La democracia se fortalece con la participación consciente de la mayor cantidad posible de ciudadanos en los procesos políticos, sociales y culturales que, finalmente, determinan la orientación económica de un país y su nivel de crecimiento y desarrollo. Ningún atajo puede acercarnos a ese progreso, en sus diversas facetas, que todos aspiramos. Es el Estado, como agente garante de la equidad y la justicia, el que debe encontrar el punto intermedio entre las partes en conflicto. Doctrinariamente, ese Estado concede a un gobierno su administración transitoria.
Que se renueva periódicamente a través del sufragio libre, universal y secreto. Es por ello que la sociedad no puede ceder en su papel de contralor para exigir responsabilidad por los resultados. La indiferencia y la apatía suelen favorecer la multiplicación de los vicios en el ejercicio del poder. La tímida, o efusiva, reacción de una minoría, por lo general, no suele inquietar a las autoridades que se han desviado de su misión de servidores públicos y ejecutores fiables de los recursos del Tesoro. Entonces, las instituciones se vuelven vulnerables y la corrupción, sistemática. Tanto como la impunidad.Esta vez se define la suerte de las ciudades. Y es precisamente la ciudad la que hace nacer el concepto de la política, mediante aquel primer y memorable tratado de Aristóteles.
Era, antes que nada, una forma de convivencia porque la expresión hacía referencia a la ciudad, lo social, lo sociable, a la comunidad en sí. Vivir en un espacio compartido, apuntando a un bien deseado por todos, consecuente con la justicia y la felicidad. Ideas tan claras y sencillas, fácilmente asimilables, pero, sin embargo, difícilmente llevadas a la práctica por antagonismos irreconciliables o por desbordadas ambiciones personales y sectarias. Los espíritus belicosos, aquellos que no conocen otra vía que la diatriba y el insulto, son verdaderos obstáculos, igual que la corrupción, con que tropiezan las ciudades, postergando su desarrollo. Una competencia electoral no es una guerra. Es un espacio civilizado donde se exponen ideas y propuestas. Es el escenario donde cada uno muestra y defiende su programa de gobierno comunal. Los comicios deben ganarse por la fortaleza de las virtudes y no por los vicios del adversario. Nuestras campañas electorales suelen convertirse en maniobras para denigrar al otro antes que exhibir las bondades reales de las propias candidaturas.
Un pueblo educado en sus derechos más elementales es el mejor antídoto contra las prepotencias personales, la corrupción y la ineficiencia. Si bien es cierto que la escuela tiene un grado mayor de responsabilidad en cuanto a sistematizadora de conocimientos, también los líderes políticos y de opinión deben enseñar con el testimonio de su ejemplo. La presencia de nuevos protagonistas que aspiran cargos de representación y de gobierno –en este caso, municipal–, antes que despejar el viejo camino de sus antiguas lacras, lamentablemente, empezaron a reproducirlas en el discurso. Algunos emergentes opositores, buscando el camino del consenso, o un solo frente, para derrotar al adversario común (del partido oficialista), paradójicamente, optaron por el mecanismo del agravio mutuo y la descalificación. Una sociedad hastiada de la política de la confrontación sin resultados sufre la puesta en escena de una repetida obra, aunque con renovados actores. Tal vez por aquí deberíamos empezar a hurgar en las primeras causas de esa participación que está lejos de lo óptimo. Entonces, la democracia se resiente y se resienten aquellos pueblos ricos en recursos, pero pobres en liderazgos capaces, proactivos y productivos.
Nuestra responsabilidad, como medio de comunicación, es exhortar a la participación. No solo para votar, sino para constituirse en grupos de presión y en resaltadores de los problemas más comunes en cada municipio y ponerlos en la agenda de las autoridades, tanto en las instancias ejecutivas como en las legislativas. No existe mejor ojo vigilante que el de una ciudadanía organizada. Cuando los controles internos se envilecen, es la sociedad la que debe forzar la rendición de cuentas y la trasparencia de los actos administrativos.
Ya expresamos en escritos anteriores que la utilización de las urnas electrónicas y el sistema de lista cerrada-desbloqueada nos ofrecen la tan esperada oportunidad para mejorar la calidad de la representación en las juntas municipales. Un colegiado que sea lo suficientemente maduro, por encima de las diferencias cromáticas, para acompañar una buena gestión y lo necesariamente crítico, más allá de las simpatías partidarias, para denunciar y frenar las prácticas que se desvían del buen gobierno.
Estas elecciones municipales fijadas para el próximo 10 de octubre deben ser el primer paso para romper definitivamente con ese esquema político que premiaba la mediocridad y postergaba a los idóneos. El segundo nivel, también ya en puertas, es mejorar la calidad de nuestros representantes en el Congreso de la Nación. Este nuevo sistema electoral nos habilita a todos a ser eventuales candidatos. Y con posibilidades de ganar.