• Por Felipe Goroso S.
  • Columnista

En Paraguay, pocos temas son abordados con tanta hipocresía como la situación penitenciaria. No genera popularidad ni mucho menos votos. Sectores de la sociedad asumen (en voz baja, como corresponde) que los reclusos deben estar “nomás ahí”, mucho ya es con que sigan existiendo.

Lo que se vio esta semana en Tacumbú es apenas una muestra de lo que en realidad pasa todos los días dentro de los lugares de reclusión. En el alcoholismo o la drogadicción dicen que la rehabilitación es un día a la vez, en las penitenciarías, mantenerse con vida es una hora a la vez. Cada hora que se sigue vivo o sin sufrir una lesión se festeja.

Y si a los elementos hartamente conocidos como el hacinamiento, la falta de inversión, los problemas de salud, se le suma nuestra vieja amiga, la politiquería, el rostro menos favorecido de la política; estamos ante la peor de las mezclas. La política penitenciaria precisa un enfoque de proceso, asumiendo que llevará tiempo, pero para eso precisa iniciarse y es en la ruta en la que se está desde el gobierno anterior y la administración actual liderada por Cecilia Pérez, con una interrupción en el medio por la que hasta ahora se están pagando facturas.

Sobre este motín en particular, el traslado a otro lugar de reclusión de quien aparentemente era un elemento importante en el esquema interno de distribución de drogas es real. Esa fue la gota que colmó el vaso. Ahora bien, es imposible no tener en cuenta que se da justo en medio de una guerra subterránea que se está dando por controlar el poder de todo lo que hace al Ministerio de Justicia. Es más, raramente esto se hace público; sin embargo, en este caso actores protagónicos no tuvieron problemas en admitir que a pesar de ser una cartera que genera muchos problemas y en la que se precisa extrema creatividad, es codiciada por un par de sectores. Queda en cada uno imaginar por qué y sobre todo para qué.

La forma en que se resolvió la crisis o, al menos, se contuvo una que podría haber sido mucho peor, posiciona fuertemente el liderazgo actual al frente del Ministerio de Justicia. Lo que fue pensado para amedrentar y medrar, terminó siendo un elemento de fortalecimiento.

Sin embargo, nuestra vieja amiga la politiquería sigue rondando a la cartera de Justicia cual yryvu hambriento. La mejor manera de espantarlo definitivamente es que se imponga esa mala palabra que empieza con p y termina con a, la política. La de verdad.

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