“Oppenheimer”, la cinta sobre el padre de la bomba atómica, afianzó su posición de favorita en los Óscar, al hacerse este domingo en Londres con siete premios en los BAFTA británicos, entre ellos el de mejor película y mejor director.
El filme, dirigido por Christopher Nolan y que cuenta con trece nominaciones a los Óscar, se llevó además los premios de mejor actor principal (Cillian Murphy) y secundario (Robert Downey jr), fotografía, montaje y mejor música original.
Downey obtenía de este modo su segundo BAFTA, 31 años después de haber logrado el primero con “Chaplin”.
A menos de un mes de la cita de Los Ángeles, el 10 de marzo, el retrato del físico Robert Oppenheimer, interpretado por Murphy, se impuso en el apartado de mejor película ante la francesa “Anatomía de una caída”, “Los asesinos de la luna”, “Los que se quedan” y “Pobres criaturas”.
Las cuatro están también nominadas en el apartado de mejor película en los Oscar.
Inspirado e inspirador
Al recoger el premio, la productora de “Oppenheimer”, Emma Thomas, rindió homenaje a su marido, el director de la película, Christopher Nolan. “Es inspirado e inspirador, brillante, a menudo exasperante, siempre tiene razón. Le estoy increíblemente agradecida a él por dejarme entrar en este viaje”, dijo Thomas.
Por detrás de “Oppenheimer”, la otra película que salió fortalecida de los BAFTA fue “Pobres criaturas”, que recabó cinco premios, entre ellos el de mejor actriz, para Emma Stone. La cinta se hizo además con los premios de vestuario, maquillaje y peinado, dirección artística y efectos especiales.
El filme, una coproducción irlandesa-británica-estadounidense, cuenta la historia de una joven londinense que se escapa con un abogado.
Por su parte, la producción española “La sociedad de la nieve” se quedó sin el premio a mejor película de habla no inglesa, que ganó la coproducción británica-polaca-estadounidense “La zona de interés”.
“La sociedad de la nieve”, del director Juan Antonio Bayona y que narra la tragedia de un equipo de rugby uruguayo en 1972 en los Andes, no pudo repetir el éxito cosechado una semana antes en los Premios Goya, donde se llevó doce estatuillas. En la próxima edición de los Óscar, está nominada en dos categorías: la de mejor película internacional y la de mejor maquillaje y peinado.
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“La zona de interés”, rodada en polaco y alemán, que se llevó tres premios en la ceremonia, cuenta la vida del comandante nazi Rudolf Höss en el campo de exterminio de Auschwitz. “Los muros no son nuevos desde antes o después del Holocausto y parece claro que ahora mismo deberíamos estar preocupados por las muertes de personas inocentes en Gaza, Yemen, Mariúpol o Israel”, afirmó al recoger el premio el productor, el estadounidense James Wilson.
Tras dar la gracias al director británico del filme, Jonathan Glazer, Wilson también mostró su gratitud al jurado de los BAFTA por “reconocer una película que nos pide pensar en esos espacios” en conflicto.
Fuente: AFP
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“Cónclave” y “Emilia Pérez” lideran las nominaciones de los BAFTA
El ‘thriller’ papal “Cónclave” y el musical del francés Jacques Audiard “Emilia Pérez” lideran las nominaciones a los BAFTA, los premios del cine británico que se entregarán el 16 de febrero en Londres. “Cónclave”, dirigida por el cineasta alemán Edward Berger, acumula doce nominaciones, seguida de cerca por “Emilia Pérez”, que tiene once.
“The Brutalist”, una película en la que Adrien Brody interpreta a un arquitecto que sobrevivió a la Shoah, está nominada nueve veces. Estas nominaciones anunciadas ayer miércoles, que dan pistas de cara a los Oscar, confirman el estatus de favorito de “Emilia Pérez”, ya una de las grandes ganadoras de los Globos de Oro, donde se llevó cuatro premios a principios de enero.
