En esta edición del programa “Expresso”, transmitido por GEN/Nación Media, Augusto dos Santos recibe al reconocido cantante argentino Palito Ortega, quien visitó nuestro país para realizar un concierto antes de su retiro de la música luego de 50 años de trayectoria. Además de repasar los aspectos más resaltantes de su vida, Ortega deja un testimonio de superación y perseverancia para la concreción de un sueño que parecía lejano.

Fotos: Néstor Soto

–ADS: ¿Cómo se lleva ser una leyenda, Palito?

–PO: No, yo no me doy cuenta. Por supuesto, uno tiene una historia y la historia, gracias a Dios, está viva. Pero no vivo aferrado a eso. Gracias a Dios tengo una vida como un abanico de imágenes y de situaciones permanentes que me permiten disfrutar sin estar aferrado al pasado y a la historia y a las vivencias de otro tiempo. Porque la vida es un viaje. Y yo creo que lo vine haciendo, gracias a Dios, con la serenidad y cierto equilibrio espiritual que a uno lo ayuda también a tener más claro dónde estamos parados, quiénes somos.

–Aquello de honrar la vida que dice la canción, ¿no?

–Sí, señor. Yo desde chico tenía el propósito de ser músico, de ser artista. Llegué a Buenos Aires y empecé a trabajar en lo que podía para vivir. Pero no dejaba de pensar que iba a ser músico, que iba a ser artista. Y cuando pude empecé a estudiar música y la vida me dio a fuerza de buscar, de buscar, de buscar, me dio la oportunidad de ingresar a este mundo. Y bueno, ahí está todo lo que pude hacer, está expuesto, la gente conoce mi historia, conoce todo lo que fue pasando. Y yo soy un agradecido a la vida, le agradezco a Dios.

APRENDIZAJE

–A propósito de historia, no sé si refleja dolor, esa etapa tan difícil de la niñez porque es muy pedagógico cómo sobrellevaste esa situación de carencia.

–Todo eso ha sido como un aprendizaje. Es que la vida te va poniendo desafíos, te va poniendo a prueba. Yo creo que uno tiene la posibilidad de, aun en las situaciones más críticas, de capitalizarlo como una experiencia para aprender. Yo me gané la vida vendiendo periódicos en la calle, lustrando zapatos. O sea, trabajé en todo lo que pude trabajar para ayudar a mi padre. A los 16 años me subí a un tren y me fui. No sabía muy bien cuál iba a ser mi destino en Buenos Aires.

–Esa historia cuando describes la reacción de tu padre al momento en que se enteró por otra fuente lo del viaje a Buenos Aires es cinematográfica.

–Sí. Porque yo le estaba comentando a todo el pueblo que me iba a ir, pero no me animaba todavía a enfrentar a mi padre.

–¿Cuál era tu relación con tu padre?

–Una relación muy fuerte porque mis padres se separaron cuando yo era muy chico y yo me quedé con mi padre. Yo y otros hermanos. Y esa cosa un poco de la fantasía que uno tiene en un pueblo pequeño. Yo decía “me voy a Buenos Aires, voy a ser músico y tal”.

Yo ya tenía en mi cabeza ese barretín de la música y un día mi padre, él era un hombre muy sereno, muy tranquilo, me llamó y me dijo “siéntese”. Curiosamente mi padre no me tuteaba, mi padre me trataba de usted. Me dijo “qué es eso de que usted se va a Buenos Aires y yo no sé todavía. Usted se lo está contando a todo el pueblo, menos a mí”. Le dije “sí, me quiero ir”. Yo tenía 16 años. Digo “porque yo acá ya hice todos los trabajos posibles, no te puedo ayudar de otra manera. Yo me quiero ir a Buenos Aires”. Porque, claro, en los pueblos esos Buenos Aires era como una gran fantasía. Cualquier muchachito que se iba de un pueblo a Buenos Aires y volvía contaba cosas que eran como deslumbrantes para uno y yo había escuchado un par de cuentos de gente que había estado en Buenos Aires y yo decía “tengo que ir a conocer a ver qué es eso que hablan tanto de la gran ciudad” y la posibilidad de trabajar inmediatamente. Así me subí a un tren un día con 16 años cumplidos, llegué a Buenos Aires y me bajé y no sabía para dónde ir. Me acuerdo la sensación que me quedó en la memoria de que la gente venía a esperar a sus familiares y todo el mundo venía y cuando se encontraban en el gran abrazo del encuentro y yo parado ahí. Siempre me acordé de que yo tenía ganas de que alguien se equivoque y me abrace, pero se fue despoblando la estación, se iba yendo la gente y yo me quedé ahí solo con la valijita prestada con la cual llegué. Empecé a caminar y salí de la estación sin saber para dónde ir y ese es el comienzo de mi vida en Buenos Aires.

