Óscar Lovera Vera, periodista

Una comisión se conformó y desaforaron al diputado Chilavert. Ahora quedaba en manos de la Justicia determinar si lo enviaban a prisión o lo dejaban libre. La versión del chofer aún era investigada por la Policía, aunque cada vez costaba más creer en ella.

Aquella sesión de la Cámara Baja terminó. Una tensión inusual se vivía, era más bien incómoda. Todos sabían qué hacer. Sin embargo, nadie quería decírselo, al menos en ese instante.

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Al abandonar la sala, a Chilavert le aguardaba nuevamente ese cerco de periodistas, el mismo que no lo abandonaba desde hace días y que el minuto a minuto de sus declaraciones provocaba análisis tras análisis en busca de algún cabo suelto.

-Eso era lo que correspondía –sentenció Chilavert ante la pregunta del porqué pidió su desafuero.

-¿Usted cree que hay injusticia en la Cámara de Diputados con usted? –interrogó una comunicadora que lo acompañaba al paso.

-Por supuesto que sí –respondió Chilavert ladeando la cabeza en dirección a la reportera.

-¿Por qué dice que es inocente? –increpó con duda otra periodista.

-Y… porque laaaaa… inocencia se demuestra en su momento dado y eso ustede van a ver todavía –respondió en su particular castellano el diputado.

-¿Se pondrá a disposición de la Justicia, diputado? –nuevamente a la carga la misma periodista, buscando desacomodar a un Chilavert que ya no contaba con la misma arrogancia de siempre.

-Claro que sí –respondió desabrido.

-Pero ¿irá a su casa a aguardar al fiscal? –consultó otra cronista.

-Claro, como corresponde. Como dice la ley, voy a aguardar en mi domicilio – arguyó el diputado sacando, tal vez, el último remanente de soberbia que le quedaba.

Chilavert pidió seguridad, alguien que lo acompañe hasta el domicilio de su madre, donde aguardaría a la comitiva judicial que lo detenga. Dijo que podría existir alguna persona confundida que tome represalias en su contra por el nivel mediático al que la prensa lo expuso.

ARTÍFICES

“La prensa se encargó automáticamente…” y dejó a medias su frase. La que podría interpretarse como: “Los medios de comunicación fueron los artífices de que sea él el sospechoso principal del crimen de su sobrino”.

-¿Por qué culpa a la prensa siendo que existen testigos que apuntan a usted como responsable? –lanzó una comunicadora al paso de aquella frase a medias citada por Chilavert.

-Vamos a ver, de acuerdo, si eso es cierto, vamos a ver… – sentenció Chilavert con una sonrisa nerviosa.

En tanto toda esta artillería mediática era desatada sobre el diputado, la tesis de su chofer no resultaba convincente para los investigadores. Seguían encontrando más líneas prefabricadas en la coartada que una confesión real y, más allá de esa corazonada sobre lo poco creíble de la versión del empleado, estaba la falta suficiente de pruebas y testigos que ubiquen al chofer Esteban Samaniego en la escena del crimen. En la balanza siempre la teoría del diputado como autor siempre tuvo más peso y Samaniego siempre fue un chivo expiatorio.

Todo este frenesí sucedía en esas fracciones de horas. En la línea del tiempo, transcurrieron dos semanas del crimen. Chilavert pidió su desafuero y sostenía ferviente su inocencia basado en que fue su chofer el asesino, motivado por una pelea que no podía explicar.

AL PRESIDIO

Claro que el combustible de los medios de comunicación era de un alto octanaje y los noticieros pedían en el minuto a minuto una respuesta del próximo paso. La noticia llegaría y tal como lo había anunciado el juez de turno lo resolvería debido a la urgencia. Esa misma tarde de la sesión del desafuero ordenó la reclusión de Chilavert.

Tan rápido perdió aquel poder que lo protegía y no solo fue despojado de sus fueros, sino de su altanería. Sus abogados pidieron el arresto domiciliario, pero no lo consiguieron. La prisión regional de Alto Paraná sería el destino del diputado. Hasta ahí debía ser conducido.

En una sola imagen se reflejó el momento que muchos esperaban, la salida de Chilavert escoltado por la policía. Sin embargo, algo le quedaría de privilegios como parlamentario.

