DE LA CABEZA

  • Por el Dr. Miguel Ángel Velázquez
  • Dr. Mime

¿Cuántas veces nos hemos entretenido viendo animales gigantescos en las nubes del cielo? ¿O nos ha parecido que una mancha de humedad adopta ciertas formas incluso hasta místicas o terroríficas? No es magia ni brujería. Esta capacidad del ser humano de reconocer figuras animadas en objetos inanimados se llama pareidolia. Desde hace años, los investigadores analizan este fenómeno, que va más allá en el caso de la identificación de caras: una cerradura o una voluta de humo de una quemazón o un incendio.

Pero, ¿qué mecanismos se activan para que no solo “leamos” caras, sino también supuestos sentimientos? Un nuevo estudio, publicado por la Universidad de Nueva Gales del Sur (UNSW) en la revista “Psychological Science”, ha demostrado que procesamos estas caras “falsas” de la misma manera que lo hacemos con los rostros reales, y no solo parecen caras, sino que incluso pueden transmitir un sentido de personalidad o significado social: pueden mirarte o incluso sonreír. Pero, ¿por qué se produce la pareidolia facial? Sencillo: si bien todos los rostros humanos tienen diferencias, también comparten características comunes, como la disposición espacial de los ojos y la boca. Este patrón básico de características que define el rostro humano es algo con lo que nuestro cerebro está particularmente familiarizado, y es probable que atraiga nuestra atención sobre los objetos de pareidolia.

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Pero esta percepción no se limita solo a percibir una cara, también necesitamos reconocer quién es esa persona y leer la información de su rostro, como por ejemplo si nos presta atención, está feliz o molesto. En el proceso intervienen partes de nuestro cerebro que están especializadas en extraer este tipo de información. Existe evidencia de que esto refleja una especie de proceso de habituación en el cerebro, donde las células involucradas en la detección de la dirección de la mirada cambian su sensibilidad cuando estamos expuestos repetidamente a rostros con una dirección particular de hacia donde se mire. Por ende, la pareidolia facial es una especie de ilusión visual. Sabemos que el objeto en realidad no tiene mente, pero no podemos evitar verlo con características mentales como una “dirección de la mirada” debido a mecanismos en nuestro sistema visual que se activan cuando detectan un objeto con características básicas similares a caras.

Pero, ¿para qué sirve este fenómeno? La pareidolia facial es producto de nuestra evolución. De hecho, los estudios han observado el fenómeno entre los monos, lo que sugiere que la función cerebral se ha heredado de los primates. Nuestro cerebro ha evolucionado para facilitar la interacción social, y esto influye en la forma en que vemos el mundo que nos rodea. Existe una ventaja evolutiva en ser realmente bueno o realmente eficiente en la detección de rostros; es importante para nosotros socialmente. También es relevante para detectar depredadores. Pero se observa que hemos evolucionado para ser tan buenos en la detección de caras que esto puede generar falsos positivos, como cuando ves caras que realmente no están allí. Sin embargo, es mejor tener un sistema demasiado sensible que uno que no lo sea.

Más allá de conocer cómo funciona nuestro cerebro en este tipo de fenómenos, los investigadores apuntan a que este hecho podría ayudarnos a comprender mejor algunos trastornos cognitivos relacionados con el reconocimiento facial, como en algunos casos de prosopagnosia facial o del espectro autista. Por ello, el objetivo a largo plazo del estudio de fenómenos como la pareidolia es el comprender cómo pueden surgir las dificultades en la percepción del rostro y el funcionamiento social cotidiano... búsquedas del funcionamiento de nuestro cerebro que nos tienen, sábado a sábado, DE LA CABEZA. Nos leemos la semana que viene.

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