Este musical sobre la transición de género de un narcotraficante mexicano, premiado en Cannes y transmitido por Netflix, está nominado en la categoría de Mejor Película, Mejor Película de Habla No Inglesa, Mejor Director, para Jacques Audiard, y Mejor Actriz, para la española Karla Sofía Gascón.
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Demi Moore nominada
“Cónclave”, que cuenta la historia de los juegos de poder durante la elección de un nuevo Papa, también está nominada en la categoría de Mejor Película, Mejor Director, para Edward Berger, quien ganó el BAFTA hace dos años con su adaptación de “Sin Novedad en el Frente”, y Mejor Actor, para el británico Ralph Fiennes.
Descrito como una Cenicienta moderna, “Anora”, que ganó la Palma de Oro en Cannes, está nominada siete veces. Junto a “Cónclave”, “Emilia Pérez”, “The Brutalist”y “Anora”, completan el quinteto de aspirantes a Mejor Película “A complete unknown”, un drama musical biográfico sobre Bob Dylan.
Demi Moore, quien ganó un Globo de Oro por su interpretación de una exestrella de Hollywood adicta a un suero rejuvenecedor en “The Substance”, está nominada en la categoría de Mejor Actriz. Le acompañan como aspirantes a ese premio Mikey Madison (Anora), Cynthia Erivo (Wicked), Marianne Jean-Baptiste (“Hard Truths”), Saoirse Ronan (“The Outrun”) y Karla Sofía Gascón (“Emilia Pérez”).
En cuanto a la categoría de Mejor Actor, se enfrentarán Adrien Brody (“The Brutalist”), Ralph Fiennes (“Cónclave”), Timothée Chalamet (“A Complete Unknown”), Colman Domingo (“Sing Sing”), Hugh Grant (“Heretic”) y Sebastian Stan (“The Apprentice”).
La francesa Coralie Fargeat es la única mujer nominada en la categoría de Mejor Director por su fábula feminista “The Substance”, una categoría a la que también aspiran Denis Villeneuve (“Dune II”), Brady Corbet (“The Brutalist”) y Sean Baker (“Anora”), además de Edward Berger y Jacques Audiard.
“Estoy muy feliz de que no solo tengamos lo que normalmente se considera ‘películas de premio’, es decir, dramas. ¡Tenemos películas de terror, ciencia ficción, musicales!”, dijo a AFP Anna Higgs, presidenta del Comité de los BAFTA.
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Cinta brasileña nominada
El año pasado, el éxito de taquilla de Christopher Nolan con “Oppenheimer”, sobre el padre de la bomba atómica, aplastó a la competencia. Pero este año, “la carrera parece más abierta y eso es muy emocionante”, dijo Higgs. “Kneecap”, un docudrama sobre un insolente trío norirlandés que rapea en gaélico, sigue teniendo un éxito inesperado y obtiene seis nominaciones, entre ellas Mejor Película Británica y Guión Original. Las películas musicales marcaron el año 2024, “porque el público encuentra en ellas alegría, fuerza expresiva e inventiva”, señala Anna Higgs.
La cinta brasileña “Ainda Estou Aqui” (Todavía estoy aquí), de Walter Salles, aspira al premio de Mejor Película de Habla No Inglesa, mientras que la estadounidense de origen dominicano Zoe Saldaña opta al premio de Mejor Actriz de Reparto por Emilia Pérez. La ceremonia de los BAFTA suele ser un anticipo de los Oscar, que se entregan dos semanas después en Los Ángeles.
Fuente: AFP.
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Se estrenó en cines “El aprendiz”, sobre la historia de Trump
Cuatro películas renuevan la cartelera de cine nacional, entre las que destaca “El aprendiz” (The apprentice), que cuenta la historia de Donald Trump. También se estrenaron “Megalópolis”, de Francis Ford Coppola, y “Aquí” (Here), de Robert Zemeckis, así como “Crucifijo: sangre del exorcista” y vuelve “Interestelar”. Las salas paraguayas abrieron el año 2025 con “Sonic 3″, “Nosferatu” y “Babygirl, deseo prohibido”.
