El debate que se nos plantea desde lo más alto del poder e incluso desde el oficio es el de la construcción de la verdad y lo que algunos académicos y académicas comienzan a estudiar como la administración comunicacional de lo incierto.
- Por Ricardo Rivas
- Periodista Twitter: @RtrivasRivas
- Fotos Gentileza
El presbyter Nobleglow –un tipo “joven, con cabellos casi rubios, simpático, delgado, alto, de sonrisa fresca, pronta y muy buen mozo”, como lo describe Gaby, una querida amiga-hermana periodista desde el día en que los presenté en una no muy lejana tarde marplatense– asegura ser un cura católico y dice no tener una relación fluida con la jerarquía eclesial.
Nos conocimos largo tiempo atrás cuando por casualidad coincidimos en Casa Watson, un café que desde sus ventanales proyecta misteriosos resplandores debajo de las recovas que, como conjunto arquitectónico, se extienden a ambos lados de La Redonda, una iglesia cercana a la esquina de las avenidas Juramento y Cabildo en Belgrano, mi pueblo natal en Buenos Aires, unos 1.300 kilómetros al sur de mi querida Asunción.
Formalmente conocida como parroquia de la Inmaculada Concepción, allí se encuentra desde 1878 muy cerca de Las Barrancas y a tres cuadras de la que fuera la pulpería La Blanqueada que –arrasada por el malón del progreso– fue borrada del paisaje cuando comenzaba el siglo pasado.
“¿Le molesta si me siento a su mesa?”, preguntó aquel muchacho que inmediatamente, sin darme un segundo para responder, se presentó con su mano derecha tendida hacia adelante. “Presibyter Nobleglow... quiero tomar un café, pero no veo ninguna otra silla desocupada más que esta”.
UN PECADO PERMANENTE
Admito que su potente –y presuntamente entonces– ímpetu vincular me sorprendió. “Ponte cómodo. Te invito el café, pero que te quede claro que no conseguirás que confiese ningún pecado”, respondí. “Y no lo haré porque sospecho que no tendrá tanto tiempo para escucharme”, añadí.
Hubo risas y, aun en ese contexto, confesé ser periodista. “¡Un pecado permanente!”, bromeó mi desconocido interlocutor. Volvimos a reír. Por varias horas diletamos. Esa zona de mi pueblo –aún hoy, cuando ya de aquel entorno poco queda– fue y es un espacio urbano de excelencia para la tertulia que durante algunas semanas de cada año torna celeste por los jacarandás.
Cada tanto nos vemos. Catorce días atrás nos reunimos nuevamente en el mismo lugar. Unos pocos minutos nos separaban de las seis de la tarde. El campanario de La Redonda llamaba para el Ángelus. Con cerca de 32° y sendos chops de cerveza negra nos deseamos “prost”. Nobleglow no se hizo esperar. “Comunicar es salir un poco de ti mismo para dar algo de mí al otro. La comunicación no es solo la salida, sino también (es) el encuentro con el otro. Saber comunicarse es una gran sabiduría”.
Lo escuché con atención mientras leía en la pequeña pantalla de su muy viejo teléfono inteligente. “Por eso, la tarea de ustedes (periodistas y comunicadores) es grande y exige que salgan de sí mismos, que hagan un trabajo ‘sinfónico’ (colectivo), implicando a todos, valorando a los ancianos y a los jóvenes, mujeres y hombres; con todos los lenguajes, con la palabra, el arte, la música, la pintura, las imágenes. Todos estamos llamados a verificar cómo y qué comunicamos. (Para) Comunicar siempre. Les confieso algo: a mí me preocupa, más que la inteligencia artificial (IA), la natural, esa inteligencia que nosotros debemos desarrollar”.
Como Mafalda, creo que Nobleglow sobre mí vio un signo de interrogación. “Lo dijo ayer, Francisco, en el Vaticano, reunido con miles de periodistas y operadores de la comunicación”, explicó. “Siento que el periodismo, en los años más recientes, es un tema recurrente entre poderosos y poderosas, padre Nobleglow”, respondí.
DESAFÍO
Cruzamos serias miradas. Aunque, tal vez –reflexioné en alta voz– no lo sea el periodismo, sino las historias que contamos las y los periodistas. “¿Nada nuevo, entonces?”. Fui más allá. “¡Siempre hay algo nuevo, padre Nobleglow!”, respondí y –con pretensión reflexiva– añadí: “Creo que el gran desafío y el debate que se nos plantea desde lo más alto del poder e incluso desde el oficio es el de la construcción de la verdad –atravesada por la ética y el compromiso temporal de cada época– y lo que algunos académicos y académicas comienzan a estudiar como la administración comunicacional de lo incierto”.
Se puso de pie el silencio. “¿Te refieres a la mentira?”, preguntó el religioso. Mi respuesta fue la de Humpty Dumpty en El País de las Maravillas cuando se conocieron con la pequeña y deslumbrada Alicia: “Cuando uso una palabra, significa justo lo que elijo que signifique. Ni más ni menos, querido presbyter Nobleglow”.
