Durante la dictadura de “la democracia sin comunismo” la tradición oral había convencido a gran parte del pueblo, especialmente en las zonas rurales, de que en Rusia –para muchos nunca fue Unión Soviética– al llegar a cierta edad las personas mayores eran forzadas a pasar a mejor vida y de sus huesos hacían jabones.

El miedo siempre es el mejor antídoto de los gobiernos para combatir cualquier posibilidad de que determinado enemigo pudiera ejercer alguna forma de influencias en la sociedad. Ese miedo cumplía una doble función: por un lado, para no involucrarse, y, por el otro, para denunciar a los “sospechosos” que pretendían transformar nuestra “forma de vida occidental y cristiana”.

Era, también, el pretexto perfecto para la represión, etiquetando como “subversivos, ateos y apátridas” a todos aquellos grupos sociales, movimientos políticos o líderes que querían días de libertad, justicia y bienestar para nuestro país. Pero, la irrefutable verdad siempre termina por desmontar las mentiras, aunque no pueden obviarse los rezagos de quienes creen que “no meterse en política es lo mejor”.La tradición nos define como un pueblo manso, casi dócil, producto de tantos años de repetidos autoritarismos. Le cuesta reaccionar, pero cuando lo hace demuestra toda la grandeza de su coraje y heroísmo. Tanto en guerras internacionales como en revueltas intestinas. O en movilizaciones populares que arrastraron gobiernos, como el emblemático Marzo Paraguayo de 1999. Pero, reiteramos, la historia nos corrobora que la gente prefiere la indignación silenciosa que las manifestaciones callejeras que pudieran torcer el futuro de nuestra nación. Quienes esporádicamente expresan su descontento en los espacios públicos no suman lo suficiente como para iniciar un profundo proceso de transformación social, política, económica y cultural en el país. Queda, entonces, el recurso de las urnas, la expresión de la soberanía transformada en votos. Y es cuando, también, debemos lamentar que la participación no sea masiva, particularmente de los jóvenes, por lo que muchos gobiernos de esta nuestra bendita transición no tuvieron el soporte de una mayoría significativa. Y la tarea de administrar el Estado fue un peso difícil de cargar.

La estrategia para incentivar a los jóvenes a participar políticamente debe iniciarse en las escuelas. Ya subrayamos ese vacío en varias oportunidades. Esa es una de las funciones centrales de la educación, apuntando a la construcción de una democracia ciudadana, a la propia gobernabilidad y a la capacidad de juzgar críticamente a los actores y procesos políticos. Si ayer era el cuco del comunismo el que alejaba a los jóvenes de toda actividad pública, hoy es el espanto por la corrupción lo que hace que esta franja etaria “huya de la (mala) política como se huye de la peste”, como diría un gran intelectual republicano de la Generación del 900. Por ello, inmediatamente abogaba por la política de la honestidad, de la moral y la participación responsable para reemplazar a aquellos que con sus actos deshonran y desprestigian la misión de servir al pueblo a través de la búsqueda incesante del bien común. Un bien común que es el norte ético de la política.

Nuestro diario en su edición de ayer, 22 de enero, publicó un estudio realizado por el Instituto de Desarrollo (ID) y que contó con el apoyo de la prestigiosa Universidad de Harvard de los Estados Unidos sobre las preferencias y rechazos de los jóvenes de entre 18 y 29 años en el marco de nuestra política nacional. Felizmente, y para alimentar nuestro optimismo, estos jóvenes mostraron clara inclinación hacia candidatos con preparación académica, con experiencia y sin antecedentes negativos en su foja política y personal. Añade el informe que “ocho de cada diez encuestados no están dispuestos a tolerar a candidatos corruptos”.

De este informe obtenemos dos conclusiones claves, aunque concatenadas: el mayoritario rechazo a la corrupción y la preferencia por la honestidad, situaciones que representan un síntoma alentador para ir edificando una verdadera ciudadanía que lleve a estos jóvenes a participar en la política como protagonistas y no solamente como votantes. Es una generación que entiende perfectamente los códigos del buen gobierno –sustentando en el bien común y no en el bien personal o de círculos– lo que evidencia que ha diagnosticado correctamente los vicios que inficionan la práctica política. El actual gobierno se ha contaminado de corrupción desde el primer día de su gestión. Pero la descomposición moral se extendió, además, a las cámaras del Congreso de la Nación, a las gobernaciones y a los municipios. Ahora hay que buscar la solución. Y esa solución no va a venir de la mera reflexión contemplativa o de la simple presencia en las redes, sino trascendiendo hacia la dinámica permanente de la acción política. Que hoy se ve favorecida por el voto preferencial dentro de las listas cerradas y desbloqueadas.

Los (pre)candidatos de los diferentes partidos y movimientos políticos no deberían subestimar este estudio y los rechazos y preferencias de los jóvenes. Quienes continúan apostando por la desacreditada dirigencia pueden llevarse una gran sorpresa en las internas de diciembre de este año. Los jóvenes pueden darle un vuelco radical a nuestra vieja política.

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