Las pinturas, dibujos y tallas comienzan a ganar el valor y la consideración que se merecen en el escenario nacional e internacional. Entre tanto, los artistas bregan por precios justos y por más apoyo de los sectores público y privado para poder hacer conocer sus obras. Aquí tres cultores del arte indígena nos cuentan sus peripecias en la tarea de plasmar el imaginario de quienes nos antecedieron en estas tierras.

Salmi López Balbuena presentó reciente­mente una mues­tra en la prestigiosa galería Estação de Sao Paulo, Brasil, en una muestra en la que sus cuadros vienen admirando a la crítica local. Es hoy la principal heredera de la tra­dición de su fallecido abuelo Ogwa, el gran plástico cha­macoco que reveló el fron­doso imaginario de la cul­tura ishir.

López Balbuena habló con La Nación/Nación Media desde Puerto Diana, Alto Paraguay, su comunidad natal. En primer lugar refiere que tenía cinco años cuando Ogwa la inició en la plástica: “En esos momen­tos, mi abuelo/papá me enseñaba, me contaba la his­toria y yo dibujaba. Usaba lápices de colores, lápiz de papel, así yo comencé, pero siempre pinté, fui la pri­mera que pintaba las obras”, recuerda sobre aquellos días.

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Los mitos de su pueblo son uno de los principales motivos de las obras de Salmi

“A mí me gusta mi cul­tura, me gusta seguir este camino, que la gente valore mi obra y me encanta nues­tro paisaje chaqueño. De pequeña ya me gustaba, siempre lo pintaba porque es muy importante para mi pueblo”, cuenta.

Sami se siente atraída por los mitos, lo cual resulta patente en su obra. “Por ejemplo, la historia de la sirena y la histo­ria de Nemur que me contaba mi abuelo”, recuerda Salmi. Nemur era un semidiós Anabsoro, la raza de gigantes que medían casi tres metros que fueron finalmente ani­quilados por los ishir-cha­macoco. Dice la leyenda que Nemur fue el único que se escapó de aquella matanza y al huir se llevó un caracol con el que sembró una corriente gigante de agua en la tierra que hoy conocemos como río Paraguay.

“¡Me encanta, me inspiran los colores de las plumas, las pinturas y el baile de mi pueblo, nuestro arte, cómo cantan los chamanes, a mí me gusta mucho eso!”, dice para explicar que su obra es un homenaje a esa profun­didad y permanencia.

Salmi dice percibir que está habiendo una valoración del arte indígena. “Hay perso­nas que pagan muy bien, los extranjeros también valoran la obra y ahora por ejemplo me quieren ayu­dar para valorizar mi obra, hay muchas personas que me quieren ayudar. Yo sigo pintando para continuar con lo que me enseñó Ogwa y no quiero que se termine, así que ahora ya mis hijos están también procurando para pintar”, apunta.

El dibujante nivaclé Richart Peralta

Sin embargo, lamenta que aquellas ceremonias que su abuelo/papá le dio a cono­cer, aquella escena del rea­lismo mágico ancestral del bosque volador, por ejemplo, se pueda perder en el tiempo.

Recordemos que en ese cua­dro mítico ya de Ogwa, los chamanes bailan en círculos hasta hacer elevar la tierra. “Hoy nos quedan tres cha­manes que siguen todavía, pero para poder sobrevivir con nuestra cultura nece­sitamos más ayuda. Aquí en mi comunidad hay per­sonas, ancianos que siguen haciendo su cestería, hacen sombrero, hacen de todo un poco y hay también otros artesanos, pero es muy difí­cil porque acá cuando llueve ya no se puede salir para vender”, refiere la artista.

Su número de contacto es el (0984) 292-135.

DIBUJOS A BIROME

Richart Peralta es, quizá, el más destacado de los dibujan­tes nivaclé. Una tradición que surgió hace unas dos décadas en las comunidades de Cayin ô Clim, Yiclôcat y Campo Ale­gre, en las cercanías de Neu­land, Boquerón, a casi 500 kilómetros de Asunción.

Fue la antropóloga suiza Verena Regehr la precursora, la que les dio el impulso ini­cial para que los nivaclé lle­varan al papel la mirada de su agreste entorno, su fauna maravillosa, sus insectos, en fin, la vida.

Los animales del monte son la principal inspiración de Peralta

Richart está en el oficio hace relativamente poco tiempo: “Empecé en la pandemia en 2020 porque no había trabajo acá en el Chaco y a veces la gente nos tiene miedo a noso­tros. Un día escucho a mi suegro contar que la gente le vendió su arte a la señora Verena y entonces empecé a dibujar y sigo hasta ahora”, narra. “Antes trabajaba con los menonitas, con machete y pala y hacíamos limpieza al borde de la casa, en los cam­pos, limpiamos terrenos para las vacas, pero después vino la pandemia”, explica.

