Al fin Semproniana vería a Pedro. Después de mucho recorrer encontró en una enfermera la respuesta que buscaba, no así a su hijo. Algo estaba sucediendo con él y no le querían contar. Sería el comienzo que conduciría al final de esta historia.

  • Por Óscar Lovera Vera
  • Periodista

Ahí estaba, lasti­mado y postrado en una cama. Tenía fracturas en los brazos y, sin embargo, al verla dibujó en la distancia una sonrisa. Hace tiempo que Pedro no veía a su madre.

–Qué te pasó mi hijo, qué te hicieron? –preguntó Sem­proniana intuyendo algo más por los golpes que veía tatuados en el cuerpo de Pedro.

–Nada, mamá, me caí nada más… –Una respuesta que instaló la duda necesaria en su madre. Ella estaba segura de que eso no fue una caída, pero a Pedro la mili­cia lo reconfiguró para que la apañara.

Semproniana permaneció el tiempo suficiente hasta que Pedro Antonio se recuperó y le den el alta. Ella pensó que lograría convencerlo de abandonar la actividad militar luego de la forma en la que se lo llevaron, a la fuerza y sin dar aviso. Estaba segura de que los sol­dados cometieron un error porque su hijo era menor de edad y no podían llevarlo y menos aún siendo argen­tino. ¿Cómo hicieron para enrolarlo?

Semproniana no se quedó con eso y fue hasta la depen­dencia militar donde Pedro se presentaba para cumplir con sus obligaciones. Nue­vamente impuso su pre­sencia y pidió hablar con el superior.

–Soy la madre de Pedro Antonio Centurión y nece­sito hablar con el capitán o alguien encargado del cuar­tel.

A los pocos minutos un hombre de uniforme se acercó a preguntarle qué la traía por su unidad. La mujer le explicó que su hijo no podía prestar servicios en las Fuerzas Militares por su edad y más aún no corres­pondía llevárselo a la fuerza.

–Señora, el conscripto Cen­turión ya tiene la altura adecuada para prestar servicios a la patria –fue todo lo que respondió dejando de lado la grave situación

–Además, señor, mi hijo es argentino, no es paraguayo. No puede estar aquí –nueva­mente Semproniana lanzó su argumentación, esta vez algo molesta e increpando al militar por lo obcecado en la naturaleza de sus res­puestas.

–Eso tampoco es problema, señora, nosotros le vamos a preparar sus documen­tos paraguayos, no se pre­ocupe… –dijo el encargado del destacamento y luego dio por cerrada la conver­sación.

Semproniana no compren­día el alcance de eso que le habían dicho. No sabía lo ilegal que resultaba hacerle documentos paraguayos en esas condiciones. Pensó que todo estaba bien por­que vio a Pedro tranquilo y con ganas de volver. Lo habían convencido de que en la milicia podían suce­der accidentes… y no por eso debía declinar. Para Pedro desistir de sus sueños no era una opción.

DE VUELTA AL CAMPO

Pedro se recuperó de aque­llas heridas y volvió al cuar­tel donde le asignaron al cul­minar la Academia Militar, aunque no sería por mucho.

Apenas unos días después del incidente, una orden de traslado lo condujo a un nuevo destino y sería el árido Chaco paraguayo. El Fortín Cabo Primero Cano fue el punto a donde lo enviarían en el departa­mento de Presidente Hayes, distrito de Villa Hayes, a unos 35 kilómetros de la capital. Algo difícil de llegar y, tal vez, un mensaje claro para lo último que aconteció con su madre.

Los días para Pedro en ese lugar fueron realmente un infierno, trillada frase, pero muy clara para des­cribir cómo la temperatura jugaba, probablemente, el rol más pequeño dentro de un esquema deplorable de supervivencia. No tenía víveres a diario, práctica­mente solo y dentro de aque­llas pocas raciones hasta el agua era un problema.

Llegó un momento en que el soldado no aguantó y aun­que débil se encontraba eso no le impediría probar suerte e intentar llegar a la capital caminando. Pensó que serían ínfimas las seis horas deambulando sobre suelo caliente y polvoriento frente a toda la necesidad que lo azotó durante todas esas semanas. Escapó y no le importó dejar todo atrás.

Con la bota de cuero prácti­camente adherida a la piel, Pedro llegó apenas hasta sus superiores. Deshidratado, andrajoso y sucio por todos los kilómetros que le toca­ron caminar hasta encon­trar una forma de llegar hasta una unidad próxima pidió que ya no lo envíen a ese sitio. Eso no le saldría a un costo bajo. Las noches para Pedro se convertirían en un infierno.