FANTASÍA

–Hay una descripción que hacés en una de tus canciones en que se describe el pueblo que uno ama, pero que inexorablemente tiene que salir de allí.

–Era un pueblo muy pequeño con un nivel cultural medio-bajo. Era suficiente con que los chicos terminen la escuela primaria. La distracción era una radio y nos creábamos toda una historia a través de lo que escuchábamos. Era la época de los radioteatros y uno escuchaba y se creaba toda una fantasía. Yo trabajaba en un cementerio, limpiaba sepulturas, pintaba cruces. Y a una edad muy temprana, porque esa edad de 12 años, 13 años, yo me tuteaba con la muerte porque muchas veces teníamos que desenterrar restos y llevarlos al osario para dejar espacio en el cementerio. En el campo le dicen el Día de las Almas. Tal vez sería Semana Santa. Y en esa fecha trabajábamos más, pintábamos más cruces o limpiábamos más sepulturas. Pero muchas veces, tratando de llevar restos al osario para dejar espacio en el cementerio, comentábamos porque eran los restos de un familiar, de un conocido del pueblo. Y nosotros decíamos “¿será fulano?, ¿será sultano?”. Esa fue una experiencia muy curiosa porque era muy chico yo.

–¿Y por eso creés en la continuidad y nuestra precedencia en la vida o fue un aprendizaje posterior?

–Sí, tal vez con todas esas experiencias que viví, yo creo en la inmortalidad del alma. La materia se termina, el cuerpo se termina. Yo creo que lo que no muere es el espíritu. Y ahí me quedó a mí, me quedan grandes experiencias. A esa edad ya había perdido una hermanita. Éramos cinco varones y la única mujer. Curiosamente, nació otra hermanita y también falleció. Entonces me quedó como un dolor de cinco varones y las dos chiquitas fallecieron. Y yo soy muy creyente y siempre me encomendaba al espíritu, al alma de estas hermanas. Hasta subirme a un tren que no sabía realmente qué me esperaba en ese largo viaje tenía presente siempre ese espíritu de mis hermanas y yo decía “me van a proteger”. Yo me mentalizaba que me estaban protegiendo y en los momentos más difíciles siempre aparecía la imagen de estas dos hermanitas.

UNA SEÑAL

–Antes de ese viaje, hay una descripción que hacías al respecto de tu despedida y los malos augurios de tus vecinos y cuando les decías “cuando vuelva van a tener que pagar un ticket”.

–Sí, tuvieron que pagar. En los pueblos muy pequeños uno se conoce con todo el mundo y hay mucha confianza. Hubo un hecho que me quedó grabado en la memoria. Yo pedí prestada una valija, porque no tenía nada que llevar. Un pantaloncito, un par de zapatillas. Pero como todo viajero tiene que tener un equipaje en su mano, pedí prestada una valija. Le pedí prestado a una vecina una valijita de cartón. Y me voy un día luminoso, que de repente se puso gris y cayó una lluvia, que habrá durado diez minutos y paró. Y volvió a ponerse el día luminoso. Y yo siempre interpreté que esa era una bendición. Y los vecinos en los pueblos muchos no salían a saludarte, sino que entreabrían la ventana y te gritaban a través de la ventana. “Llevá mucho pan en la valija, te vas a morir de hambre”. “No te despidas tanto que ya dentro de unos días vas a estar volviendo”. Y yo decía “yo no voy a volver. Bueno, sí voy a volver, pero cuando vuelva vos me vas a tener que pedir un autógrafo”. Yo no sé de dónde me salía esto a mí. Hasta que me terminé yendo del pueblo y volví.

–¿Desde cuándo sos Palito Ortega y dejabas de ser Ramón Ortega?

