EL PODER DE LA CONCIENCIA
- Por Alex Noguera
- Periodista
- alex.noguera@nacionmedia.com
Hoy, como cada segundo sábado de febrero, se recuerda el Día Mundial del Cine, fecha instituida por la academia. Y es que, en el lejano 1895, cuando se proyectó en París “Salida de los obreros de la fábrica Lumière en Lyon Monplaisir”, nacía la primera película del mundo.
El primer paso para levantar imperios o crear imposibles es soñar, aunque en esa etapa parece una utopía. Un ejemplo de esta afirmación fue lo ocurrido otro 10 de febrero, pero de 1996, hace ya 28 años, cuando la supercomputadora de IBM vencía en ajedrez al entonces campeón mundial Garri Kaspárov. ¡Insólito! Una máquina podía “pensar” mejor y más rápidamente que un ser humano. Claro, la población del planeta no imaginaba que ya en la década de 1950 Alan Turing había dado pasos decisivos hacia la inteligencia artificial, hoy una realidad que divide opiniones en cuanto a su peligrosidad.
Volviendo al cine, y en retrospectiva, debemos reconocer los grandes aportes que esta industria aportó a la ciencia, pero para comenzar hay que aclarar que, aunque los hermanos Lumière crearon el cinematógrafo, fue otro cineasta francés, Georges Méliès, quien logró dar la ilusión de movimiento en las películas, cuando en 1902 “estrellaba” un cohete en la Luna. ¡El público quedó lleno de estupor y a la vez maravillado!
En 1916, las cintas adquirieron color y en 1927 sonido. A partir de entonces no hubo límites para la imaginación de los guionistas, que cada idea convirtieron en realidad. Así, un desconocido Walt Disney erigió una empresa multimillonaria gracias a la animación con dibujos en papel, luego surgirían la televisión, los efectos especiales y la animación computarizada.
Es universalmente conocido que películas de ciencia ficción dieron pie a grandes invenciones. Una de estas icónicas producciones, “Viaje a las estrellas”, contribuyó, por ejemplo, con aparatos que en esa época no existían.
Por falta de presupuesto dos ayudantes escondidos abrían y cerraban las puertas de la nave, dando la sensación de que eran automáticas, concepto implantado luego en los ascensores; los tripulantes se comunicaban con lo que más tarde serían los celulares idénticos al StarTac de Motorola; también dieron noción del scanner médico con el Tricorder utilizado por el doctor McCoy, y las tablets y las PC y las enormes pantallas de plasma y el GPS y el USB. En este momento, en el mundo real ya se realizan pruebas de teletransportación a través de la computación cuántica.
Transcurrieron menos de 130 años desde la primera proyección de Auguste Marie Louis Nicolas Lumière y Louis Jean Lumière, pero de aquel mundo ya no queda nada, los avances fueron casi de fantasía.
Para terminar, también recordamos que mañana, 11 de febrero, pero de 1990, hace 34 años, Nelson Mandela era puesto en libertad después de estar preso durante 27 años. Cualquiera hubiera claudicado, pero el dirigente no solo sobrevivió, sino que cuatro años más tarde se convirtió en el primer presidente de color de Sudáfrica. Recibió el premio Nobel de la Paz y hoy es considerado un símbolo en la lucha contra la segregación racial.
La magia del cine o la voluntad de un hombre como Mandela demuestran que es posible hacer realidad los sueños, aunque parezcan imposibles. Tal vez este año todos los estudiantes puedan recibir su almuerzo y merienda sin que la avaricia lo impida; quizá pronto los pacientes en Paraguay sean atendidos como merecen o finalmente el país logre el grado de inversión o, al menos, mañana nuestra selección clasifique a los Juegos Olímpicos y no solo “gane experiencia”, como la mayoría de las veces.
Animémonos a soñar cosas lindas, que los imposibles solo tardan un poco más, pero llegan.
Dejanos tu comentario
¿Buenos Aires fue fundada por paraguayos?