–¡Peinupã pe kurepi! (peguenle a ese kurepí, tér­mino utilizado en Paraguay para referirse a una persona de origen argentino).

El traslado se ordenó y lo llevaron al destacamento militar en Vista Alegre, a una distancia menor de la capital de 3,5 kilómetros. Quizás ahí podía tener más contacto con su familia, algo más cercano con su madre y no solo eso, quizás terminarían las noches en las que ponían a prueba su templanza. Aquel año 2000 entraba en su ciclo final y aunque parecía que todo podría estar mejor, algo más sucedería.

DÉJÀVU

¡Plas, plas, plas, plas! Insis­tente y firme sonaba la palma de una mano en las afueras de la casa de Sem­proniana. Nuevamente eran dos militares, impe­cablemente uniforma­dos, con postura asertiva y derecha, la mirada fija en el frente, la barbilla en alto, pecho afuera, hom­bros atrás y estómago duro, parecía nada quebrantar la postura de espera. Aguar­daban a alguien que salga a recibirlos.

En la casa no había nadie más que Semproniana, sus otros hijos estaban en un cumpleaños infantil a unas calles de ahí. La mujer sabía que probablemente enfren­taría la misma historia, aquella que la conduce a armarse de valor y el coraje para no avasallar a los que tienen a su hijo o queda­rían sin noticias de él. Pedro pudo tener otro accidente y otra vez debía hacer aquel largo recorrido sin muchas respuestas y la indolencia castrense.

–¿Qué necesita? –Sempro­niana conocía estas vuel­tas y la cortesía no formaba parte de las relaciones con la milicia, por lo que realizó un trámite rápido y fue a des­pacharlos.

–Señora, su hijo, el soldado Pedro Antonio Centurión, falleció y el cuerpo está en la morgue. Venimos a infor­marle eso.

Semproniana no despegaba la vista de aquel sargento. Fijamente enterró sus pupi­las en las del mensajero como si en ellas fuera a encontrar el momento en que se borra­rían las palabras que salie­ron de su boca. No compren­dió lo que acababa de decir y en ese instante sintió como un déjàvu. Como aquella vez en la que dos militares lle­garon a su casa para comu­nicarle que Pedro tuvo un accidente y debía acompa­ñarlos; sin embargo, esto que sentía claramente sobrepasó el umbral.

SOLDADO DESCARTABLE

Como piezas intercambia­bles, así se sentía la vida de Pedro, y la ocasión en que todo sucedió fue como un fragmento descartable de su vida. Anunciaron su muerte y se retiraron.

Ya no les servía y tampoco era mucho el interés como aquella vez en que a toda instancia no permitieron que Semproniana lo saque de la milicia. Menciona­ron que tenía la suficiente altura y contextura física, ni qué decir en cuanto a documentos, era argentino y pasaría a ser paraguayo en minutos.

A Pedro se lo entregaron en un cajón de un material difí­cil de describir para Sem­proniana. Lo llamaba una caja hecha de un material parecido al cartón o el iso­por, pero muy lejos de lo que sería, al menos, una demostración de respeto y dolor para con la familia del niño que manipularon para enlistarlo en el Ejército.

Semproniana estaba destro­zada. Para ella solo se trató de un fragmento fugaz de tiempo desde que le anun­ciaron la muerte de Pedro hasta la llegada de sus res­tos a la casa. Sentada en el patio de su casa y desde una distancia de metro y medio observaba aquella rectan­gular forma de la muerte que no pensaba ver por ley de la vida.

Sentía culpa, sabía que debía estar en la casa aquel día en que se lo llevaron y, quizás, presente al menos podía resistirse, a lo mejor no hubiera ocurrido. ¿O se lo hubiesen llevado igual?

La tiranía no había pasado en el falso tiempo democrá­tico. Semproniana buscaba respuestas intentando con­solarse porque su instinto de madre le decía que aque­llos golpes que Pedro recibía no eran provocados por la casualidad.

No había otra forma de ocu­par su mente. ¿Qué haría de ahora en más? Porque sabía que Pedro no murió en un percance, sabía que algo más sucedió en el cuar­tel donde estuvo esa última noche, pero no tenía dinero para ir contra ellos y esos señores de verde ya camu­flaron la muerte de Pedro como un accidente.

Continuará…

Etiquetas: #Soldado#papel

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