• Por Felipe Goroso S.
  • Columnista político

Desde que inició la pandemia del covid-19, los liderazgos del mundo estuvieron en el centro de una tormenta de dimensiones nunca antes vistas. Enormes. Son capitanes de barcos que parecen siempre a punto de naufragar, la verdad es que es una posición que muy pocos se animarían a envidiar. Basta revisar las cifras en lo que hace a fallecidos, internados, de la economía y su íntima conexión con lo social y el consiguiente aumento de la pobreza. Estudios del Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y otras entidades muestran números que parecen capítulos del mejor libro de terror.

Y eso es solo al respecto del presente, si llevamos eso al futuro cercano, es decir, a las proyecciones y pronósticos económicos y sociales directamente dan ganas de leer del libro. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe es el organismo dependiente de la Organización de las Naciones Unidas advirtió que la pandemia podría dejar 35 millones de nuevos pobres en América Latina y la Organización Internacional del Trabajo señala que se destruirán al menos 14 millones de puestos de trabajo. Conste que estas proyecciones son del inicio de la pandemia.

En lo que hace a Paraguay en particular, aquellas primeras medidas de cierre total, que obtuvieron amplios consensos al interior de la población y que fueron reconocidos en el exterior, tenían una base de sustentación muy simple: un sistema de salud que no estaba preparado para resistir los embates de una pandemia que ya había causado estragos en el otro extremo del mundo. Hoy, luego de una administración de crisis que dista mucho de haber sido la ideal, podría ser que estemos por primera vez ante un escenario que llame a cierto optimismo. Ojo, solo podría ser.

Ahora bien, no se puede es plantear instalar un optimismo vano, banal. Un optimismo tan efímero como fuegos artificiales. El Gobierno no tiene margen de maniobra para fallar en su gestión de la pandemia, si tenemos en cuenta la agenda que se está desarrollando en el Senado y sus consecuencias en el corto plazo en sectores económicos caracterizados por generar empleo, probablemente la sanitaria sea la única área que lo sigue sosteniendo. Un nuevo error de gravedad en esa área podría tener consecuencias sociales, económicas y políticas que serían nefastas para esta administración.

Los paraguayos precisamos que la política, esa mala palabra que empieza con p termina con a, nos convoque a una pandemia del optimismo. Un optimismo cargado de contenido, cuyo principal ingrediente sea una gestión de calidad administrada de manera oportuna y conveniente. Esta, probablemente sea la última tabla de salvación que evite un naufragio y nos haga llegar a buen puerto.

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