En esta entrega de Mito o Realidad, el historiador Carlos von Horoch Benítez responde a la pregunta de si la capital argentina fue o no fundada por paraguayos. ¿Técnicamente la “verdadera fundación” es la primera o la segunda?, es una de las varias interrogantes que intentamos responder en esta nota.
“Una manzana entera pero en mitá del campo / presenciada de auroras y lluvias y sudestadas. / La manzana pareja que persiste en mi barrio: /Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga”, reza una estrofa del poema “Fundación mítica de Buenos Aires”, de Jorge Luis Borges, que alude quizá sin siquiera pretenderlo a ese elemento paraguayo presente en la fundación de la Reina del Plata y que a menudo es soslayado.
Ahora bien, la considerada como primera fundación fue realizada por Pedro de Mendoza el 2 de febrero de 1536. Sin embargo, en 1541 el poblado fue destruido por sus propios habitantes debido a la hostilidad de los indígenas que habitaban ese llano.
Ante la consulta de si puede ser considerada técnicamente una fundación la expedición de Pedro de Mendoza del 2 de febrero de 1536, Von Horoch Benítez responde que “efectivamente fue una fundación, pero se trató de un poblado de efímera existencia, no se consolidó como población por diversos factores”.
La mayoría de los indígenas que habitaban los alrededores del sitio eran cazadores y recolectores. Además, estaba en una zona baja, llana, expuesta a fuertes vientos. También había muchos pantanos que hacían del sitio inadecuado para un asentamiento humano.
CONTACTO INICIAL
En un principio, los indígenas se mostraron amistosos con los europeos, que totalizaban unos 1.500 y requerían un flujo constante de alimentos que los nativos cazadores y recolectores no podían cubrir.
En este sentido, el investigador apunta que “las aldeas con habitantes que no practican una economía productiva con base en la agricultura no superan los 500 habitantes. Por ello, una repentina superpoblación humana en un coto de caza generó una cacería y recolección intensiva que pronto derivó en una escasez. Los indígenas de la región dejaron de abastecer a los europeos y estos reaccionaron con violencia asaltando las aldeas”.
Los abusos generaron una gran alianza de indígenas que juntaron un ejército de 30.000 guerreros que asediaron Buenos Aires, que pudo resistir a un costo pírrico.
“Con la resistencia indígena y la incapacidad de ser autónoma en su abastecimiento de víveres, la primera Buenos Aires tuvo todo en contra y el alto costo humano y material de su manutención motivó su despoblamiento, siendo evacuada su población a Asunción, donde las condiciones del sitio eran favorables para lo que finalmente fue el primer asentamiento europeo estable del Río de la Plata”, afirma.
PULSIÓN FUNDACIONAL
Casi 40 años después, como parte de un impulso en aras de romper el histórico enclaustramiento del Paraguay, se realizó la fundación de una ciudad con salida directa al mar.
Según las propias palabras de Juan de Garay, quien encabezó la expedición que partió de Asunción y que el 11 de junio de 1580 realizó la segunda fundación de Buenos Aires, el propósito era “abrir puertas a la tierra”.
Respecto a cuál sería la “verdadera fundación”, sostiene que “no se debería catalogar a una u otra como la verdadera. Ambas fueron fundaciones, solo que la ciudad actual de Buenos Aires tiene su origen en la segunda fundación, la liderada por Juan de Garay, que ya incluyó sangre mestiza hispano-guaraní e indígenas del Paraguay”.
En lo referente a si es correcto afirmar que Buenos Aires fue fundada por paraguayos, sostiene que “absolutamente. La base de operaciones española era Asunción, los recursos humanos y materiales eran de dicha población. Sin la consolidación de Asunción como poblado y base de operaciones de la corona, es muy probable que la conquista y colonización europea del Río de la Plata se hubiese demorado mucho más. Hasta es probable que otra potencia colonial hubiera tomado el lugar de la corona española en esta región. Hay muchas alternativas”.
