La pandemia provoca múl­tiples consecuencias. Aun en los países con enormes recursos económicos ha paralizado a sectores enteros de la economía, con un pronóstico reser­vado sobre sus posibilidades de recu­peración.

Dentro de este marco vital para la construcción de una “nueva normali­dad” se encuentra la cultura en todas sus expresiones. Sin las manifesta­ciones culturales es imposible for­talecer el sentido identitario de los pueblos y sin esto es inviable soste­ner una sinergia que abrace a sus ciu­dadanos y les abra una perspectiva. No hay que negar que la historia del Paraguay ha sido muy elocuente en materia de consecuencias de hechos históricos conmovedores como las guerras y las revoluciones.

Quizás solo vale recordar que cuando habla­mos de dos de sus mayores glorias; en la prosa, Augusto Roa Bastos y en la poesía, Elvio Romero, han sido talen­tos que se forjaron y maduraron en el exilio, porque en su patria no había condiciones para la palabra libre. Sin embargo, siguiendo con ambos ejem­plos, tales orgullos de nuestra litera­tura jamás arrugaron la bandera de su identidad nacional allí donde el destino los llevara.

Los hechos impactantes en la vida de los pueblos, como por ejemplo la presente pandemia, sirven para derrumbar o para fortalecer. El forta­lecimiento viene de la mano de la com­prensión misional de la cultura en este caso.

La expresión cultural requiere de mucho acompañamiento estatal y pri­vado, recursos, en una palabra, para que promueva acciones nuevas emer­gentes de la crisis y los talentos des­pierten. El cine paraguayo es un gran ejemplo de todo lo que se puede crecer como industria cultural en un país. Sus conquistas recientes muestran un camino que recorrer para consolidar esta manifestación que hoy en día es muy eficaz para clavar el nombre y el prestigio de una nación en un sitio de privilegio.

Un país que siempre ocupa los luga­res más “importantes” en materia de corrupción de su clase política a nivel mundial debe potenciar otras expre­siones con más razón aún, de manera que su pueblo no pierda la esperanza y encuentre que hay motivos para creer en su destino.

Sin embargo, ningún proceso de forta­lecimiento del cine o de la cultura en general se podría dar con tan escaso apoyo a tales expresiones. El dinero consignado desde organizaciones como Fondec es irrisorio y todavía hay un camino que recorrer para el com­promiso más unánime del empresa­riado con la cultura. En el Congreso casi no se habla de planes de apoyo a la cultura y la desteñida tarea de la Secretaría Nacional de Cultura no despierta esperanzas.

Nuestro grupo de medios ha promo­vido el nacimiento de una división cinematográfica, HEI Cine, que ha demostrado cuánto se puede aportar desde la empresa para que funcione esta maravillosa industria de producir sentidos.

Invertir en cultura será vital desde ahora en más para que el destino de “lo que somos” no se pierda entre la polva­reda de la crisis sanitaria mundial; que Paraguay se exprese a través de su arte y de su cultura como una forma de des­plegar las alas y tomar vuelo de nuevo.

Que el distanciamiento social no suponga distanciamiento cultural; que se apueste como en otros países a estrategias para suplir el aislamiento. Estas políticas no se ven sino muy tímidas y precarias desde la iniciativa oficial; deberían ser mucho más deci­didas y por sobre todo fortalecidas en recursos para apoyar a los creadores que como el resto de los emprendedo­res sufren el impacto económico de esta coyuntura.

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