La producción canadiense “El aprendiz”, del cineasta iraní-danés Ali Abbasi, protagonizada por el rumano Sebastian Stan y el estadounidense Jeremy Strong, se estrenó en la competencia oficial del Festival de Cannes (Francia), y recientemente tuvo dos nominaciones en los Globos de Oro por su elenco principal. La película tuvo la amenaza de acciones legales del presidente electo de Estados Unidos, durante la campaña electoral previa a los comicios de noviembre pasado, debido a una escena de una supuesta violación.
Narra la historia que forjó la relación entre un antiguo tiburón, el poderoso abogado Roy Cohn junto a un tiburón aún mayor: el joven empresario y futuro presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Un joven Trump (Sebastian Stan), ansioso por hacerse un nombre como segundo hijo de una familia adinerada en el Nueva York de los años 70, cae bajo el hechizo de Roy Cohn (Jeremy Strong), el despiadado abogado que ayudaría a crear al Donald Trump que conocemos hoy. Cohn ve en Trump al protegido perfecto: alguien con una ambición desmedida, sed de éxito y dispuesto a hacer lo que haga falta para ganar.
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“Megalópolis”
Francis Ford Coppola, ganador de cinco premios Óscar por “Patton” (1970), “El padrino” (1972) y “El padrino II” (1974); a sus 85 años vuelve con “Megalópolis”, con Adam Driver, Giancarlo Esposito, Nathalie Emmanuel, Aubrey Plaza, entre otros. Después de “B’Twixt Now and Sunrise” (2022), el veterano cineasta vuelve con un drama de ciencia ficción tan aclamado como criticado.
Una fábula épica romana ambientada en una América moderna imaginada. La ciudad de Nueva Roma debe cambiar, lo que provoca un conflicto entre César Catilina, un genio artista que busca saltar hacia un futuro utópico e idealista, y su opositor, el alcalde Franklyn Cicero, que sigue comprometido con un statu quo regresivo, perpetuando la codicia, los intereses particulares y la guerra partidista. Dividida entre ellos está la socialité Julia Cicero, la hija del alcalde, cuyo amor por César ha dividido su lealtad, obligándola a descubrir lo que realmente cree que la humanidad merece.
“Aquí”
Otro consagrado cineasta estadounidense, Robert Zemeckis, de 72 años, ganador del Óscar por “Forrest Gump” (1994) y nominado por “Volver al futuro” (1985), la primera película de su famosa trilogía; retorna con un drama familiar que muestra el paso del tiempo, con las actuaciones estelares de figuras como Tom Hanks, Robin Wright, Paul Bettany, Kelly Reilly.
Varias familias de diferentes generaciones vistas en una única habitación del hogar que formaron. Una historia de amor, pérdida, risas y vida, desde un pasado muy remoto hasta un futuro próximo. Un viaje a lo largo de cientos de miles de años que transcurre, de principio a fin, en un solo lugar: aquí. Toma esta historia de “Here”, un cómic de Richard McGuire publicado en 1989, que fue ampliado como novela gráfica en 2014.
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“Interestelar”
Al cumplirse una década desde su estreno, los cines reestrenan una versión renovada de “Interestelar”, la novena película dirigida por el británico Christopher Nolan, que apareció tras cerrar su trilogía de Batman con “El caballero de la noche asciende” (2012) y antes de “Dunkerque” (2017), “Tenet” (2020) y “Oppenheimer” (2023), que el año pasado arrasó los Óscars, con 7 estatuillas, incluyendo mejor película.
Al ver que la vida en la Tierra está llegando a su fin, un grupo de exploradores dirigidos por el piloto Cooper (Matthew McConaughey) y la científica Amelia (Anne Hathaway) emprende una misión que puede ser la más importante de la historia de la humanidad: viajar más allá de nuestra galaxia para descubrir algún planeta en otra que pueda garantizar el futuro de la raza humana.
