Aunque todo apuntaba a una muerte por encargo, la Policía no podía descartar nada y la rutina de indagatorias se hacía cada vez más tediosa. Las horas pasaban y el principal temor es que esto resultara beneficioso para los asesinos.

  • Por Óscar Lovera Vera
  • Periodista

Los investigadores no podían aún descar­tar la única línea que tenían de investigación. Debían asegurarse tomando declaraciones a todas las personas que compartieron con Jorge. Fue así que varios amigos fueron los primeros en ser llamados. La vida sen­timental y todas sus activi­dades fueron examinadas. Cada lugar que frecuentó y a quienes. Su vida estuvo expuesta por completo.

Un papel encima de otro en el escritorio, así estaban todos los archivos de Micher. Llamó al fis­cal para comentarle sobre la teo­ría del encuentro pasional, esta perdió fortaleza. La mujer nunca accedió a la cita furtiva.

Jorge le propuso varios encuen­tros casuales, pero no tuvo éxito. Ella lo rechazó y todo el histo­rial en el mensaje de texto estaba almacenado en el teléfono móvil. No hay nada que indi­que amenaza, pleito o disgusto sin quiera para que lo maten de esa manera. Estamos transi­tando sobre el camino equivo­cado, mencionó Micher al fiscal.

Con un nuevo rumbo a tomar, pero por sobre todo descubrir cuál. Micher eligió seguir la pista del sicario. Sabía que no era pro­fesional, por la falla en el arma, la cantidad de disparos y la forma en la que se dejó ver. Tres testi­gos presenciales, todos amena­zados de muerte. Un riesgo muy grande para un verdadero ase­sino, pensó.

Era momento de recurrir a la vieja escuela. Buscar a “la fuente humana”. Un informante que eche luz a todo esto. El oficial sabía dónde encontrarlo, en los barrios bajos.

Una semana después del homi­cidio y varios adictos, homicidas y ladrones indagados, Micher obtuvo una respuesta.

– Vino un hombre a ofrecer diez millones de guaraníes por un trabajito, matar a un tipo, dijo uno de los indagados.

– ¿Y qué más?, ¿cómo era esa persona?, volvió a preguntar el policía.

No recuerdo señor, pero sé quién tomó el trabajo. Un tal Ortiz estuvo preso en el penal de Tacumbú y salió libre en el 2005.

Para Micher esa pista fue más que suficiente. Fue al panal nacional de varones, en el barrio Tacumbú de la capital. Necesi­taba ver la nómina de reos que salieron en libertad en ese año, tal vez el apellido corriente no le jugaría una mala pasada y ten­dría pocos para ir descartán­dolos.

– Ortiz… Ortiz… Ortiz…, decía en voz alta Micher, mientras desli­zaba el dedo sobre la planilla de internos libres en el 2005.

– Ortiz Ortiz Heriberto. ¡Este tiene que ser! Contaba con una fotografía que le proporciona­ron sus contactos y al compa­rar con la imagen de la ficha se trataba del mismo. Ahora solo debían ubicarlo.

UNA OBRA DE TEATRO

– Esto haremos. Heriberto tiene una novia que vive en Carape­guá. Ella tiene una despensa y la oficial Fleitas se hará pasar por cliente, luego se ganará su con­fianza para llegar hasta nuestro hombre, ¿se entendió?, explicó Micher al resto de su equipo.

Con el dato del sospechoso de los disparos decidieron mon­tar una obra de teatro, una ope­ración que les permitiría obte­ner la casa donde estaba oculto Heriberto, y qué mejor que su pareja como carnada. Tarde o temprano ella debía ir a verlo o él, y ahí darían el golpe.

– Hola María ¿qué tal? ¿Qué vas a hacer mañana? Quería invi­tarte a salir un poco, a pasear; por ser viernes. – La oficial Flei­tas se hacía llamar Carmen y ya llevaba varios días acercándose a la novia de Heriberto, se ganó su confianza y era momento de avanzar.

Perdón Carmen, mañana me voy junto a mi novio. Él vive un poco lejos de acá y quedé en pasar el fin de semana con él, contestó la mujer.

Finalmente llegó el instante en que podrían seguirla. Ahora solo se trataba de pasar inadvertidos.

¡NO LA PIERDAS!

Transcurrieron tres semanas del asesinato. Micher decidió encargarse de seguirla. Necesi­taba corroborar él mismo que se trataba de Heriberto. La mujer subió a un bus, lo tomó no muy lejos de su casa. El policía estaba observando mucho antes de esa parada. Cuando se acercó tam­bién lo abordó. Viajaron por 20 minutos, luego ella bajó.

Micher hizo la misma opera­ción, bajó mucho después para noquedaraldescubierto. Vioque la mujer subió a otro transporte y él también volvió a tomarlo. La tensión en su rostro era notable e intentaba pasar inadvertido mascando un chicle. Liberaba el ritmo de su frecuencia car­diaca exhalando prolongado y pausado.