FIGURA MÍTICA
En lo tocante a la figura cuasi mítica de Ana Díaz en el relato fundacional de Buenos Aires, señala que esta mujer tiene una historia muy interesante en una época en la que el modelo social no permitía que las mujeres tengan muchos derechos y roles fuera de las labores domésticas.
Se trataba de una mujer criolla, hija de un español y una payaguá cautiva. Ana había enviudado y cuando el gobernador pidió voluntarios para refundar Buenos Aires, ella exigió ser partícipe.
Cabe destacar que a cada integrante se le entregaría un solar en la trama de la nueva población. Esto era impensable para una mujer sin la presencia de un marido. El grupo destinado a fundar Buenos Aires no debía contar con mujeres. Estas debían llegar luego de que se haya levantado la parte primaria del poblado, pero la insistencia de Ana Díaz hizo que pueda formar parte de la expedición que contó con dos columnas, una naval y otra terrestre. Díaz formó parte de la columna terrestre que dirigía el ganado para el abastecimiento. Años después, Díaz contrajo matrimonio con otro fundador de nombre Pedro Isbrán, con quien tuvo una hija.
La figura de Ana Díaz es importante no solo por el hecho de ser partícipe de la fundación, sino por haber conseguido tener un derecho yendo a contracorriente la costumbre de la época.
Sin embargo, “en el Paraguay sigue siendo una figura poco conocida a pesar de contar con una calle asuncena con su nombre. En Buenos Aires hay algunos monumentos con su nombre y hasta fue musa para al menos una obra literaria”, indica.
SIMBOLOGÍA
Insistido sobre quién fue efectivamente el fundador de Buenos Aires de acuerdo a su criterio, señaló que la ciudad que conocemos hoy fue fundada por Juan de Garay y los asuncenos con el nombre de Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre. La expedición estuvo compuesta por 76 personas, de las cuales 56 eran criollas nacidas en el Paraguay.
“La propia simbología urbana de la ciudad nos habla de que la segunda fundación es la válida, pues el sitio del acto de fundación está donde hoy es la plaza de Mayo, la plaza más importante de la ciudad, pues frente a ella se encuentran La Casa Rosada, La Catedral, el antiguo Cabildo y la sede del Gobierno Municipal. Desde ese sitio se marcaron las calles y manzanas de la ciudad.
Garay también designó los sitios para la ubicación de las instituciones de administración política, el templo y los conventos.
“La sociedad bonaerense desciende de los integrantes de la expedición de Garay. Fueron estos últimos quienes lograron materializar el asentamiento permanente en una región que había sido hostil varias décadas antes. De la primera fundación solo quedó el nombre”, concluye Von Horoch Benítez.
LABRANZA DE LA TIERRA
De su lado, en un artículo titulado “Ana Díaz, la mestiza paraguaya que participó de la fundación de Buenos Aires junto a Juan de Garay” (Infobae, 29-1-2022), el historiador y arqueógrafo Óscar de Masi hace notar que la empresa de Garay difería de la mentalidad conquistadora peninsular.
Aquella consistió en “una pulsión telúrica con la que comenzó el tiempo de la labranza intensiva de la tierra, el aprovechamiento hidráulico de los ríos y la tala de los bosques para asistir a las industrias rurales y proveer a la ciudad incipiente. Y, tras esta explotación de las riquezas del suelo, vendría un comercio a nueva escala, direccionado desde Asunción, como metrópolis del nuevo sistema de ocupación de la ecúmene rioplatense. No en vano Julio A. Busaniche llamó a la capital paraguaya, en 1923, ‘nido del criollismo americano’”.
“No dejemos de recalcar que la fundación de Buenos Aires fue obra de Asunción, madre de ciudades. El riguroso historiador autodidacta Andrés Carretero hizo notar una peculiaridad de esta expedición: a diferencia de las habituales y ávidas estipulaciones que preveían hipotéticas recompensas en metales, en este caso el premio para los pobladores era el reparto de tierras de labranza y la apropiación de los ganados cimarrones que pastaban en las dilatadas pampas. Este hecho determinó un giro sustancial en el modo de relación del contingente humano con el territorio, su ordenación, su mensura y su riqueza agroganadera”, sigue diciendo De Masi.