Lo incómodo para muchos fue ver cómo Chilavert salió tranquilamente de su casa, sin esposas, fumando un cigarrillo, luciendo nuevamente sus lentes cual parabrisas de bus. Intentaba generar una impresión de tranquilidad, de que eso era parte de la rutina de estar bajo sospecha y que no encontrarían nada en su contra. Observó por unos segundos a una cámara de televisión que lo seguía desde que atravesó la puerta principal de la casa de sus padres, bajó la mirada y luego se perdió entre policía, abogados, políticos y amigos.

Así lo hizo, impasible. De no tener un contexto, al diputado Chilavert fácilmente se lo podría confundir con alguna estrella de la música en aquel momento y al resto con su sistema de seguridad. La policía solo atinaba a mirar cómo los extraños le abrían la puerta del coche policiaco y él subía como propio. Lejos de lo que ocurría con un común, que seguramente lo haría esposado y sometido, golpeado por la policía y viajando en la carrocería de una pick-up para ser llevado a un calabozo, pero esa sería otra historia.

Muchos rumores decían que Chilavert aún gozaba de protección de sus allegados políticos del Partido Liberal y más aún en Alto Paraná, a donde fue a parar. ¿Qué coincidencia, no?

JUEGO

Aquel juego de presión comenzó a filtrar como humedad en las paredes y la primera muestra fue en una institución que se encargaba de mantener el equilibrio en la justicia, velar por la buena práctica y el ejercicio del derecho en los fiscales y jueces. Al menos eso es lo que de seguro –en resumen– reza el espíritu de su objetivo.

El Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados, por mandato de la Constitución de la República del Paraguay, los componentes son dos ministros de la Corte Suprema de Justicia, dos integrantes del Consejo de la Magistratura, dos senadores y dos diputados. ¿Cuál es el factor común en todos ellos? La política partidaria y como tal la presión existía.

Manuel Trinidad fue uno de los fiscales que sintió aquella intimidación de la fuerza política azul. Hoy, entrado en años, luciendo una calvicie más notoria, rodeada de una leve canicie que destaca un rostro pasible y respetable recordó cómo fueron aquellos momentos de su investigación.

“La realidad es que se trataba de una causa emblemática porque se trataba de un diputado nacional. Tenía mucha presión encima, vamos a ser sincero. Tenía mucha presión. Porque en el Jurado existían diputados colegas del diputado, entonces había mucha presión para los diputados. Tengo entendido que como yo era de la línea liberal, seguramente ellos pensaron que sería factible dialogar conmigo, pero en la fiscalía yo tenía una postura bien firme sobre los hechos punibles. Para mí no existían colores, nunca, ni hasta ahora. Creo que eso hizo posible para que no me recusaran y lleven a otro fiscal fuera del departamento, porque sinceramente existía mucha presión especialmente del Jurado de Enjuiciamiento” (sic).

AMENAZA

Los integrantes de aquel órgano de la misma extracción partidaria de Chilavert buscaban convencer al fiscal del caso para que recule o al menos sea suave en sus consideraciones.

El fiscal Manuel Trinidad tuvo que enfrentar la paradoja de quién era el sustituto en este crimen y quiénes estaban intentando salvar a uno de los potables sospechosos.

Querían probar hasta dónde podría avanzar él con su investigación porque de hacerlo en contra de los intereses políticos de aquellos que integraban el Jurado podría ser investigado, procesado y hasta destituido como fiscal.

A la amenaza política se sumaba la desconfianza sobre el trabajo de la Policía. Sin embargo, esto lo explicó el fiscal Trinidad como algo inherente a su naturaleza, no porque en ese momento haya sentido que lo estén traicionando.

Más bien era su alma de investigador y de verificar todo indicio o prueba documental que los investigadores de campo colectaban y lo remitían a su oficina.

Fue en ese instante cuando se percató de que había alguien tomando el lugar del otro, era algo inusual. No siempre su apreciación coincidía inmediatamente con el de la Policía y tampoco era habitual un caso como este. Lo que aún no podía determinar era el interés que existía, aunque algo era claro. Una persona poderosa tratando de salvarse.

Continuará


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