Un equipo de Nación Media fue parte de un recorrido guiado por el Jardín Botánico de la mano de los arquitectos Carlos Zárate y Marli Delgado, docentes de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Arte (FADA) de la Universidad Nacional de Asunción (UNA) y autores de una investigación sobre los jardines temáticos diseñados a principios del siglo XX en el principal espacio verde de la ciudad.

Un día “ideal” para un recorrido de dos horas por los vesti­gios de los antiguos jardines temáticos del Jardín Botá­nico. Miércoles, es la una de la tarde y hace unos 35 gra­dos. Aunque el sol abrasa, hay amenaza de tormenta para el final de la jornada y como un presagio las lenguas de fuego del ventarrón hacen crepitar el tacuaral.

-Haku chera’a –lanzamos casi al unísono cuando nos encontramos con Carlos puntualmente a la hora con­venida, quien nos aguardaba sentado en un banco cerca del acceso al Botánico antes del inicio del recorrido de fin de semestre con estudian­tes de la carrera. Luego llega Marli del otro lado del río y se excusa en el terrible embote­llamiento que tuvo que sor­tear para llegar. Carlos Zárate y Marli Delgado son docentes de la FADA, titulares y creado­res de la cátedra de Historia de la Arquitectura del Paisaje en Paraguay. En coautoría reali­zaron las investigaciones titu­ladas “Jardines históricos del Botánico” y “Patrimonio his­tórico del Jardín Botánico”, respectivamente, cuyos prin­cipales hallazgos compartie­ron en esta entrevista.

Jardín de la Señora, c.1920 (Desconocido).

UN CASO ÚNICO

Sobre la cantidad de jardines que había en el Botánico, Del­gado explica en primer lugar que según una investigación de 1995 de la arquitecta Leticia Fernández existieron 14 jardi­nes temáticos y vías temáticas; sin embargo, durante el releva­miento ellos encontraron en documentos menciones a 22 jardines temáticos y 28 vías temáticas, pero no descartan que en varios casos se trate de varias denominaciones para un mismo jardín.

Estos jardines fueron encar­gados por el naturalista, botá­nico y zoólogo alemán Karl Fiebrig, quien como muchos otros europeos llegó a nuestro país para buscar alivio para sus pulmones. Junto con su esposa Anna Gertz fundaron en 1914 el Jardín Botánico sobre una superficie de 670 hectáreas, de las que en la actualidad quedan 170 hectáreas a raíz de cesiones a entidades públicas y privadas, así como para proyectos viales.

El Jardín Botánico de Asun­ción llegó a ser considerado en su momento uno de los más bellos del continente y tenía una característica única en el mundo: a diferencia de otros que se formaron como inven­tario de especies de distintos puntos del planeta, la colección del de nuestra capital estaba conformada por variedades nativas del lugar y que fueron delimitadas identificando los ecosistemas.

“Este es un lugar de referen­cia internacional. Hay un lis­tado de la década del 30 donde se habla de los jardines botá­nicos más importantes y her­mosos del mundo y el nuestro estaba dentro de la lista no solo en términos de espacio recrea­tivo, sino que era una referen­cia científica”, refiere Zárate para ilustrar la importancia del lugar y la necesidad de conser­varlo. “Se destacaba por sus características en ese enton­ces, era como una carta de presentación de la ciudad de Asunción y de nuestro país”, secunda Delgado.

Jardín Romano, c.1920 (Desconocido).

LOS JARDINES TEMÁTICOS

La investigación de Zárate y Delgado se centra espe­cíficamente en cuatro jar­dines: Señora, Romano, Kamba’i y Rosedal, de los que se sabe a ciencia cierta gracias a documentos de la época que son de la auto­ría de Anna Gertz. Sobre sus características, Del­gado refiere que fluctuaban entre tendencias románti­cas y neoclásicas que toma­ban como modelo algunos jardines emblemáticos de Europa.

