Toni Roberto escribe hoy inspirado en un obsequio que recibió hace unos días de quien fue su maestra de colegio en los años 80: una obra del gran dibujante paraguayo de la generación del 50, Víctor Ocampo.

¿Qué es arte? No hay una res­puesta exclu­siva o definitiva, pero lo primero que se me ocurre al empezar a escribir estas páginas de domingo tal vez sea lo que lo rodea, o la cocina del arte. ¿O la con­servadora del arte? No lo sé, solo sé que estoy escri­biendo para recordar a un gran dibujante paraguayo del siglo XX.

¿Pero qué me motivó esto? Hace unos días recibo el llamado de Irma Rie­lla, profesora de litera­tura en mi fugaz pero enriquecedor paso por el colegio Dante Alighieri, y me dice: “Quiero hacerte un obsequio, creo que sos la persona indicada para poseerlo”. Queda­mos encontrarnos en su casa sobre la calle Nues­tra Señora de la Asunción. La cuestión es que llego y en “modo covid” me espe­raba en la puerta y ¿cuál fue mi sorpresa?: que el presente que tenía para mí era nada más y nada menos que un cuadro del profesor Víctor Ocampo, un dibujo –“Niños”– reali­zado por el maestro entre 1980 y 1985 en la época de furor de los bolígrafos de una marca muy conocida. En ese momento recordé que a don Víctor le encan­taba pasear por la ciu­dad y realizar retratos de niños que se encontraban jugando en las plazas en los años 50, siendo luego muchos de ellos alumnos suyos en las diversas ins­tituciones donde enseñara artes plásticas, hoy deno­minada artes visuales.

Me hizo pensar tam­bién lo maravilloso que es el dibujo: con un sim­ple papel, un económico bolígrafo y la pura línea se puede seguir emocio­nando, y que el arte va más allá de las grandes obras al óleo en costosas telas con bastidores. A veces uno no es “profeta en su tiempo”; el maestro Ocampo tuvo que optar por la docencia en varios colegios de Asun­ción debido al injusto mar­ginamiento que sufrió en los años 50 por el círculo artístico de aquella época. Así recorrió varias insti­tuciones como el Colegio Nacional de la Capital y el Nacional de Niñas, el Ful­gencio Yegros o el Dante Alighieri, donde muchos jóvenes de los años 60 y de las siguientes dos décadas tuvimos la suerte de cono­cerlo y aprender de él.

Era normal verlo al profe­sor Ocampo con su guaya­bera azul y su aspecto de octogenario caminar por el centro, de un colegio a otro y silbando alguna vieja guara­nia de Flores o de Demetrio Ortiz. Hoy con los recuer­dos en el alma de aquellos mediados de los años 80 trato de volver a acompa­ñarle imaginariamente por la calle Humaitá, rumbo a su vieja casa en aquellos via­jes donde me regalaba “cla­ses ambulantes” de dibujo, basadas en sus conocimien­tos acumulados a través de las décadas y de las lecciones de arte aprendidas en Bue­nos Aires con grandes artis­tas argentinos como Raquel Forner o Ariel Fioravanti.

Víctor Ocampo nació en Asunción hace más de 100 años, el 7 de agosto de 1920, en el seno de una tradicio­nal familia asuncena de la legendaria avenida Colón del barrio De La Encar­nación y falleció el 16 de enero de 1992 en el más triste de los olvidos. En la actualidad, la importan­cia de su obra artística ha sido reconocida, pero se sigue cumpliendo aquello de que “nadie es profeta en su tiempo”. Muchos dicen que su apellido era Ocam­pos y no Ocampo. Yo pre­fiero recordarlo así como a él le gustaba, simple­mente “Víctor Ocampo, dibujante: el artista del bolígrafo”.

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