–Yo empecé trabajando en el barrio del Once, en Buenos Aires, que es un barrio muy popular, que están todos los negocios ahí, desfila gente del interior que viene a comprar en ese barrio. Era cadete, un chico de los mandados. Un día, uno de los vendedores hace una broma a una vendedora, que hoy tal vez no pasaría nada, pero en ese entonces, a la chica, cuando se da cuenta de esa broma, va a abrir su cartera y se encuentra con una sorpresa ahí y le agarra un ataque de nervio. El asunto es quién fue el autor de esta broma de mal gusto y todos se miraban y el dueño del negocio me mira y me dice “fuiste vos, Ramón, ¿no?”. Y yo lo miro al autor de la broma como diciendo “ahora tenés que decirlo”, porque él era un vendedor muy exitoso, no le iba a pasar nada. Le digo “no señor, yo no fui”. “No, fuiste vos”. Y mira al resto y el chico autor de la broma me mira y hace este gesto como diciendo “¿qué querés que haga?”. Y no dijo nada y me suspenden por una semana sin goce de sueldo. Yo vivía el día. Había un chico que venía todos los días a la tarde con los termos de café, entraba y vendía café y se iba. Cuando me suspenden, me estoy yendo, entra el chico, lo espero afuera. Cuando sale le digo “¿qué tengo que hacer para empezar a vender café mañana?”. Porque no puedo dejar un día de trabajar. Me llevó a un lugar. Al otro día, cuatro termos de acá, cuatro termos de acá, los vasitos y no volví nunca más a ese negocio. Y lo que es el destino, porque a los diez días de andar vendiendo café por la calle veo en una esquina una cola de mujeres. Y yo “¿qué pasa acá?”. Y una señora me ve y me dice “pibe, pibe, un café”. Y toda la gente que estaba haciendo la cola esa me empieza a pedir café. Le digo “señora, ¿para qué es esta cola?”. Me dice “ay, querido, ¿no sabés que esta noche debuta Pedrito Rico?”. Era un cantante español de esa época. Y miro y había un letrero arriba y a partir de ahí yo ya no vendí más café. Yo volvía siempre al mismo lugar. Ahí empieza mi conexión con los músicos y con los artistas que actuaban en esa radio. Y así empieza mi vida por ese accidente de que me suspenden en el trabajo, esa conexión con los locutores, con los músicos, con los actores. La vida es una combinación de hechos que si alguno de ellos falla, falla tu destino, no es el mismo.

–¿Qué recordás que te resulta inolvidable de lo que era la industria discográfica y la movida de la radio como elemento sustancial de todo el espectáculo?

–Recuerdos tengo muchos. Yo creo que de alguna manera, curiosamente, yo siempre a veces me privo de contar cosas porque digo que la gente que no es muy creyente por ahí pone en duda. Pero yo, en verdad, yo predije mi vida. Por los recuerdos que yo tengo. Yo iba diciendo “va a pasar tal cosa”. Yo llegué a decirle a la gente “mirá que un día me vas a tener que pedir un autógrafo” y se mataban de risa. Y yo estaba entre los artistas y les decía “un día voy a ser como vos”. Y me miraban y me decían “este chico está loco”. Pero yo iba prediciendo. Yo tenía una visión. Porque sabía que yo quería ser eso. Ahora, hay que tener una cierta conducta. Había un baterista al cual yo le ayudaba todo el tiempo a armar y a desarmar su batería y a llevar las cosas a su auto. Me empezó a enseñar. Yo no le podía pagar, me enseñaba gratis y empecé a estudiar música y el primer instrumento que estudié fue batería. Después empecé a estudiar la guitarra. Y ahí nació esto de que yo con la guitarra en la mano ya conocía acordes y se me ocurrió una canción.

INICIOS

–¿Y cuál fue el ritmo con el que empezaste?

–Eran los primeros años de los grandes festivales. En Italia estaba San Remo, por ejemplo. Estaba un Domenico Modugno y se ponía de moda una canción del festival. Quería cantar esas canciones que cantaban en el mundo. Yo trabajaba en una tintorería en Buenos Aires y estaba de moda esa canción de Modugno. Y yo cantaba por la calle “Volare, volare…”. Y yo decía “qué bárbaro este tipo las canciones hermosas que hace”. Dije “un día lo voy a conocer y voy a hacer una gira con él”. Y claro, si vos me escu­chabas decir eso, te matabas de risa. Yo estaba pedaleando ahí en un barrio repartiendo ropa de una tintorería y ter­miné haciendo una gira por toda Italia con Modugno.

¿Cómo fue que percibiste que la canción iba a ser defi­nitivamente tu matrimonio estable como el que tenés también de toda la vida?

–Yo lo supe siempre. Yo vendía periódicos en mi pueblo y en una colonia vendía 15 diarios. Caminaba 3 kilómetros y ven­día 5 diarios más. Y caminaba 4 kilómetros para el otro lado y vendía otros 10 diarios. Y así terminaba vendiendo 50 dia­rios en el día. Entre este primer pueblito y el otro yo cantaba.

¿Qué cantabas?