Silencios, incertidumbres y dudas se desplomaron sobre la mesa. El Ángelus había finalizado largo tiempo atrás. Los chops estaban vacíos. Nuestros tiempos, también. Los acordes impetuosos del bandoneón de don Astor están en mí. De alguna forma, son parte de mi ADN musical. El soundtrack de mi vida porteña que también es y será mi muerte y resurrección en cada café, en cada bar, en cada esquina... Cada febrero tórrido camino sus calles con Piazzolla en mis oídos... y en mi corazón en busca de lo que esta ciudad fue... es y quizás... ¿será? ¿Cómo saberlo?
INMORTAL Y MENTIROSA
Aquí y ahora –me confieso y lo comparto con ustedes– estoy cierto que Buenos Aires fue, es y será inmortal a la vez que mentirosa. ¡También sé lo que no es! No es Madrid, pero no son escasas ni escasos aquellos que la habitan, aseguran creerlo y así la pintan mentirosamente. Tampoco es París, aunque otras muchas y muchos enfáticamente lo aseguran, así la pintan mentirosamente. ¡Embustera!
“Créanme, existe otra ciudad en el fin del mundo que nunca duerme y esa es Buenos Aires. Está siempre despierta, al acecho, esperando para empujarte al vacío o para darte una mano”, dijo el 15 de noviembre de 2023 Robert de Niro para quien la “otra ciudad”, a la que aludió sin mencionarla, es New York, donde es uno de los socios de Tribeca Grill, en el 375 Greenwich Street. ¿Qué dirá Sinatra si lo escucha desde el cielo de la fama eterna?
Camino por San Telmo. 37°, me dice un viejo termómetro “de mercurio” desde la pared de un anticuario sobre la calle Defensa. No le creo. Siento que es mucho más. Cruzo hacia la otra vereda. Busco la sombra esquiva. Desde un portal –como escondido detrás del marco de una centenaria puerta de roble– percibo que me observa una armadura. Me detengo. “Es auténtica... de 1600... ¡única!”, dice quien parece ser el experto encargado. Por cortesía gesticulo agradecido. Imagino que miente.
Pienso en volver a cruzar la calle. Me agrede una brisa cálida. Miro hacia la vereda de enfrente. La calzada parece derretirse. “Muzzarella de cemento y bodegón / Tu corazón…”. El querido Chico Novarro –con quien fuimos amigos y alguna vez compañeros en la viejísima radio Splendid allá por los 80, en el siglo pasado– desaloja a Piazzolla en mis oídos.
BODEGONES
En café La Poesía –507 de la calle Chile, que alguna vez quiero visitar con Paulo, Arturo y Víctor, queridos y valiosos compañeros en el diario La Nación de Paraguay, amantes de los bodegones que guardan historias– nos reunimos con Hamurabi. Viejo y querido amigo-hermano. ¡Buenos Aires, miente!, dije antes de abrazarnos al reencuentro.
“¡Que no te asombre ni te duela habibi, la humanidad transita la mentira”, respondió con una leve sonrisa! Salam Aleikum, me atreví a expresar. “Wa-Alaikum-Salaam”, fue su rápida devolución. Con el primero de los cafés que ordenamos fuimos más allá. Académico brillante, me quedé masticando su respuesta sobre la “era de la mentira”. Me preguntaba ¿será así?
La tertulia se extiende. El café queda atrás. Se fue subrepticiamente mientras el sol caía. La luna bien ganó espacio en el firmamento porteño. El ron ámbar Legendario –añejado en Cuba 15 años– con dos piedras de hielo miente con frescura el sabor no siempre grato de algunas viejas historias que, pese a todo, nos atrapan y disfrutamos. Es posible que haya sido unos 1.400 años antes de nuestra era cuando Kalim Allah –”el mensajero enviado al pueblo de Israel” y, a la vez, “el único que recibió el mensaje que debía transmitir (a su pueblo) directamente de Dios”– cumplió con el mandato para que se conocieran los contenidos de las que algunas y algunos llaman las “tablas de la ley”.
Palabra más, palabra menos, esa es la respuesta que recibí muchos años –décadas– atrás de Miguel Cheb Terrab, un viejo vecino árabe que en mi pueblo pasaba algunas horas de cada una de sus semanas sentado en una banqueta explicándome sus interpretaciones del Corán. Fue justamente aquel lúcido anciano quien, mientras fumaba narguile en la puerta de su casa cuando caía la tarde, dijo que al profeta Kalim Allah se lo menciona 136 veces en el Corán, el libro sagrado de su fe. También descubrí por él que Kalim Allah “es Moisés para los judíos y los cristianos”.
TARDE TENSA
Una tarde tensa en silencio escuché cuando un paisano suyo mucho más joven corrigió sus dichos para asegurar que “son 115 las menciones a Moisés” en el Corán y añadió que “a Mahoma solo se lo nombra cinco veces”. Nada dijo don Miguel. Aunque recuerdo que miró sostenidamente al imprudente joven corrector, quien enmudeció hasta bajar su mirada.
