• Por Aníbal Saucedo Rodas
  • Periodista, docente y político

En algún momento de su existencia, todo ser humano tiene un destello de conciencia. Asume el conocimiento de sí mismo, de su entorno y de sus actos, que es la explicación más simplificada que podrán encontrar en el más elemental de los textos. Nos abre el camino para diferenciar entre lo correcto y lo que está mal, a comprender el error y superarlo, a desmontar las propias y falsas creencias ante la contundencia de la realidad. Pero para que esta transformación opere se precisa de voluntad. No es necesario un tratado de sicología para definirla. La Real Academia se hace entendible para todos: “Capacidad para decidir lo que se desea y lo que no”. Para los más exigentes es “la facultad de tomar una resolución con conocimiento de causa” (Engels).

Me gustaría creer que el presidente de la República tiene conciencia, aunque sea superficial, de lo que ocurre en el país. La lúgubre caravana de más de diez mil muertos por la negligencia de un gobierno improvisado le habrá entrado, aunque sea por los ojos. De ahí a que tenga sensibilidad para condolerse con un pueblo que sufre o la humildad para admitir su estrepitoso (no hay mejor adjetivo) fracaso para enfrentar con eficiencia la lucha contra el covid-19, es otra historia. Partiendo de la suposición de que tiene conciencia de sí mismo, de su entorno y de sus actos, lo que le falta es voluntad para corregirse y corregir el rumbo de su desatinada política. Es ahí donde su soberbia impide el ejercicio de la voluntad. La conciencia, nos refiere la sociología, tiene un valor limitado sin el concepto de la voluntad, que es la que nos impulsa a la acción. Ambas se necesitan mutuamente. Pero el señor Abdo Benítez persiste en vivir en la nebulosa de “seguramente algo hicimos mal”, sin aceptar la certeza de sus errores, criminales ya a estas alturas.

Desinformación (irrebatible ausencia de una estrategia comunicacional de gobierno) e improvisación (incapacidad para formular y articular políticas de contingencia para la batalla contra un enemigo que ya se presagiaba depredador, el covid-19) ensamblan el rostro de un gobierno que, a más de la mitad de su mandato, nunca pudo anticiparse –previsión– a los acontecimientos por falta de carácter y determinación.

La visible carencia de liderazgo, génesis de todos los errores, es fácil corroborar en las contradicciones y desacuerdos dentro del propio Gabinete. Cada ministerio tenía su propia campaña de “concienciación” (totalmente improductiva), pero sin coordinación con el de Tecnologías de la Información y Comunicación (Mitic). Mientras que su titular aseguraba a los medios que hubo error estratégico al priorizar “la tecnología antes que la comunicación”, el mandatario no se detuvo a leer, o no le importó la opinión de su funcionario de confianza, pues, al intentar justificar su debilidad estructural en este campo (que subrayamos desde el inicio de la pandemia), dudó de que el problema –entre otros– sea el de comunicación “porque no creo que haya un paraguayo que no sepa lo que se está viviendo”. El daño causado por la desidia es de diez mil muertos. Se tuvo más de un año y un préstamo de 1.600 millones de dólares –cuyo destino alguna vez habrá de esclarecerse– pero la gente muere por falta de camas en terapia intensiva, desabastecimiento de oxígeno y vacunas que llegan a cuentagotas. Y si la franja que debe vacunarse no lo hace masivamente es porque el imaginario popular empezó a ocupar el vacío que dejó la falta de una estrategia comunicacional de gobierno. El gran trabajo que tienen por delante los nuevos encargados de esta dependencia del Estado es que el presidente ponga pies en tierra, acepte la realidad y asuma su responsabilidad. De lo contrario habrán fracasado antes de empezar.

La escritura sencilla es una tentación para la lectura. Es la manzana que provoca a abrir las páginas de un libro. David Runciman, y su “Política”, ostentan esa rara habilidad, sobre todo por su “prosa conversacional en el sentido elegante del término” (Los Ángeles Review of Books). Para él, con mucha frecuencia, “los políticos parecen saber poco del mundo que les toca gobernar”, pero “son muy duchos en determinadas tareas, como ganar elecciones, manipular a la prensa, forjar coaliciones, maquinar contra sus rivales y apuñalarse por la espalda: la caja de herramientas maquiavélicas al completo, desprovista de su cosmovisión”. Considerando que este profesor de Cambridge esta realizando un relato general, pareciera que nos conoce muy bien.

Y nos deja una sensación de nostalgia y frustración cuando asegura que “en la antigua Grecia, la política debía ser un ejercicio de sabiduría, porque ella (la política) se ocupa de la vida misma”. Aquí, el presidente no se ocupa de la vida ni le preocupan los muertos. Ni muestra real interés para evitar que la gente siga muriendo. Por esta vez no hay “buen provecho”. Y tengo la sospecha de que tampoco habrá perdón.

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