En resumen, como bellamente lo describe el poema “La Argentina”, de Martín del Barco Centenera: “Habiendo de la guerra descendido / Poblar a Buenos Ares fue acordado: / De la Asunción Garay hubo salido, / De todos adherentes aprestado: / Con él muchos soldados han venido, / Y habiendo en Santa Fe desembarcado, / Allí estuvieron días esperando / Los caballos, que vienen caminando”.
Dejanos tu comentario
¿Por qué la insistente afirmación de que en Paraguay no hay negros?
En esta edición de Mito o Realidad, el historiador Ignacio Telesca desmitifica la creencia generalizada de que en Paraguay no hubo población negra y que el único contingente de origen africano que llegó al país lo hizo acompañando al caudillo oriental José Gervasio Artigas en su largo exilio, que duró hasta su muerte en 1850, o producto de violaciones de las tropas aliadas durante la Guerra Grande.
No deja de ser paradójico que aún estemos cuestionándonos por si hubo o no hubo negros en Paraguay, cuando hace un mes, el 26 de noviembre pasado, el presidente Santiago Peña firmó el decreto por el cual se reglamenta la Ley N° 6940, que establece medidas de prevención y sanción contra toda forma de discriminación hacia las personas afrodescendientes.
Sin embargo, como ocurre en países vecinos, se sigue afirmando la inexistencia de la presencia africana en la historia del Paraguay.
No importa que todos los censos desde el siglo XVII hasta el XIX recojan dicha presencia: alrededor de un 11 % de la población total y 4 % de población esclavizada.
Tampoco hace mella la cantidad de documentación existente en el Archivo Nacional de Asunción sobre dicha comunidad. Por ejemplo, desde 1650 existía una cofradía, la del Santo Rey Baltazar, que era para personas afrodescendientes libres. Es decir, personas que habían llegado esclavizadas y que luego, por una razón u otra, lograron liberarse. Su presencia, entonces, ya era previa a 1650.
LIBERTAD DE VIENTRES
Suena extraño que se pase por alto el Decreto de la Libertad de Vientres firmado por los cónsules Carlos Antonio López y Mariano Roque Alonso en 1842, por el cual los hijos de mujeres esclavizadas nacidos a partir del 1 de enero de 1843 serían considerados libertos.
Claro que recién serían libres del todo cuando las mujeres cumplieran 24 años y los varones 25, pero este dato, precisamente, daría pie para comprender el importante rol que cumplían las personas esclavizadas, libertos incluidos, en la sociedad paraguaya.
La misma Constitución de 1870 en su artículo 25 decretaba, finalmente, la abolición de la esclavitud. Entonces, ¿cómo es eso que nunca hubo negros en Paraguay?.
TESTIMONIOS
Artículos de León Cadogan de la década del 50 del siglo pasado hablan de esta presencia. La hermosa obra de Josefina Plá, “Hermano negro”, tiene ya más de cincuenta años, a la que debemos incluir los libros de Agustín Blujaki (“Pueblos de pardos libres: San Agustín de Emboscada”, de 1980), de Ana María Argüello (“El rol de los esclavos negros en el Paraguay”, de 1999), de Alfredo Boccia Romañach (“Esclavitud en el Paraguay”, de 2004). Más de cincuenta trabajos, entre libros y artículos, dan cuenta de la presencia afrodescendiente en el Paraguay desde la conquista hasta el día de hoy.
Entonces, ¿por qué la insistente afirmación de que en Paraguay no hay negros?l
Existe una explicación, al menos, que da cuenta de este pensamiento y se remonta a los tiempos posbélicos.