El primero de ellos es el Jardín de la Señora, que se encuentra en el acceso al Botánico. La primera constatación es la alteración de su diseño, pues en lugar de la senda ondulada de la actualidad el original se caracterizaba “por un diseño geométrico y simétrico, con porciones bien definidas basadas en formas rectan­gulares y triangulares y con rasgos estilísticos propios del neoclasicismo y algunos ele­mentos romanticistas”, des­criben los especialistas. Del diseño original solo quedan una pequeña gruta artificial, una laguna y una balaustrada en insuficiente estado de con­servación.

En tanto, el segundo es el Jar­dín Romano, que estaba inspi­rado en la plaza de la Catedral de San Pedro, Roma, y de allí su denominación, que actual­mente se encuentra total­mente en ruinas. “Es el más extenso, imaginativo y per­sonalizado de todas las crea­ciones de su autora. Estilís­ticamente, presenta rasgos propios del pintoresquismo y romanticismo. Por su nom­bre y sus componentes, puede deducirse que la inspiración fue la plaza de San Pedro en Roma, obra de Bernini. Las columnatas de dicha plaza, dispuestas en óvalo, son recreadas en este jardín con vegetación”, precisan.

Respecto al Jardín Kamba’i, durante el recorrido Del­gado hizo notar los nombres “cortesanos” de los jardines de entonces, por lo que esta denominación llama la aten­ción y con seguridad no es su nombre original, sino una referencia popular al queru­bín que coronaba la fuente, obra de Mathurin Moreau y que fue importada de la fun­dición francesa Val D’Osne a inicios del siglo XX.

Jardín Kamba’i y de fondo, el Jardín Rosedal, c.1920 (Colección Müller).

Los arquitectos relatan que “de la fuente persiste en la actualidad su forma circular, el pedestal central en forma de quadrilobo fiorentino y el fuste de la escultura. La figura del querubín fue arran­cada por desconocidos en el año 2018 y el plato de agua se partió por la mitad a inicios del presente año tras la caída de un árbol. De los parterres en torno a la fuente no que­dan vestigios. Un proyecto de revitalización de este jar­dín en el año 1999 obvió toda referencia histórica, super­poniendo un diseño que nada tuvo que ver con el original”.

El último jardín visitado fue el Rosedal, que según observa Delgado se trata del jardín más vanguardista para la época, cuando se inició la ten­dencia de los jardines temá­ticos de rosedales a fines del siglo XIX en Alemania, que poco más de una década des­pués se empieza a replicar en Montevideo y Buenos Aires, fundamentalmente. El Rose­dal del Jardín Botánico fue fechado en 1920, por lo que con apenas dos décadas de distancia, en un periodo en que los conocimientos y avances se diseminaban mucho más lentamente que en la actualidad, puede con­siderarse que es contemporá­neo a las tendencias en boga en ese momento.

Se trata de un diseño de Anna Gertz que fue llevado a tér­mino ya después de su falle­cimiento, ocurrido en 1920 en Buenos Aires, aunque sus restos fueron repatriados a nuestro país y sepultados al lado del jardín por ella dise­ñado y que no pudo ver con­sumado en vida. En cambio, años después a raíz de las per­secuciones políticas Fiebrig tuvo que abandonar el país llevándose consigo los restos de su esposa.

“Con rasgos de diseño pro­pios del neoclasicismo, poseía un diseño centrali­zado, con doble eje de sime­tría, una glorieta central y varias glorietas menores en los extremos de los senderos que convergían en el centro. Además de las variedades de rosas, este jardín con­taba con especies trepado­ras donde existían glorietas y vegetación gramínea para la definición de los bordes de los parterres. Este jardín ha recibido varias intervencio­nes durante un siglo, algu­nas se deducen muy anti­guas por las características de los materiales. La inter­vención que en el año 1999 terminó por desvirtuar el Jardín Kamba’i hizo lo mismo con este jardín, al no tener en cuenta compo­nentes básicos de su trazado original”, resaltan.

“HERMOSEAMIENTO”

Aunque un jardín haya des­aparecido, los autores preci­san que hay maneras de recu­perar evidencia de su suelo en función de lo que estuvo cubierto de vegetación y lo que fue caminero, puesto que la composición del sub­suelo es distinta y con traba­jos arqueológicos de escasa profundidad un jardín puede ser recuperado, una labor que se dificulta cuando se super­ponen otros diseños.

