Argentina, para la semana que se inicia, podría resumirse así: el avance de la pandemia y la falta de vacunas; las tensiones políticas con graves situaciones de falta de liderazgo que exhibe el presidente Alberto Fernández para conducir a la coalición de gobierno; la debacle de la economía con el debilitamiento –insistentemente negado por voceros gubernamentales– del ministro de Hacienda, Martín Guzmán; y, la plena vigencia del federalismo. Pero, vamos por partes. Argentina, como muchos otros países, tiene bajo stock de vacunas para amortiguar el avance de la llamada “segunda ola” del coronavirus, la pandemia que estruja a la Aldea Global.

La República Popular China, por ejemplo, ya informó oficialmente que dejará de enviar sus compuestos temporalmente. La razón, según pudo establecer este corresponsal en diálogos telefónicos con Beijing es que, “para celebrar los 100 años del Partido Comunista Chino, el gobierno del presidente Xi Jinping quiere vacunar a la totalidad de su población y, en consecuencia, priorizará la demanda interna” de vacunas. Los números de la pandemia son contundentes. Personas contagiadas en el mundo, poco más de 152 millones; recuperadas, cerca de 100 millones; fallecidas, aproximadamente 3,5 millones. En la Argentina, infectadas, 2,9 millones; recuperadas, 2,7 millones; fallecidas, poco más de 64 mil.

Vacunadas en el mundo: aproximadamente 600 millones con una dosis; cerca de 280 millones, con las dos inoculaciones. Población global: unos 7.500 millones. En este país, con una inoculación, poco más de 7 millones. Con dos aplicaciones, casi 1 millón de personas. Población estimada: 46 millones. Claramente, las inoculaciones son insuficientes en orden a la alta demanda de vacunas que exige la emergencia. Aquí y, en casi todas partes, con algunas excepciones –como son los casos puntuales de Israel o Arabia Saudita, por mencionar solo dos países, aunque no son muchos más– porque, claramente, la pandemia de SARS-COV-2, va por delante de la capacidad de respuesta del sistema de salud global.

Sin embargo, cuando el trabajo para mitigar los efectos pandémicos y sus resultados se aplica como herramienta de marketing político, las consecuencias no son las mejores y, como un boomerang, vuelven negativamente a los gobiernos que así actúan. Especialmente cuando –como sucede en la Argentina– en los días más recientes, la cantidad de fallecidos por covid-19, pueden equipararse cuantitativamente a la cantidad de decesos anuales, en tiempos normales, de pacientes con patologías oncológicas y cardiológicas. Aun consciente de que lo cuantitativo siempre, para que cobre verdadero valor, debe ser acompañado de reportes cualitativos, no dejan de ser datos duros que orientan al momento de cuantificar la tragedia.

Las comparaciones entre países no son demasiado recomendables. Sin embargo, aquí, se menciona con una insistencia incomprensible –por las características particulares que tiene cada nación– que las estadísticas locales pueden compararse con las de la India. Poco aportan esos datos que, pese a ser totalmente ciertos, son comparativos de dos sociedades notablemente diferentes. Comparaciones inútiles que poco aportan. De la misma forma que el estallido de expertos y expertas que –sin poner en duda sus capacidades– con miradas y parámetros de análisis diferentes, suelen agregar tensiones a la tragedia a la vez que aportan poco o nada al conocimiento general para un más eficiente manejo de la crisis.

¿Es razonable sumar dramaticidad a una sociedad angustiada que procura respuestas y algo de calma para no pensar en morir? Algunas prácticas comunicacionales que tienden a construir sensación de miedo o pánico sociales –tanto de emisores públicos como privados– tal vez, haya que revisarlas. En lo que concierne a liderazgo de Allberto F. –tal vez por falta o fallas en la comunicación gubernamental– emerge la imposibilidad del ministro de Hacienda, Martín Guzmán, para despedir al subsecretario de Energía, Federico Basualdo que dispuso, sin que este funcionario de tercera línea abandonara su cargo. Según coincidentes portavoces oficiales que –como suele suceder exigen reserva de sus identidades– Basualdo le hizo saber a Guzmán, a través del jefe de Gabinete de Hacienda, Darío Martínez, quien le informó de la decisión del ministro, que a él lo nombró la vicepresidenta Cristina Fernández y que “no” se irá del cargo si ella no se lo indica.

La situación se hizo pública pero, hasta este primer día hábil de la semana, no se ha resuelto. Guzmán dejó trascender que el despido de Basualdo, “está hablado con el Presidente”. Incomprensible. La imagen presidencial se deteriora. Todas las encuestas lo indican con insistencia. El último punto de los que incluye este panorama –el federalismo y su vigencia– emerge a partir de la poca o, más exactamente mínima, voluntad social, primero y, de los gobernadores, en línea con aquella, para hacer cumplir los decretos de necesidad y urgencia (DNUs) que emite el jefe de Estado para conducir la emergencia sanitaria. De hecho, el jueves próximo, el gobierno nacional deberá presentarse ante la Corte Suprema de Justicia de la Nación junto con el de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), que lidera el opositor Horacio Rodríguez Larreta, que rechaza lo que él entiende que es la intromisión “inconstitucional” en la autonomía de porteña al ordenar –a través de un decreto presidencial– la suspensión de las clases en los establecimientos educativos de ese distrito.

Todo indica que la autonomía de la CABA podría ser respaldada con un fallo de la Corte. Ante ello, el presidente Fernández, formalmente, anunció que enviará al Congreso Nacional un proyecto de ley para que sus decisiones tengan respaldo legal y no puedan ser evitadas por los gobernadores. De lograr que se apruebe esa iniciativa y que luego no sea declarada inconstitucional, el gobierno nacional podrá avanzar sobre el federalismo. No sería bueno que ello ocurra, desde una perspectiva que tenga a la vista los derechos humanos dentro de un Estado Democrático de Derecho.

Por si estas evidencias de posible debilitamiento del sistema institucional no fuera suficientes, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, desde las últimas semanas, en cada conferencia de prensa que ofrece para reseñar el estado de su distrito, señala la responsabilidad total de la CABA en la circulación imparable de la segunda ola de la pandemia. Complejo e incomprensible intento de construir la xenofobia interior. “Es necesario calmar los espíritus”, dijo a este corresponsal, preocupado, un veterano dirigente peronista quien recordó que “Perón, nos enseñó que para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”.

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