RECREANDO UNA IDENTIDAD
Acabada la guerra contra la Triple Alianza, la intelectualidad paraguaya tuvo que recrearse una identidad. ¿Quiénes eran los paraguayos? ¿Eran acaso los bárbaros que había que civilizar como expresaban los vencedores de la guerra? ¿Eran los herederos de la sumisión y obediencia sellada a sangre y fuego por los jesuitas?
La respuesta, obviamente, es no; pero ¿cómo justificarla? Si bien los que intentaron responder fueron muchos, me centraré fundamentalmente en uno.
En 1903, Manuel Domínguez –siendo vicepresidente de la República– brindó una conferencia en el Instituto Paraguayo sobre las “Causas del heroísmo paraguayo” para explicar por qué los soldados paraguayos se habían batido con tanto denuedo por los cinco años que duró la guerra.
La base de todo estaba en el mestizaje entre el español y el guaraní. Esta combinación generó una especie de superhombre “superior al invasor como raza y en las energías que derivan de esta causa: en inteligencia natural, en sagacidad, en generosidad, en carácter hospitalario, hasta en estatura que dijo Azara, hasta en lo físico que dijo Thompson, en el número de hombres blancos que digo yo”.
Para Domínguez, este mestizaje se dio en el siglo XVI y, afirma, a la quinta generación se fue haciendo blanco. Es decir, para el siglo XIX la mayoría de la población era blanca. Reconoce, sin embargo, la presencia de “unos pocos hombres de color en el Paraguay y en la guerra su inferioridad en empuje, en resistencia, se puso en evidencia: en los primeros choques se extinguieron”.
INTENCIONALIDAD
Uno puede no compartir, en absoluto, las afirmaciones de Domínguez, pero sí comprender que, en el contexto en que fueron escritas, tenían una intencionalidad clara: construir una identidad frente a los embates de los enemigos. Esto se ve reafirmado cuando en 1911, al celebrarse el centenario de la Independencia, en el prólogo al “Álbum gráfico de la República del Paraguay”, Arsenio López Decoud escribiese que “el pigmento negro no ensombrece nuestra piel”.
Para la llamada generación del 900, la presencia afrodescendiente era dejada de lado y el trompa Cándido Silva era una reliquia del pasado.
Se puede comprender que hace un siglo, al igual que ocurría en países vecinos, se hiciera alarde de la blancura de la población. Lo que no podemos aceptar es que después de tanta investigación hoy se sigan sosteniendo los dichos de Domínguez o López Decoud.
Existe una población que hoy en día se reconoce como afrodescendiente, para quienes es un insulto (¿discriminación?, ¿racismo?) que se le diga en la cara “ustedes no existen”; como también es claro, a pesar de Manuel Domínguez, que el mestizaje no terminó en el siglo XVI, sino que se fue continuando a lo largo de los siglos y no solo entre españoles y guaraníes, sino también con la población afrodescendiente. El paraguayo, al igual que el argentino, el chileno o el uruguayo, también posee una ascendencia africana por más que el racismo estructural (y mental) nos determine a negarla.
Dejanos tu comentario
Collar y el Mito Real en un homenaje en la Argentina
- Fotos: Gentileza
Un homenaje a los 30 años del Mito Real, grupo pictórico que integra nuestro compatriota Enrique Collar, se desarrolló en San Juan, Argentina. Aquí, el artista plástico paraguayo residente en Países Bajos cuenta la experiencia.
Concluye en estos días la exitosa muestra del grupo de artes visuales fundado a mediados de 1993 en Buenos Aires conformado por los pintores Enrique Collar (1964, Paraguay), Carlos Gómez Centurión (1954, San Juan) y Víctor Quiroga, oriundo de Tucumán y fallecido en 2021.
El origen del grupo fue gestado por el maestro argentino Luis Felipe Noé, que coordinó la primera exposición del grupo en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires el 1 de setiembre de 1994 con un gran impacto en el mundo artístico y público general.
A manera de homenaje y recordatorio, la muestra reivindicó a estos tres artistas que “renovaron los enfrentamientos entre vanguardia y tradición desde la construcción de un imaginario regional”, destacó el curador Roberto Amigo.