La cuota de terror se llama “Crucifijo: sangre del exorcista”, cinta británica dirigida por Stephen Roach, que se ubica en el género de las posesiones y exorcismos. Al descubrirse los restos de la víctima de un asesinato ocurrido hace mucho tiempo con un crucifijo se desata la furia de un espíritu vengativo que ha estado encerrado durante siglos.
Así también, en Cinemark llega “El gran cambio” de Brock Heasley, con funciones limitadas, una producción estadounidense que propone ciencia ficción y romance. Tras un tenso encuentro con un misterioso desconocido con poderes de otro planeta, un hombre es desterrado a una tiránica Tierra paralela donde lucha por volver con la mujer que ama.
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De Oppenheimer, Einstein, Francisco, Putin, Stoltenberg, la bomba, la guerra y la paz
¿Puede y/o debe decir o abogar por algo que no sea la paz un líder religioso, aunque sea también un jefe de Estado? ¿Puede y/o debe decir o abogar por algo que no sea la guerra un funcionario político y administrativo de una alianza militar?
- Por Ricardo Rivas
- Periodista X: @RtrivasRivas
- Fotos: Gentileza / AFP
En 1991 llegué a Berlín. Dieciocho meses antes había caído la medianera que partía en dos aquella ciudad. Los debates aturdían. ¿Para qué lado cayeron los escombros? ¿Desde qué lugar llegó el impulso final? Los relatos conspiranoicos se multiplicaban. El canciller Helmut Köll rápidamente decidió la reunificación de Alemania sin atender a quienes lo objetaban por razones económicas y financieras. La capital alemana todavía estaba en Bonn.
En el lugar donde desde agosto de 1961 estuvo emplazado “checkpoint charlie” entre 1945 y 1990, quienes parecían ser exsoldados del otrora poderosísimo Ejército Rojo, allí mismo vendían completas o en parte la indumentaria con la que se constituían sus uniformes. Capotes, botones, jinetas de grado. Todo estaba en venta.
Caminar por los pocos espacios libres en medio de cientos de visitantes que andaban por allí obligaba a la lentitud. La mayor demanda en aquel lejano mes de abril eran los ushanka (sombrero de piel con orejeras) grises con la estrella roja incrustada al frente de los que se despojaban quienes aseguraban ser militares desmovilizados y no tener para comer.
Algunos, unos pocos –muy pocos– también ofrecían uniformes norteamericanos, británicos y hasta algunos cascos franceses. Todo para mirar. Todo para ofrecer. Todo para comprar. Todo para llevar como recuerdos de una época que se significaba como el inicio del pacifismo real.
Parado exactamente debajo de las majestuosas Puertas de Brandeburgo los contrastes visuales eran intensos. A un lado las construcciones modélicas de una sociedad capitalista renana –sin exagerados lujos consumistas– pujante, en movimiento intenso y con colores vivos en todas partes. Al otro lado, enormes bloques con apartamentos pintados en la gama de los grises, con las calles casi vacías y las plazas públicas desiertas. El movimiento era escaso. Escenarios bien distintos, por cierto.
Estuve allí solo un par de días. Con un nutrido grupo de compañeros becarios con los que estudiábamos y nos formábamos sobre el proceso de reunificación viajamos unos 610 kilómetros hacia el sudeste para instalarnos en Koblenz (Coblenza), cortada al medio por el Rin en el punto exacto en que confluye con el Mosela, rodeada de viñedos.
BIPOLARIDAD EXTREMA
Corazón del estado federado de Renania-Palatinato, nos explicaron que esa belleza natural en tiempos de bipolaridad extrema era el espacio en donde –según las hipótesis de conflicto políticas y militares– podrían haber llegado cargados de muerte los misiles de corto alcance de las tropas del Pacto de Varsovia que nunca fueron (afortunadamente) disparados.
Allí supimos que miles de soldados alemanes en algunos casos subordinados a la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), con motivo de la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), fueron desmovilizados. No eran profesionales de ninguna otra especialidad que la de hacer la guerra.
