• Por Aníbal Saucedo Rodas
  • Periodista, docente y político

Hubo un tiempo en que algunos artículos de opinión no necesitaban siquiera la firma de quien los escribió para reconocer a su autor. Fue antes del diluvio arrasador de la exaltación de la mediocridad, del masivo adocenamiento y de la fama pasajera, siempre superficial, que renuncia a la esencia de la plenitud creadora. Se había cumplido la sentencia del naturalista, matemático y escritor francés Georges-Louis Leclerc de Buffon: “El estilo es el hombre mismo” y “no puede robarse y transportarse”. Aparecieron, obviamente, imitadores, pero a un abismo de distancia de la matriz original. Lo que en lenguaje coloquial diríamos: “Ni por aproximación”.

La posmodernidad neoliberal, que relativiza hasta la verdad –la parcela de acuerdo con el contexto– y que prioriza el consumo, lo más nuevo, la cultura de lo efímero y descartable por encima de la certidumbre y la solidez del pensamiento humanista, vino para igualarnos desde la construcción subjetiva de la realidad. Pero, en aquella época de la que hablo, era posible separar la calidad del entusiasta llenador de cuartillas. La ironía sutil, de ingeniosa mordacidad, cortaba más fino y profundo que un prestigioso cuchillo de acero. Mucho más que la opinión descarnada y sin rodeos. Desde esa primera línea disparaban Jesús Ruiz Nestosa y sus “Crónicas de un terráqueo”, el imprescindible Helio Vera, César Ávalos, quien continúa extraviado detrás de su novela perdida, Antonio Carmona y su “ojo en la bala” y el zafado de Víctor Benítez (+), el Gordo. Y, entre ellos, el sarcasmo cáustico de Pepa Kostianovsky, herencia legítima del irrepetible Kostia y su corrosiva “Creolina”. Aunque se parapetaban detrás de un mismo género –el humor ácido–, era imposible confundirlos. También Alcibiades González Delvalle alternaba por este andarivel, aunque se concentraba con mayor frecuencia en la investigación (fue uno de los pioneros) y la crítica social. Desde otro medio, al final de la década de los 70, emergía con juveniles ímpetus Andrés Colmán Gutiérrez, siguiendo los pasos del “maestro”.

En el primer párrafo, repito, ya se podía identificar al responsable del escrito sin necesidad de comprobar la firma. Lo mismo pasaba en la sección de Deportes. Con Fernando Cazenave, Julio del Puerto y Juan Crichigno uno podía hablar de historia, literatura, política y, también, de fútbol. Era una delicia leer sus artículos cargados de las más exquisitas figuras literarias. Definitivamente, hubo una ruptura, pero para peor.

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Eran tiempos en que la primicia debía esperar hasta corroborar la información, aunque la ansiedad empujaba para adelantarse a los otros diarios. Eran tiempos en que todavía tenía valor aquello de “nobleza obliga”, para reconocer y rectificar un error sin necesidad de que el afectado haga un reclamo formal y/o legal. O aquella otra máxima: “Nadie puede escribir como periodista lo que no pueda sostener como caballero”. Distanciados de aquellos tiempos, hoy se induce al engaño mediante noticias intencionalmente adulteradas. En que los titulares responden a cuestiones que nada tienen que ver con el deber de decir la verdad. Así que se transformaron en moldes flexibles que se doblegan por razones políticas, empresariales o de enemistades no curadas. No se ajustan a los hechos tales como son, sino que aspiran a que los hechos se ajusten a sus redacciones. Desde la narración se bosqueja una versión paralela a la realidad.

A todos nos encanta citar a Rysard Kapuściński y su obra clásica “Los cínicos no sirven para este oficio: sobre el buen periodismo”. Pero sus lecciones son para los demás, nunca para nosotros. Por tanto, sin ninguna posibilidad de autocrítica. Así que seguimos en malas compañías: la posverdad, la distorsión y la obsesión de transformar en imperativos categóricos los rumores, suposiciones e hipótesis sin sustento real ni demostración posible. ¿Por qué un comentario nostálgico e introspectivo? Porque acabo de leer “Número cero” de Umberto Eco. “No son las noticias las que hacen el periódico, sino el periódico el que hace las noticias”. Más que una sugerencia, su lectura es una obligación. Algunos quizás ya lo hicieron (es de 2015). De ser así, evidentemente necesitan de una segunda hojeada. Sobre todo, hoy, cuando los estilos perdieron originalidad y ya nadie sabe quién es quién. Lejos de aquellos días “felices” de la dictadura –diría Felino Amarilla– en que todos nos conocíamos. Buen provecho.

Etiquetas: #buen periodismo

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