ATMÓSFERA ESTÉTICA Y CULTURAL
El Mito Real se manifiesta dentro de lo que podemos entender como espacio-oral y descriptivo. Una atmósfera estética y cultural que representa un hecho real o del imaginario colectivo, donde la condición humana, el paisaje, los animales y el mito popular abren posibilidades hacia el misterio, el miedo, el humor, la locura, la muerte, aquellas emociones primarias que heredamos desde el comienzo de nuestra presencia humana en este planeta.
“Lo que descubrí como familiar y punto de encuentro en las pinturas de Víctor Quiroga y Carlos Gómez Centurión cuando el maestro Luis Felipe Noé nos convocara a mediados de 1993 fue el sentido espacial-pictórico de los relatos orales que sobrevolaban nuestros lugares de origen: Paraguay, San Juan y Tucumán. Casi como una necesidad biológica, los tres necesitábamos plasmar en el plano bidimensional la ilusión tridimensional, y lo hacíamos de acuerdo al proceso artístico y ámbito que elegíamos como escenario para crear nuestras imágenes”, señala Collar.
Luego añade que el Espacio Oral siempre estuvo latente en la historia del arte latinoamericano y universal, pero, dentro del escenario del arte argentino, paraguayo y latinoamericano contemporáneo, y de los comienzos de los 90, esta idea estaba inexplorada en las artes visuales.
ESCENARIO
En el caso personal de Collar −migrante paraguayo de lengua materna guaraní y criado en Buenos Aires− en la época pos-Malvinas y regreso de la democracia, con Charly García juntándose con Mercedes Sosa, o la Trova Rosarina con Fito Páez hurgando en la música folclórica del interior.
Fue un excelente momento para repensar la identidad, más aún que el posmodernismo se encontraba en boca de todos. Haberse formado en una escuela de Bellas Artes clásica, sin internet, con libros “amarronados” de los clásicos y en especial Rembrandt; con un Carlos Alonso cuestionado si era más dibujante que pintor; Antonio Berni era el más cercano a lo que el artista buscaba, con una pintura social y experimental. Solo que veía en su obra una tendencia fuerte hacia el arquetipo y el canon, a lo italiano.
También lo grotesco y caricaturesco lo alejaban de su estética, pero es un gigante e inspirador sin dudas.
“Me faltaba el hoy, el jeans, la campera azul con tiras blancas, las remeras con logos y demás cuestiones de lo urbano. Una luz en esta bruma había sido el encuentro con la obra de Hector Giuffré, con quien además tuve la suerte de establecer una larga amistad hasta su fallecimiento en Chicago, donde residió por muchos años. Giuffré y su obra me hablaban de la composición contemporánea, de la luz, de la figuración y el realismo. Yo ya necesitaba pintar Paraguay, retornar a mis primeros años en el pueblo, en ese paisaje de tierra roja y verde pthalo. Y eso hice, a partir de 1989. Trabajar en Buenos Aires desde la memoria, motivado también por la colectividad paraguaya y sus actividades sociales y culturales, nucleada en la sede social de un club de fútbol en el barrio de San Telmo”, relata Collar.
A continuación sigue contando que luego de la caída del Tiranosaurio, trajo su primera producción pictórica al Paraguay, una docena de telas. A los meses una nueva galería realizaría su primera muestra individual en Asunción.
“A partir de aquí solo me dediqué a pintar, a profundizar en mis búsquedas. Pintaba en Buenos Aires y exponía en Asunción, todo iba viento en popa. Mis amigos y colegas de Bellas Artes llegaron a decirme ‘¿qué hacés, Collar, pintando campesinos en Buenos Aires?’. Lógico. En la City todo era sonido a Sumo, Soda Stereo y Ratones Paranoicos, puro rock and roll y urbanidad”, añade.
YUYO NOÉ
En uno de sus viajes a Asunción, Yuyo Noé vio sus pinturas. Sorprendido, se preguntó cómo no lo conocía si él vivía en Buenos Aires. Le dio una cita y fue llegando un día a su casa y le dijo: “Hola, tengo un problema, solo diez minutos, pero pasá, es algo importante que quiero contarte”.