En Koblenz se vivía en paz “después de casi 40 años de preocuparnos por ser el campo de batalla inmediato de una posible guerra nuclear”, nos dijeron grupos de residentes. En los hoteles en donde nos alojábamos también lo hacían militares que se formaban en la protección del medioambiente. El Estado alemán intentaba reciclarlos para reinsertarlos en la sociedad civil pacificada.
Regresar a Berlín fue diferente. Sabíamos mucho más sobre los efectos políticos y sociales del fin de la Segunda Guerra Mundial, sobre el devenir de la Guerra Fría y pensábamos en las posibilidades reales de la paz, que no imaginábamos ni veíamos con claridad.
Recuerdo que por esos días llegué hasta el punto medio del puente Glienicke, con el que se cruza el río Havel, para viajar desde Berlín hacia Postdam y allí detuve mi andar. En silencio miré hacia ambos lados de esa construcción a la que Steven Spielberg, cuando finalizaba 2015, llamó el Puente de los Espías. No había puestos de vigilancia ni reflectores. Tampoco alambres con púas, soldados soviéticos ni de la NATO armados hasta los dientes. Se circulaba sin limitaciones. Sin peligros.
Durante casi una hora caminé de regreso al punto de encuentro muy cercano al que fuera el búnker donde Adolf Hitler y su estado mayor se convencieron de la derrota y entraron en pánico por la llegada del Ejército ruso hasta el escondite del dictador genocida.
“DISUASIÓN”
En aquella caminata silenciosa creí comprender (e imaginé, como los habitantes de Koblenz) que los líderes de entonces planificaban y construían por y para la paz. Pensé que el modelo geopolítico de posguerra para disuadir y persuadir a partir de la exhibición obscena de los arsenales nucleares que las partes poseían para convencer al adversario de la inviabilidad de una guerra atómica que destruiría a la humanidad se había derrumbado para siempre. ¿Soñé demás cuando tenía 40 años? Tal vez, sí. ¿Se iniciaban los tiempos de la multipolaridad? Quizás.
Alguna vez Albert Einstein sostuvo que “el tiempo no puede definirse en términos absolutos” porque “es relativo” y, en consecuencia, “se estira y se encoge”. Mucho de lo que tiene que ver con Einstein llega desde la historia. Nació el 14 de marzo de 1879 en Alemania, desde donde partió cuando vislumbró que comenzaba la persecución de los judíos que devendría en exterminio. Pero, como él mismo lo probó y explicó, esos larguísimos 145 años que corren desde su nacimiento son poco relevantes.
“En nuestro lenguaje terrestre, una hora nuestra puede ser un siglo en otro planeta y viceversa (porque) no hay un tictac audible en todo el mundo”. Es palabra de Albert Einstein. Sin vueltas, el padre de la teoría de la relatividad general (1915) enseñó a quien quisiera aprenderlo que “el pasado, el presente y el futuro son solo una ilusión”.
Pero en el tránsito de esa ilusión con frecuencia está agazapada la tragedia. Categorizar así la temporalidad y hasta la propia ilusión es ilusorio. Para nada sorprendente que así se exprese un físico, si se quiere. La física –ciencia categorizada como “dura”– desde alguna perspectiva también puede presentarse ante la persona lega como sutil. Y hasta poética como para algunas personas lo es pensar en la infinitud, en el universo, en los misteriosos agujeros negros o en el big bang, por mencionar solo algunos ejemplos caprichosos.
ESPÍRITU POÉTICO
Al parecer, Einstein pensaba así. De hecho, en el fin de una tarde cualquiera cuando se iniciaban los años 70 en el siglo pasado, sentados en torno de una mesa de mármol del inmortal Café Tortoni en el 825 de la avenida Mayo de Buenos Aires, al parecer inaugurado no muy lejos de allí en el 1858, un viejo colega periodista cuyo nombre prefiero preservar –también escritor, guionista cinematográfico, dramaturgo– y viajero incorregible con el que supe compartir algunos años de vida y aprendizajes antes de llegar a mi treintena, sostuvo que “la física y las matemáticas se constituyen además con el espíritu poético que siempre encierran las investigaciones científicas”.
