EL PODER DE LA CONCIENCIA

Cuando en el siglo XX las personas bosquejaban cómo sería el futuro, los cómics y Hollywood alentaban la imaginación mediante revistas y series de dibujos animados o películas, como “Flash Gordon” (1934), “Los Supersónicos” (1962) o lo más “reciente”, “Star Wars” (1977).

Hablar del año 2000 era una utopía, la carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética hacía que la gente pensase en colonizar planetas, viajar por el universo o tener en la Tierra una casa en la punta de un mástil a la que se accedía en autos voladores con grandes cabinas de cristal y tuvieran robots que fueran fieles sirvientes, amigos y consejeros.

Las calles eran infinitas veredas móviles con las cuales el ciudadano ni siquiera necesitaba caminar, los alimentos eran pastillas que al introducirlas en un microondas se transformaban en un delicioso manjar y la comunicación ya no se realizaba con teléfonos de línea fija ni telégrafo, sino con dispositivos con pantallas que permitían ver al interlocutor. Las supercomputadoras eran armarios en los que giraban cintas como las de los estudios de grabación y los viajeros hasta eran capaces de atravesar la línea del tiempo y de llegar tanto al tan temido (y de moda) pos-Apocalipsis o desafiar a los dinosaurios del pasado.

Hasta finalizar la segunda década del siglo XXI esas hermosas e inocentes ilusiones acabaron de golpe. Desde China anunciaron que un extraño virus que ni siquiera tenía nombre se había escapado de una sopa de murciélagos y el verdadero Apocalipsis se hizo presente.

En apenas un año y monedas ese bichito ahora conocido como covid-19 ya mató a más de 2,5 millones de personas, destrozó la economía mundial y confinó a la población del planeta.

Nada que ver con la idea del siglo anterior de viajar por los planetas; hoy no se puede salir de la casa, o por lo menos, sin arriesgarse a contagiarse y morir asfixiado en un concierto de hospitales abarrotados. Lo único que “funcionó” de toda esa romántica idea tecnológica del siglo pasado fueron los celulares, pero en Paraguay ni eso sale bien.

Todo está de cabeza para abajo. Todo ha cambiado. Los relojes marcadores son obsoletos, puesto que los empleados hoy trabajan desde la casa. Eso no lo habían previsto los “viejos” del siglo XX, cuando la presencia física en la oficina era sinónimo de mayor productividad, una idea anacrónica que en la actualidad ha perdido toda fuerza.

En lo posible, las personas prefieren no salir de la casa y hacen sus tareas y compras desde el celular o la computadora; tanto las provistas del súper como los pagos se hacen online. Según un informe de Bancard, en enero de este año se cerró con un volumen mayor a 100.000 transacciones de e-commerce; es decir, tres veces más transacciones con comercios electrónicos de lo que las personas concretaron en el 2019. Los pagos digitales a través de Infonet aumentaron de 1.592.258 en el 2019 a 3.883.179 en el 2020, lo que implica una variación de 144%.

Traducido en dinero, en el 2019 la cantidad en pagos fue de 559.278 millones de guaraníes en contrapartida de los 1.475.748 millones del 2020 (G. 1,4 billones), que representa un aumento de 164%.

Esta tendencia podría ir en aumento... o tal vez no si no tomamos conciencia de encontrar una solución a dos problemas que en esta época son inconcebibles: en Paraguay todavía se corta la provisión de energía eléctrica cuando llueve, cuando no llueve, cuando hace frío, cuando hace calor y al final sin ningún motivo también. El segundo problema es que la señal de internet también se corta más de lo debido y cuando se llama para reclamar una amable voz anuncia que ya saben que hay un problema en la zona y que tiempo estimado para la reparación de la avería es ¡de 4 horas!

Ni uno ni otro piden disculpas por los “daños colaterales”. No hay descuentos; por el contrario, una persona que debe trabajar, sale a las disparadas con su computadora a cuestas buscando un enchufe o una señal que le pueda salvar. Eso representa gastos, incomodidad, retraso, pérdida de tiempo y estrés. Al menos deberían contar con generadores o baterías para “aguantar” esas 4 horas de falta de provisión del servicio.

Eso en el plano laboral, ni imaginemos que se vaya “la luz” ahora que comienzan las clases, ¿cuántos maestros darán clases “al vacío” sin saber que los alumnos no pueden recibirlos, o por el contrario, cuántos alumnos quedarán sin el aprendizaje del día o tareas si es el maestro el que se queda a “oscuras”? No queremos ni pensar en las funestas consecuencias que podría acarrear para los pobres congresistas si quedaran un solo día sin sesión a causa de un corte.

¿Cuánto dinero pierden los comercios cuando quedan “fuera del sistema”? ¿Cuántos pagos se dejan de realizar cuando el cajero automático anuncia que no funciona? ¿Cuántas ventas pierden los supermercados o las tiendas, o los motodelivery, que quedan sin trabajo porque no hay pedidos?

Es hora de que los responsables tomen conciencia de que estamos en otro siglo y que las cosas se manejan de manera diferente. Más en esta era del covid, en la que salir corriendo por un corte de energía/señal buscando cumplir con el deber puede llevarnos a un sitio contaminado donde esté acechando agazapado el virus mortal.

Nuestros héroes Flash Gordon o Luke Skywalker no se salvarían del covid-19, pero sí Darth Vader, quien con su máscara protectora, aunque con dificultad, seguiría respirando. El romanticismo tecnológico acabó, pero no dejemos que venza el lado oscuro.

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