Ella se puso de pie y jaló el cordel del timbre. El conductor paró la marcha en unos veinte metros. Micher esperó a que se ponga en marcha y se reincorporó para bajar. Quedó a cien metros de ella. Apuró la marcha, estaba en la ciudad de San Lorenzo y no la quería perder en las angostas calles del mercado. Cuando vio que estaba cerca, se tranquilizó y aminoró la marcha. Debía ser lo más cauto posible, sabía que estaba cerca.

La mujer detuvo su marcha frente a una casa de muralla alta, lo suficiente para convertirla en un fortín. Presionó el timbre y unos minutos después un hom­bre salió a atenderla, la beso por un instante.

Micher abrió más los ojos y sacó del bolsillo la fotografía que tenía, observó una y otra vez. Al hombre y la foto. Era él, era Heri­berto Ortiz.

RODEARLO

– Fiscal, Micher soy. Lo encon­tré doctor. Al hombre que está­bamos buscando. La fuente no falló. Tenemos que entrar a la casa, doc. – Micher tenía al teléfono al fiscal Miguel Vera, al mismo tiempo en que Heriberto se metía a la casa con su novia. No pensó en moverse, ese día debían arrestarlo.

Dos horas después. –Señores esto debe ser rápido y mientras más fuerza utilicemos al tomar la casa, más rápido optará por entregarse. Sin disparos, salvo que él responda. Tenemos que detenerlo vivo, ¿se entendió?, fueron las órdenes de Micher, quien estaba a cargo de la ope­ración. El reloj marcaba las 15:00. Con el puño arriba, el oficial indicó a su grupo que era momento de irrumpir. La puerta se abrió en par, con un golpe seco en la cerradura. Lo segundo fue la voz de alto en coro, al unísono. Todos repe­tían la frase ¡al suelo y con las manos donde se vean!

Heriberto contempló a una veintena de agentes, nada que hacer. Decidió entregarse al igual que su novia.

AL DESCUBIERTO

Micher se acercó a la oficina del fiscal y le pidió unos minutos para conversar.

– Doc, habló, Ortiz confesó todo. Y esto abre un rumbo diferente de lo que pensábamos.

Heriberto nos dijo que recibió una llamada telefónica de una persona que no conocía. Esto fue antes del crimen. Le dijo que un tal Óscar Cárdenas Armoa, a quien tampoco conocía, quería proponerle un trabajo. Luego ambos se reunieron en una bodega, en la avenida Maris­cal López, cerca de la curva de la muerte, ahí comenzaron a tratar el tema.

En principio él nos dijo que se negó y a Cárdenas prometió que pensaría. Sin embargo, ante la insistencia de Cárdenas Armoa y un ofrecimiento de diez millo­nes de guaraníes, aceptó.

El pacto consistió en la mitad del monto le entregaría después de matar a Soler y el resto en dos semanas. El mismo Cárdenas le dio en mano el dinero, pero así también nunca más le pasó plata, de ahí creo que toda esta confesión. Se hartó de él.

El día del crimen, el lunes 28 de mayo, Ortiz Ortiz subió con dos hombres más al automó­vil Chevrolet, sí doc hay otro más. El auto es el Corsa gris –el mismo que describen los tes­tigos– y subió frente al super­mercado Salemma de la ciudad de San Lorenzo.

De ese lugar partieron al cen­tro de la capital y esperaron a que Jorge saliera de su oficina, sobre las calles Independencia Nacional y Azara.

Heriberto Ortiz dijo que era la primera vez que hacía ese tipo de “actividad”. Siguieron a Jorge y lo perdieron de vista por el camino. Sin embargo, lo alcan­zaron en las calles Centenario y Fidel Maíz. Allí Cárdenas le entregó una pistola con silen­ciador, y con ella intentó matar a Jorge, pero el arma no percu­tió. Volvió al coche donde –Cár­denas– le pasó un revólver cali­bre 38, con él fue que lo acribilló.

UN NUEVO RUMBO

17:00. Tras analizar todo lo que obtuvieron días atrás de un segundo allanamiento en la oficina. Comenzaron a unirse los cabos. Un punto interesante resaltaba: la comercialización de gasolina en el mercado negro. El primer esquema que comen­zaron a dibujar apuntó a Soler como parte del juego, vender por debajo lo legal. Soler verificaba el cargamento que llega al país. El remanente de lo quedaba en tanque se negociaba…

La sospecha era fuerte para la Policía, y esa podría ser una línea de investigación. Sospe­char sobre un mal negocio y de ahí la molestia de alguien. No era mala idea, pensó Micher, pero no existían pruebas sólidas, solo sospechas. Quedaba un último hilo en verificar: los empleados de confianza. Solo contaban con la declaración de Ortiz y no era suficiente elemento para soste­ner la detención de Óscar. Algo estaban perdiendo de vista.

Continuará….

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