Peralta tiene hoy una mues­tra permanente en la galería Popore de San Antonio, espe­cializada en arte indígena, y sus cuadros fueron ganando en tamaño y valor. “Gra­cias a Dios que salió bien mi arte porque yo aprendí solo, no tengo profesor. Ahora les estoy enseñando a algu­nos niños de mi comunidad. Estoy muy contento porque cuando comencé no sabía nada y ahora puedo enseñar”, se alegra.

Agradece entonces el apoyo de su suegro, que le llevó la idea y le dio el respaldo sufi­ciente hasta que consiguió vender su primer trabajo: “El 18 de agosto de 2020 vendí mi primer dibujo a la señora Verena. Ella compró mi arte y me apoyó mucho. Ella me dijo ‘hay que hacer más’ y, bueno, yo empecé a hacer más dibu­jos gracias a ella que me apoyó mucho”, destaca.

Víctor Ayala fabrica tallas zoomorfas

Lo primero que le sugirie­ron fue ir al monte. “Fui y cuando vi un animal o un insecto, traté de guardarlo en la memoria para ir a mi casa para dibujar. No tenía cámara para hacer foto en esa época, solamente usaba mis propios ojos y mi pensa­miento”, recuerda.

“Preferí mi arte porque noso­tros somos indígenas y hay mucha artesanía entre los nivaclé. Algunos hacen tallas de palosanto y las mujeres trabajan el hilo de caraguatá para hacer carteras en el telar. Yo prefiero dibujo, yo quiero mostrar los insectos, los ani­males”, explica.

El artista de 28 años es casado y tiene dos hijos, por lo que pide a la gente “que si alguien quiere conocer más de mi arte que me llame. Nosotros estamos acá en el Chaco sufriendo. Aquí los niños más necesitados no tie­nen zapatos y ropas ahora que hace demasiado frío y cuando comienza el calor necesita­mos también el agua”.

“Trabajamos mucho todo el día. Ahora estoy buscando una empresa o cualquier cosa que me ayude porque ahora hago solamente esto. Tengo diferentes precios de acuerdo a los tamaños, chico, mediano y grande”, detalla.

Una de las tallas zoomorfas de Víctor

Cuenta que su dibujo de un palo borracho, samu’u en guaraní, a bolígrafo en car­tulina fue por el que mejor precio obtuvo. Entiende que con un poquito más de pro­moción las cosas le irían un poco mejor. “Agradecemos a la gente del Instituto Para­guayo de Artesanía (IPA) que me apoya, pero nece­sitamos que nos compren más”, pide finalmente.

Su número de contacto es el (0982) 274-975.

TALLAS DE ANIMALITOS EN MADERA

Víctor Ayala vive en la des­tacada comunidad Pindó de los mbyá-guaraní de Itapúa. Conocido por la calidad de sus artesanías, el lugar es visita obligada para quien llega a San Cosme y Damián o Coronel Bogado, apenas desviando unos 25 kilóme­tros desde la Ruta PY 01.

Su caso tiene una pecu­liaridad. Hasta hace unos seis años hacía trabajos de campo y salía a mariscar, cazar pequeños animales en el monte, hasta que una enfermedad lo obligó a hacer reposo. En esa situación y con un hijo pequeño, la arte­sanía se le presentó como una opción económica: “No pude más trabajar ni estudiar, entonces pensé qué podía hacer para salvar algunos gastos de mi familia. Tuve un problema en la cabeza, no sé bien qué era, pero gracias a Dios me recuperé, me curé y me dediqué a esto”, agradece el artista de 38 años.

Sus tallas en madera y las artesanías hechas en porongo se destacan por el esmero. “Somos más de 12 los que trabajamos este estilo y también aquí se hacen canas­tos, cedazos”, cuenta de su comunidad integrada por más de un centenar de perso­nas que tienen un local especial para exhibir las tallas de curupika’y, cedro peterevy, la cestería con hojas de pindó y los cedazos de takuarembo, ñandypa y tiras de guembe.

“Tuve suerte porque la gente compró de mí y llevó para promocionar y allí se cono­ció más”, cuenta de lo suyo entendiendo que “es impor­tante que se reconozca más el lugar, nuestra comunidad, para que puedan valorar más el trabajo que hacemos por­que algunos no quieren pagar el precio que nosotros pone­mos. El más barato sale entre los 25.000 y 30.000 guaraníes y dependiendo del tamaño va aumentando el precio. Tenemos yakare (cocodrilo), kaguare (oso melero), ka’i (mono), tatú (armadillo), de distintas clases. El otro día me pidieron un colibrí y lo tuve que hacer, no pensé que iba a salir”, cuenta satisfecho.

Las más pequeñas le pue­den llevar entre 3 a 4 horas de trabajo, pero las piezas mayores le llevan de cuatro a cinco días. De allí que los pre­cios trepen y hasta superen los 200.000 guaraníes, como cuesta el hermoso jaguarete que muestra en la foto que ilustra esta página.

La comunidad Pindó tiene 370 hectáreas y la mayoría de ellas están cubiertas de bosques todavía, así que de allí pueden proveerse de maderas para sus tallas. “Alimentos ya casi nada ni animales, porque es un muy chiquito para que los animales puedan vivir”, comenta.