“No hay un concepto claro de lo que implica restaurar. Se cree que ‘hermosear’ es suficiente, pero ese jardín tuvo un diseño hace 110 años”, señala Zárate.

Cuando le consultamos si esos diseños respondían a un espíritu de época, Delgado responde que “más bien son un conjunto de diseños de paisaje que eran identificados como jardines temáticos, un desfile de diferentes temas, un planteamiento de reco­rrido por diferentes temáti­cas, por eso esa variedad que va de lo romano a lo vanguar­dista o los paisajes del roman­ticismo, es un despliegue de jardines temáticos más que el estilo de una sola época”.

“Yo agregaría que son tan variados que cuando vos estás en uno te olvidás completa­mente del otro, te envuelve su característica y cuando estás en el otro es absolutamente distinto. No hay dos jardines que sean más o menos simi­lares”, acota Zárate.

Jardín Rosedal, c.1925 (Revista Municipal).

Los arquitectos también hacen especial mención al Jardín Japonés, de autoría desconocida, pero con ple­nas características en su tipo que estaba enclavado en el lugar donde actualmente se encuentra la laguna de los yacarés y que recrea el cua­dro “Los nenúfares” del pin­tor francés Claude Monet, por lo que se trata de diseños que no fueron realizados al azar, sino planificados meticulo­samente.

No obstante, si el patrimonio arquitectónico, incluso con­tando con protección legal se encuentra en estado de abandono en la mayoría de los casos, en el caso del entorno paisajístico hay que añadir el vacío legal, por lo que la des­protección es tanto de hecho como de derecho.

En nuestro país no hay nin­guna ley que lo proteja, aun­que hay documentos como la Carta de Florencia, que reconoce que el paisaje forma parte del patrimonio, pero “en Paraguay no existe una ley no digamos que res­palde, sino que tan solo men­cione la existencia del paisaje como patrimonio, por lo que resulta muy difícil plantear su defensa consistente al carecer de un marco legal. Los jardi­nes forman parte del patri­monio histórico y como tales deben ser protegidos”, afirma Delgado.

Jardín Japonés, c.1920 (Acervo Milda Rivarola).

PRADERA RECREO

El circuto también incluyó la pradera Recreo, que a decir de Zárate “se trata de la última pradera natural de Asunción y que está en riesgo inminente porque quieren instalar un museo”. Además de su valor paisajístico, las praderas son fundamentales para la pre­servación de la biodiversidad, puesto que sirven de alimento a muchas especies y refugio de los polinizadores, por lo que no se trata de claros en el bosque o lugares vacíos. A más de ello, agrega, tiene un valor de diseño porque figura en el plano original del Botánico, tiene denominación y hay una decisión de los diseñadores de no ocupar ese espacio.

“En el primer número de la Revista Científica del Jardín Botánico, en el que se argu­menta por qué existe este Jar­dín Botánico y cuáles son sus características principales, se le da un rol protagónico a esa pradera como bioma al punto de que hay una descripción del perfil edáfico, lo que hay abajo, que también forma parte del patrimonio. Cuando se cava para meter algo ya se está afectando su cualidad. La cualidad que tiene ese suelo por la cual aparecen ciertas especies y otras no”, advierte Zárate. A esto hay que añadir toda la sobrecarga en materia de movimiento de personas y materiales que presionarán el entorno no solo natural, sino también arquitectónico, teniendo en cuenta que este lugar está en las proximidades de la Casa Alta, la quinta pre­sidencial durante el gobierno de Carlos Antonio López.

Luego de las fotos de rigor en torno al lugar donde estu­vieron sepultados los restos de Anna Gertz, advertimos los negros nubarrones que emergen en lontananza. La concurrencia empieza a dis­persarse. Nos despedimos y apuramos el paso. Como las postales de antaño y el estado actual de los jardi­nes, el día y la noche de esa jornada se sucedieron en un contraste casi ininteligible como la imagen que devuelve un espejo roto.

“Los nenúfares” de Claude Monet.

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