Recuerdo que su palabra –aunque en tono bajo– asemejaba una homilía. Sin que nadie pudiera comprobarlo fehacientemente, sostenía que aquella percepción, cuando estaba cerca de finalizar el mes de marzo en 1925, la había escuchado del mismísimo Albert Einstein. Desde su muy buena memoria, aquel viejo amigo y sabio colega dejó caer en el seno mismo de su acotado auditorio el detalle preciso de que el ingeniero Jorge Duclout, un académico francés radicado en la Argentina poco antes de que finalizara el siglo XIX, “fue quien invitó a Einstein para que visitara este país y quien lo recibió en el puerto junto con una multitud”.
Con un lento trago de coñac desató nuestra ansiedad por saber más. “Le encantaba al alemán (así categorizó al científico visitante) venir al Tortoni y sostener tertulias con otros académicos, siempre acompañado de Duclot”, agregó. Detalló luego con algo de nostalgia que él “era un pibe de apenas 18 años cuando el genio estuvo aquí”. Precisó que cuando el uruguayo Máximo Sáenz entrevistó al físico para (el diario) Crítica en una casona de Belgrano –mi pueblo natal en Buenos Aires, unos 1.160 kilómetros al sur de mi querida Asunción– “lo escuché sorprendido cuando reflexivamente vinculó la física con la poesía”.
Ninguno de los presentes se atrevió a responder ni confrontar aquellos recuerdos puestos en común. Esta noche de viernes emerge como diferente de muchas otras. De hecho, este encuentro parece haber trocado en una cofradía de devotos de la paz con el deseo –y la esperanza profunda– de impulsar y alcanzar el fin de todas las violencias.
Sentado en la vieja mecedora descorché un Pinot Noir Romanée-St-Vivant Marey - Monge del 1995. ¡Fiesta en los copones! Alguna vez, muchos años atrás, mientras recorría la campiña de la región de Côte de Nuits en Borgoña, cerca de Lyon y de la frontera con Suiza, me hice de tres botellas que celosamente mantuve en guarda hasta hoy. Brindamos por la vida. Un breve silencio nos envuelve después de hacerlo.
PERSONAJE
“¡Arrasó ‘Oppenheimer’!”, dijo DG con indisimulado orgullo. La veterana profesora con un Whatsapp aventuró que sería la producción más reconocida. “Enorme ganadora con siete Óscar”, añadió. “¡Qué personaje Oppenheimer. Inventar la bomba que destruyó Hiroshima y Nagasaki y pretender después exhortar al Gobierno norteamericano para que no la use o la use poco... ingenuo o inocente!”, expresó AF en tono de crítica.
Tanto Oppenheimer como Einstein, las dos producciones en las que convergen biografías y creaciones en algunos casos bien fundadas, dan cuenta además de climas epocales. De profundos debates sociales. De pugnas ideológicas. De batallas políticas y personales. De sospechas, sospechados y sospechosos. De amor y desamor. De la libertad y la falta de ella. De pobreza y riquezas. De autoritarios, autoritarismos, desempleos, derrumbes económicos, hambrunas, armamentismo, racismo. Nada queda afuera si a esas atrocidades les añadimos rearmes, expansionismos y los desafortunados resurgimientos de múltiples voluntades supremacistas y fundamentalismos cuyos líderes sustentan sobre falsos discursos religiosos.
El norte europeo sangra. El presidente Vlamidir Putin advierte amenazante a Europa y a la NATO. “Tienen que entender que nosotros también tenemos armas que pueden atacar objetivos en su territorio”; que disponemos de armamento “para golpear a los países occidentales” y hace referencia clara a la eventual utilización del arsenal nuclear ruso que dispone de sistemas “capaces de destruir a la civilización”. El miércoles último fue más allá sin metáforas ni eufemismos: “Rusia está dispuesta a utilizar armas nucleares si existe una amenaza”.