“Fue increíble encontrarme por primera vez con Yuyo y con los dos hermanos de ruta artística y humana que me presentó. Me habló de lo que veía en los tres, de la importancia de conformar un grupo y, sobre todo, la posibilidad de llegar a exponer juntos”, sigue contando.
30 AÑOS
El Mito Real cumple 30 años de creación desde “La luz mala”, título de la primera exposición llevada a cabo en el Centro Cultural Recoleta. El grupo celebra estas tres décadas con la Quinta Exposición del grupo, en el Museo Franklyn Rawson de la provincia de San Juan, con la curaduría de Roberto Amigo. A su vez, será una muestra póstuma de Víctor Quiroga (1955-2021).
“En tres décadas que han pasado de la conformación del grupo, la objetualización del arte se ha recrudecido; de la caja de zapatos, pasamos al vaso de agua o al plátano pegado a la pared con cinta. Es tiempo de reflexionar y confrontar en este contexto aquella mirada, aquellas emociones y pensamientos que nos condujo a vivir la realidad del mito en función del espacio-oral y nuestras propuestas pictóricas”, concluye Collar.
Dejanos tu comentario
3 de noviembre: ¿fecha (in)feliz?
Foto: Salomón Zalazar
En esta entrega de Mito o Realidad, el especialista en derecho procesal penal, historia del Paraguay y didáctica universitaria Rubén Antonio Pasmor analiza la persistencia de la recordación del nacimiento del extinto dictador Alfredo Stroessner como “fecha feliz” por ciertos sectores de la sociedad paraguaya.
Aunque cada vez menos, cada medianoche del 3 de noviembre irrumpe el estruendo de los petardos de los nostálgicos de la dictadura de Alfredo Stroessner. Pese a que han transcurrido más de 30 años de su derrocamiento, esta fecha aún permanece en la memoria colectiva de ciertos sectores de la sociedad paraguaya como evocación celebratoria a una época en la que –aseguran– “eran felices y no lo sabían”, y en la que “se dormía con las ventanas abiertas”.
Esto a pesar de las abundantes denuncias sobre violaciones de los derechos humanos y el exilio que sufrieron miles de paraguayos, entre ellos los más notables, lo que hizo que el pueblo se viera privado de sus mejores referentes, y sufriera un dramático retraso cultural y cívico.
La añoranza al régimen que gobernó el Paraguay desde 1954 a 1989 incluso muchas veces no se basa en el recuerdo de una vivencia real, como es el caso de generaciones de jóvenes e incluso adultos (pues la dictadura cayó hace 35 años) que reivindican la figura de Stroessner aunque no hayan vivido durante ese pretendido periodo de “prosperidad”.
Si bien mayoritariamente urbana o, más precisamente, periurbana, la sociedad paraguaya presenta aún características fuertemente rurales, por lo que resultaría extrapolable el análisis del historiador francés Marc Bloch, quien en su obra “Memoria colectiva. Tradición y costumbre” sostiene que “en las sociedades rurales sucede con frecuencia que, durante el día, mientras el padre y la madre están ocupados en las labores del campo o con las mil tareas del hogar, los niños se quedan al cuidado de los ‘viejos’, y estos son los que les transmiten el legado de cosZalazartumbres y tradiciones de todo tipo, tanto e incluso más que sus padres”.
¿DICTADURA O REPÚBLICA?
La dictadura es definida como “una forma de gobierno en la que el poder se concentra en las manos de un solo individuo, controlando todos los aspectos de la vida del Estado”. Este es un sistema que se institucionaliza en Roma como un recurso reservado a las situaciones de extremo peligro o necesidad carencial. De allí el sentido de la “dictadura comisoria”, como la que se le otorgó a Bolívar, para un propósito –o cometido– determinado y único, y por un breve plazo. En cambio, las dictaduras se ocultan detrás de usuales pantallas: constituciones inútiles, congresos o asambleas aparentes, elecciones fraudulentas o ficticias.
