer bien a un amigo –y predecir sus acciones, sin obligarlo a hacerlas–, Dios podría conocer el futuro sin eliminar la libertad humana.
Tal vez la verdadera libertad no radique en desconocer el porvenir, sino en la forma en que experimentamos cada decisión. No importa si hay un destino final. Mientras sigamos sintiendo el peso de nuestras elecciones, la libertad seguirá siendo parte de nuestra experiencia.