Las metas compatibles entre quienes se proponen alcanzarlas permiten que los implicados se ayuden a lograrlas. La construcción de relaciones armónicas encuentra en la elaboración de objetivos un paso notable para poder desarrollarlas. Es que si en la fijación de los propósitos hay contradicciones es posible que se avecinen vínculos expuestos a obstáculos que eran evitables. La coexistencia de criterios diferentes no impide el entendimiento de las partes, si quienes los esbozan están dispuestos a elaborar alternativas que faciliten la consecución de lo querido.

Las afinidades se descubren cuando los intereses son nobles y pregonan causas que ameritan la búsqueda de coincidencias. Si lo que está en juego es para beneficio de unos y en detrimento de otros, es probable que la situación se torne complicada. Y según el caso y a quienes involucre, la repercusión de las discrepancias puede no tener fin. E incluso mutar y transformarse en un complejo entramado de disparidades cargada de dimes y diretes. Ingresando en este terreno la acritud se halla en su salsa. ¿Y quién puede parar esto? La razón de lo coherente. Lo congruente pide atención y hacia ello hay que virar. El intelecto es capaz de derribar bloques de ignorancia.

Dando paso al mundo del discernimiento se pueden identificar las motivaciones que cada cual tiene. Y si son claras facilitan los vínculos. El tema es cuando son oscuras o difusas y no pueden ser vistas. O cuando los bocetos explicativos son precisos y las intenciones ocultas. En estos casos la cordura exige su presencia y pide que se redoble el esfuerzo en la concentración de los acontecimientos que suceden. La cuestión requiere tiempo. ¿Y quién está dispuesto a detenerse en asuntos antagónicos de raíz? Para responder cada uno podrá pensar sobre lo que vive y lo que le pasa en su vida y en el entorno donde normalmente se vincula con los demás.

De todas formas, y para la generalidad de los hechos, será la voluntad enfocada en las soluciones la que podrá aportar lo esencial para intervenir y dedicarse a destrabar lo que acontece. Podemos preguntarnos si en los espacios donde participamos respondemos con intenciones concretas y transparentes, si aportamos nuestra inteligencia para elaborar ideas que después las materializamos a través de nuestros comportamientos, si generamos acuerdos basados en la creación de diferentes visiones que engloben el conjunto de creencias que las motivan.

Hay que pregonar el valor de los argumentos sólidos, de la serena dación al explicarlos, de la activación de los sentidos al exponerlos. Es el diálogo ameno y respetuoso el que enriquece los ambientes frecuentados por las personas entregadas a la aceptación de las diferencias; dado que a través de ellas son capaces de lograr grandes acercamientos, de generar nuevas bases para vislumbrar juicios concordantes y satisfactores. Decididamente hay maneras de vivir lo que pasa cotidianamente y la vocación hacia la confluencia o la confrontación de pareces sustentados razonablemente ejerce un lugar preponderante en nuestras vidas.

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