El papa Francisco semanas atrás hizo suyas las palabras de la encíclica Pacem in Terris (1963), en la que Juan XXIII, el pontífice de entonces, consignó que “la posesión de armas atómicas es inmoral” porque “no se excluye que un acontecimiento imprevisible ponga en marcha el aparato de la guerra”. ¿Qué es lo que no se entiende? ¿De esto mismo hablaba Oppenheimer cuando procuraba concienciar a los líderes norteamericanos sobre el peligro que supone disponer de la bomba que él mismo creó? Tal vez. Pero nada lo detuvo en el desarrollo de ese sistema de armas que incineró a quienes habitaban Hiroshima y Nagasaki “para terminar con la guerra”.
La utilización bélica de la Bomba H (como se la llamó popularmente por algunos años) que inventó le pesó por el resto de sus días. “Ahora me he convertido en muerte, el destructor de mundos”, pronunció alguna vez después de las masacres en Japón. La ganadora de siete Óscar relata que Robert Oppenheimer se opuso a un mayor desarrollo nuclear y, por esa intención fue acusado de comunista e investigado por ello. Genio y sospechoso de traición.
En 1963, pese a aquellas acusaciones más cercanas a los códigos de la vanidad de sus Salieris que a su ideología, Oppenheimer fue rehabilitado políticamente por el presidente Lyndon Johnson, quien en 1963 lo galardonó con el premio Enrico Fermi.
Por su parte, Einstein, según cuenta la producción de Netflix, al parecer también se arrepintió de haber enviado una carta al presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt el 2 de agosto de 1939 instándolo a prestar atención a los desarrollos nucleares de los científicos nazis para enriquecer el uranio. Tenía la convicción de haber acelerado el proceso de investigación y desarrollo que la historia conoce como Proyecto Manhattan. Einstein sentía culpa por “la bomba”.
LA GUERRA Y LA PAZ
Tal vez por ello el papa Francisco destaca por su fortaleza a quien en la guerra “tiene el valor de la bandera blanca y negociar” porque “negociar es una palabra valiente” y sostiene que “no (hay) que avergonzarse de negociar antes de que las cosas empeoren”. ¿Puede y/o debe decir o abogar por algo que no sea la paz un líder religioso, aunque sea también un jefe de Estado?
“Ucrania necesita armas, no banderas blancas”, respondió casi de inmediato Jens Stoltenberg, secretario general de la OTAN, quien agregó que “si queremos una solución pacífica duradera negociada, la forma de llegar a ella es proporcionar apoyo militar a Ucrania”. ¿Puede y/o debe decir o abogar por algo que no sea la guerra un funcionario político y administrativo designado por un conjunto de 29 países convergentes en una alianza militar?
La madrugada del sábado comienza a clarear. Los silencios son varios y superpuestos. JT, historiador y académico, escuchó más de lo que habló. “Ningún hombre es tan tonto como para desear la guerra y no la paz; pues en la paz los hijos llevan a sus padres a la tumba, en la guerra son los padres quienes llevan a los hijos a la tumba. Es palabra del griego Heródoto de Halicarnaso, al que muchos consideran como el padre de la historia occidental”, dijo con estudiado tono doctoral y su nariz casi apoyada sobre la pantalla del smartphone.
La presbicia no perdona después de los 50. “Cómo construir la paz es complejo, por cierto. Pero, si de arsenales nucleares se trata, me quedo con la respuesta de Einstein a Oppenheimer: ‘Ahora es tu turno de lidiar con las consecuencias de tu logro’”, dijo DG.
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Robert Downey Jr., de tocar fondo a la gloria del Óscar
Robert Downey Jr. se llevó ayer domingo el Óscar al mejor actor de reparto por su impecable rol en “Oppenheimer”, bañando con oro una carrera de altibajos, dentro y fuera de la pantalla. El intérprete estadounidense, de 58 años, cerró con la mayor estatuilla de Hollywood una exitosa temporada de premios que lo engalanó de honores por su participación en la cinta de Christopher Nolan sobre las tribulaciones que la bomba atómica le costó a su inventor.