La rica historia de vida del profeta Moisés –autor del Pentateuco, la Torá– es posible leerla en el libro del Éxodo, al igual que en otros textos bíblicos como Números, Deuteronomio y/o el Levítico. La ley de Moisés, con la que descendió del monte Sinaí trayéndola entre sus manos, es la que contiene los que se conocen como Los Diez Mandamientos y, de entre ellos, el octavo de la Ley Mosaica es el que llama a mis pensamientos, recuerdos y reflexiones en esta noche de viernes en el bar La Poesía. “No darás falso testimonio ni mentirás”.
De allí que tengo claro que, desde hace unos 3.500 años por lo menos, mentir es una preocupación social que, al parecer, se mantiene y no son escasas las personas poderosas que –con eufemismos– instan a mentir. Las tres religiones monoteístas y escritas –judaísmo, islam y cristianismo– insisten con ese mandato que exige no faltar a la verdad.
De hecho, el Decálogo, como también se lo conoce, aparece dos veces en la que se menciona como “Biblia hebraica” –escrita en hebreo y arameo– a la que también se alude como Viejo Testamento. Las Mitzvot (mandamientos divinos), contenidas en la Torá, se pueden leer tanto en el libro del Éxodo como en el Deuteronomio. “No dirás falso testimonio contra tu prójimo”, es el decimosexto mandato en el primero de ellos y el vigésimo en el segundo.
PROBLEMA SOCIAL
Más cerca en el tiempo, es posible discernir que la mentira –como problema social– se mantiene. La humanidad no deja de mentir. Solón (638-558 de NE), uno de los llamados Siete Sabios de Grecia, que supo ser legislador, filósofo, comerciante y poeta, con su decálogo –”Las leyes de Solón”– fue claro y preciso con solo dos palabras: “No mientas”.
Sin dudas, se trataba de una práctica social que, como tal, traía problemas y que, al parecer, se expandía. Estimo que, justamente por ello, siempre desde antes de nuestra era se procuraba señalar a las personas mentirosas para desacreditarlas socialmente y que sus dichos no fueran creídos ni creíbles. Es muy probable que, por ello, en la vieja Roma se instituyó la mentira como una actitud antijurídica.
No es un dato menor esa inclusión en la que se conoce como Ley de las XII Tablas (“Ley decenviral” o “Duodecim tabularum leges”), a las que Tito Livio, historiador relevante desde entonces, categorizó como “la fuente doctrinaria de todo el derecho romano” –tanto en lo público como en lo privado– y que, por ellas y sus efectos sociales, algún profe en la facultad nos dijera que el abogado “Cicerón aseguraba que para los niños del imperio de Roma era obligatorio memorizarlas”.
¿La humanidad miente? ¿Desde cuándo? “¡Quisiera tener lágrimas suficientes para llorar día y noche por los muertos de mi pueblo! ¡Quisiera huir al desierto para alejarme de los que aún viven! Todos ellos son unos infieles; ¡son una banda de traidores!”, dice en la Biblia el profeta Jeremías (626-586 antes de nuestra era), trashumante en Judá, Jerusalén, Babilonia y Egipto.
FLECHAS
En esa condición, relata que “Dios dijo: ‘Esta gente dice que me ama, pero en este país todos mienten y todo va de mal en peor. ¡Este pueblo dice más mentiras que las flechas que un guerrero dispara en la batalla! Nadie confía en nadie, ni siquiera en su propio hermano, porque nadie dice la verdad. Todos se cuidan de todos, porque entre hermanos se engañan y hasta entre amigos se mienten. ¡Están acostumbrados a mentir y no se cansan de pecar! Esta gente no quiere confiar en mí. Les juro que así es’”.
Enfatiza luego Jeremías en su relato: “Por eso yo, el todopoderoso Dios de Israel, digo: ‘Voy a hacer sufrir a mi pueblo, a ver si así cambia; ¿qué más puedo hacer con ellos? Solo saben decir mentiras; ¡su lengua hiere más que una flecha! Les desean lo mejor a sus amigos, pero eso son solo palabras, pues lo que en verdad quieren es tenderles una trampa. ¡Por eso voy a castigarlos y a darles su merecido! Les juro que así será’”.
Es palabra de Dios, según el profeta Jeremías. Las centurias pasan. Verdad vs. mentira. La batalla continúa. Gregory House, ese increíble médico de ficción que compone como nadie Hugh Laurie, lo repite una y otra vez. También lo repito y en la duda –y con dudas– me animo y pregunto más.
Escucho a Darío Sztajnszrajber, filósofo, que explica apoyándose en Derrida. “La mentira –de algún modo– es imposible de develar en el otro. Nunca puedes saber que el otro está mintiendo. La mentira no tiene que ver con lo que se dice, sino con la intención (al decir lo que se dice). Es un acto ético, no es un acto informativo. ¿Por qué? Porque al que miente, si vos le decís que miente, lo niega. (Tal vez) dice ‘me equivoqué’. El único que sabe que está mintiendo es el que miente”.