–Yo cantaba canciones que escuchaba, mucho folclore y tangos. No había nueva ola. Y yo cantaba e imi­taba a un locutor de radio y decía “ahora canta Ramón Ortega”. Cuando a mí me pasó después más de una vez yo escuchaba esto desde el escenario y era lo que yo había soñado. Lo que yo le daba forma imitándolo. Es como un cuento fantástico. Porque la verdad yo iba a ser sacerdote. Porque yo de chico era monaguillo, ayu­daba en misa. A lo mejor Bergoglio no estaba ahí (risas). Yo sería papa. Y los curas me decían “Ramoncito, tenés vocación”. Me querían lle­var a un convento en Cór­doba. Mi papá se asustó un poco. Yo era muy chico toda­vía. Pero yo tenía vocación. Podría haber sido sacerdote. De alguna manera también yo creo que la música es un sacerdocio. Porque cuando uno canta canciones espe­ranzadoras está tratando de rescatar valores y hablar, exaltar la amistad, exaltar el amor. Eso no deja de ser de alguna manera como un sacerdocio. Yo lo sentí de esa manera. Y mis canciones “Creo en Dios”, “Yo tengo fe” y tantas otras canciones.

Es más, se escuchaban en misas tus canciones.

–”Yo tengo fe” se cantaba mucho en los estadios de fút­bol también.

¿Cuáles son las cancio­nes que enviarías a otro planeta?

–”Sabor a nada”, por ejem­plo, es una canción que yo no me imaginaba que iba a escu­charla en la voz de los grandes cantantes clásicos melódi­cos latinoamericanos. Llá­mese en su momento Lucho Gatica, llámese Tito Rodrí­guez, llámese Olga Guillot, llámese trío Los Panchos. Es decir, esas voces cantando “Sabor a nada” o “A mí me pasa lo mismo que a usted” son cosas que me sorprendie­ron enorme y gratamente.

LA FELICIDAD”

¿Cuál es tu canción más universal?

–Tal vez en Latinoamérica definitivamente fue “Sabor a nada” y la canción que se grabó en alemán, en francés, en italiano, fue “La felicidad”. Yo un día caminando por Hamburgo, en Alemania, que­rían que vaya a grabar en ale­mán y un día salgo del estudio y caminando en Hamburgo y escucho “La felicidad” en alemán y yo me paré y miraba a ver si había un amigo que me estaba haciendo una broma. No, salía de una casa musi­cal y salía cantada en alemán y yo miraba y dije “si le digo a la gente que está pasando al lado mío en este momento que esa canción es mía, no me lo van a creer”.

¿Cuál es el idioma más raro en el que se grabó “La felicidad”?

–Alemán es el idioma más difícil, es un idioma duro para nosotros. Lo digo porque me hicieron grabar en alemán. En ese caso te ponen una per­sona que te enseña la pronun­ciación. No la maté de casuali­dad a la profesora, porque me paraban a cada rato. Con la música es otra cosa, no es tan fácil. Una cosa es pronunciar como me lo estás diciendo, pero después cuando ya viene el tiempo. Todo fue una expe­riencia fantástica.

MÚSICA Y CINE

En aquellos tiempos tam­bién hubo una convergencia tan potente de la música con la industria del cine.

–Antes, cuando un cantante tenía éxito con su música, inmediatamente el cine lo buscaba. Y entonces las películas generalmente, ya sean de Fabio, de Sandro, los contemporáneos, tenían el título de una canción. Yo filmé con Libertad Lamarque y “La sonrisa de mamá”, por­que ya había escrito la can­ción. Con Manzanero hice “Corazón contento”, porque ya había escrito la canción. Cuando conocí a Evange­lina hice “Mi primera novia”, ya tenía la canción hecha. Generalmente las produc­toras toman una canción de éxito, el título de la canción, desarrollan el argumento y se aprovechaba eso.

¿Alguna referencia sobre esa experiencia solidaria con Charly García?

–Lo de Charly es un episodio bastante... no sé si curioso, pero... Los protagonistas del rock nacional tenían cierta visión como de rechazo hacia la nueva ola. Y Charly García, con su musicalidad increíble, estaba metido en ese movi­miento, y como que a noso­tros, a la gente de la nueva ola, nos miraban un poco de costado. El primer encuentro que tengo con Charly, perso­nalmente, fue en un juzgado. Porque uno de los abogados le mete un juicio porque Charly hace unas declaraciones. Y un día yo estaba comiendo en un lugar, entró él, se acercó a la mesa y me dijo “che, no nos peleemos más”. Yo digo “yo nunca me peleé con vos”. A partir de ahí, él tiene un pro­blemita, en un momento lo internaron, yo fui a visitarlo y él se incorporó, me dio un abrazo y me dijo “sacame de aquí”.

Palito, muchísimas gra­cias por tu tiempo y tu humanidad.

–Muchísimas gracias a uste­des, porque nosotros tene­mos plena conciencia de que hacemos muchas cosas y es importante que los comuni­cadores sociales nos den la oportunidad de que las poda­mos contar. Así que muchas gracias de todo corazón. Feli­cidades para todos y gracias una vez más a este querido país, a todo el Paraguay, por el amor que me han brin­dado por más de 50 años y por recibirme una vez más en su casa.



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