“Estoy contento de que estén interesados en los trabajos que estamos haciendo, porque son difíciles y por eso, cuando hay alguna persona que valora nuestro trabajo, es motivo de alegría”, apunta. “Acá somos famosos por la chipa y el pes­cado”, dice Víctor comentando que cada tanto vuelve a maris­car persiguiendo palomas y apere’a al tiempo que invita a las personas a visitarlos en Pindó.

Su número de contacto es el (0981)-703-854.

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“SE ESTÁ VALORANDO MÁS EL ARTE INDÍGENA”

Ysanne Gayet, además de una plástica excepcional, fue, desde el Centro Cultural del Lago en Areguá, una de las precursoras en la tarea de poner en valor el arte indígena en nuestro país.

Explica que, a pesar de la prédica de años, sigue siendo difícil que se valore el trabajo de los artistas originarios. “La gente suele adquirir por ejemplo tejidos y tapices grandes de los hilos del caraguatá del Chaco, pero no le interesa comprar un bolso y es una lástima porque ese es su pan de todos los días, es lo que resulta más fácil para las mujeres fabricar y vender y la gente no quiere pagar lo que vale”, lamenta y precisa que pueden valer entre 50.000 y 950.000 guaraníes a precio local, pero en el exterior sus precios crecen considerablemente.

“Verena Regehr con su marido Walter pusieron mucho empeño en enseñar a la gente que si hacían bien la bolsa iba a tener otro valor”, recuerda Ysanne. También que la mujer fue la promotora de los dibujos con birome y pintura acrílica que hoy destacan entre los pueblos cha­queños.

“Los primeros cinco dibujantes comenzaron con ella, tres de ellos ya fallecidos (NDR: entre ellos se destaca Clemente Juliuz) y se valoraba más los dibujos porque eran pocos. Ahora hay muchísimos dibujantes jóvenes y pienso que algunos de ellos pueden vender sus obras a buen pre­cio. De hecho, hay algunos trabajos grandes que llegaron a los 1,8 millones de guaraníes. Antes les compraba los dibujos en 500.000, ahora veo que venden en 200.000 guaraníes los más pequeños, bajaron sus precios”, comenta Gayet. A pesar de ello, considera que “se está valo­rando más el arte indígena porque la exposición que se llevó a Corrientes, Argentina, se vendió todo. Ahora hay una exposición de Ogwa y Salmi López Balbuena (nieta de Ogwa) en Sao Paulo, hubo muestras importantes de pinturas y dibujos del Chaco en Madrid y París, y lugares como Casa Popore en San Antonio y la galería Matices, que hacen hincapié en el arte indígena, así que veo que hay más interés”, indicó.

“DEBEMOS VISIBILIZAR NUESTRA DIVERSIDAD CULTURAL”

César Centurión y Gustavo Gauto, acompañados de los artistas indígenas aché Simón Pychangui y Quesia Ayala

César Centurión y Gustavo Gauto García llevan adelante Popore, una galería especializada en arte indígena ubicada en avenida del Río casi Cerro Corá N° 403, del barrio Las Garzas de la ciudad de San Antonio, en la Gran Asunción.

“Creo que hay un auge importante del consumo a nivel nacional y digo consumo porque creo que está ligado a una cuestión de ‘moda’ del momento, mucha gente llega a comprar porque vio en otro espacio y le pareció interesante o lindo, pero de ahí a valorar la cosmovisión o tratar de comprender más sobre la vida, para qué lo utilizan, todavía creo que queda un camino por andar. Mucha gente que visita la Casa Popore se sorprende al saber que coexistimos con otros pueblos indígenas que no son solo los mbyá-guaraní, no conocen sobre los pueblos ishir, los ayoreos, los nivaclé, entre otros”, cuenta Centurión.

“Por otra parte, creo que es positivo este consumo porque genera un dinamismo de ingreso económico en las comunidades, cosa muy importante, ya que les permite sostenerse y seguir reimaginando su cosmovisión. Además, esto ayuda a visibilizar esta diversidad cultural que de alguna u otra forma contribuye a un acercamiento a sus representaciones artísticas que permite abrir la realidad hacia otros mundos posibles”, considera.

–¿Qué se podría hacer para ayudar a los artistas indígenas?

–Creo que primero que nada dar espacios de participación y demostración de sus saberes, acercándonos sin prejuicios, recono­cer el valor histórico y estético de sus obras. También al adquirir obras que realizan en las comunidades se ayuda a generar un sistema económico que les permite trabajar dentro de sus territorios y de esta manera siguen arraigados a sus saberes ances­trales permitiendo que su cultura perdure. El arte indígena y popular a nivel internacional está en pleno auge. Eso lo podemos observar en los espacios más importantes del mundo del arte como lo es la Bienal de Venecia, que bajo la curaduría de Adriano Pedrosa lleva el título “Extranjeros por todas partes”, donde se pudo apreciar la participación de varios artistas indígenas de diversas partes del mundo y de artistas populares como la participación de la artista paraguaya Julia Isidrez.

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