Por otra parte, se habla de república (del latín: “res”, cosa, y publica, “del pueblo”) a partir de la república romana que sucedió al derrocamiento de la monarquía. El sistema republicano romano duró más de cuatrocientos años. Luego, permanece en el limbo histórico hasta el siglo XVIII, cuando resurge, modernamente, con la Revolución francesa. Se caracteriza por la elección regular y universal, por la separación de poderes y por el establecimiento de la democracia y el régimen de libertades públicas.
De estos conceptos resulta que el término dictadura se institucionaliza en Roma y es reservado para situaciones de extremo peligro o necesidad carencial. El gobierno de Stroessner en todo momento intentó mantener una fachada democrática, pues periódicamente se realizaron elecciones, aunque de dudosa transparencia; se otorgó el derecho a voto a las mujeres, se promulgó una nueva Constitución suplantando a la de 1940, todos ellos actos que apuntaban a transmitir la imagen de un gobierno republicano.
El abogado y escritor Helio Vera apunta que “Alfredo Stroessner construyó un sistema político totalmente unipersonal, es decir, una tiranía, a fin de satisfacer sus ambiciones personales de poder, prestigio y dinero que lo motivaron desde siempre y que, gracias a diversas circunstancias históricas y a su ladina perspicacia, lo llevaron al poder político del Estado paraguayo en 1954″.
NEOSULTANISMO
Así, podemos advertir que el gobierno de Stroessner no fue ni una dictadura ni una república, sino un gobierno donde todo el poder se centraba en su figura y todas las instituciones estaban bajo su mando. A pesar de la división aparente de poderes, el poder era ejercido solo por él.
Más técnicamente, el sociólogo Marcial Riquelme sostiene apelando a una categoría weberiana que “si el régimen de Stroessner no era ni totalitario ni burocrático-autoritario, tampoco era simplemente una dictadura tradicional encabezada por un caudillo militar. Su dominación estaba basada en un sistema calculado de recompensas y castigos, que no dejaba nada a la improvisación o la suerte. El orden legal que apuntalaba al régimen podría ser ajustado tanto como sea necesario, en orden a ajustarlo a los deseos discrecionales del jefe de Estado”. Todo esto se hacía disponiendo de los recursos públicos como si fueran propios del mandamás de turno.
En esta misma dirección, Andrew Nickson, catedrático de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Birmingham, en un artículo titulado “El régimen de Stroessner (1954-1989)” acota que “el derrocamiento violento del régimen en 1989 es consistente con la caracterización de Riquelme de ‘neosultanismo’, un tipo de régimen en el que los mecanismos institucionales para la transferencia pacífica del poder se hallan ausentes”.
CULTO A LA PERSONALIDAD
Si bien no era un líder carismático, el gobierno de Stroessner se caracterizó por un fuerte culto a su personalidad. En las canciones y discursos era presentado como un “soldado guaraní”, aunque no hablaba la lengua nativa; valiente en la guerra, aunque en el Chaco no tuvo una actuación destacada; o el elogio a las rutas que surcaban el país, aunque en realidad en 35 años solo encaró dos, inconclusa una de ellas, la Transchaco.
Esta narrativa hace alusión a una era de “paz y progreso” encarnada en la figura del heredero del mariscal Francisco Solano López y se insiste en que su paternal figura cobija a todos los hijos del “nuevo Paraguay”, que incluía solo a los que adherían a él, pues el resto eran los réprobos, al decir del periodista Antonio Pecci.
Por último, es preciso admitir que existe un evidente y creciente malestar hacia la democracia, por lo que ciertos segmentos de la sociedad paraguaya prefieren volver a formas autoritarias de gobierno, aunque ello implique la pérdida de libertades públicas y la violación de los derechos humanos a cambio de un ilusorio mayor estado de bienestar y dormir con las “ventanas abiertas”.