“Quiero agradecer a mi terrible infancia y a la Academia, en ese orden”, abrió su discurso el carismático actor. “Este es mi pequeño secreto: yo necesitaba este trabajo más de lo que él me necesitaba a mí. Chris lo sabía”, prosiguió refiriéndose al director del drama épico que llegó con 13 nominaciones a esta gala.
“Fue fantástico, y me presento aquí, ante ustedes, como un mejor hombre gracias a esto (...). Lo que hacemos es importante, y lo que decimos hacer es importante”, completó. Downey venció en la categoría a Robert De Niro, Ryan Gosling, Sterling K. Brown y Mark Ruffalo.
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La estatuilla le llega tres décadas después de su primera candidatura al Óscar con la biográfica “Chaplin” (1992), de Richard Attenborough, que lo catapultó como uno de los grandes nombres de su generación. La Academia le concedió el anhelado Óscar por un rol atípico de villano en su trayectoria llena de personajes carismáticos y seductores.
Downey interpreta al expresidente de la Comisión de Energía Atómica, Lewis Strauss, en esta cinta épica sobre Robert Oppenheimer. Al comienzo, Strauss parece apenas un contrapunto al imponente Oppenheimer de Cillian Murphy, quien también fue nominado por su rol. Un inocuo burócrata, que, sin brillo, entra y sale de la escena.
Pero a medida que la trama se desenvuelve, el personaje cobra protagonismo y destila su arrogante y ambiciosa esencia. Puede considerarse un camino inverso de algunos de los más famosos roles de Downey, quien dentro y fuera de la pantalla ha conquistado admiración y simpatía.
Auge y caída
Downey Jr. nació el 4 de abril de 1965. Debutó a los cinco años, de la mano de su padre, el director, actor y guionista Robert Downey Sr. Después de algunos roles junto a los talentos emergentes de la época, como Anthony Michael Hall y Molly Ringwald, bautizados como el “Brat Pack”, Downey aterrizó en los zapatos de Charles Chaplin, que le rindió un premio BAFTA y la primera nominación al Óscar. Pero cuando parecía que todo iba en alta, el actor tocó fondo.
La década de los años 1990 estuvo marcada por las consecuencias de su larga adicción a las drogas, que según ha dicho en entrevistas probó por primera vez gracias a su padre, en su infancia, en los tiempos de la contracultura. Downey fue arrestado varias veces entre 1996 y 2001, regalándole a los tabloides fotos policiales. Entró y salió de casas de rehabilitación, y cumplió penas tras las rejas, incluyendo un período de casi un año entre 1999 y 2000.
La adicción le costó trabajos, como su participación en la serie “Ally McBeal”, de donde salió tras uno de sus arrestos. Pero eventualmente emergió de las cenizas. En una entrevista con Oprah Winfrey en 2004, Downey dijo que su último arresto lo hizo reflexionar. “Finalmente me dije: ‘¿sabes qué? No creo que puedo continuar así’. Y busqué ayuda, y la acepté”, ha confesado.
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Junto a Mel Gibson, volvió a la pantalla grande con “El detective cantante” (2003), y en seguida consiguió un rol en la película de suspenso “Gothika”, junto a Halle Berry. Poco a poco, Downey se estableció nuevamente, y en 2008 firmó dos de sus papeles más exitosos en “El hombre de hierro” y “Una guerra de película”.
El último le valió su segunda nominación al Óscar, y el primero, en la piel del excéntrico Tony Stark, lo convirtió en uno de los actores más taquilleros de la industria. También protagonizó “Sherlock Holmes”, así como una secuela, bajo la dirección de Guy Ritchie.
El actor está casado con Susan Downey, con quien tiene dos hijos. Otro, el mayor, es producto de su matrimonio con Deborah Falconer, quien se separó de él en sus años turbulentos. “Quiero agradecer a mi veterinaria, quiero decir, mi esposa, Susan Downey allí”, dijo ayer domingo en su discurso el actor. “Ella me encontró como una mascota de rescate gruñendo... y tu amor me devolvió a la vida. Por eso es que estoy aquí”.
Fuente: AFP.