• Por Mario Ramos Reyes
  • Filosofo político

El estudiante era alto, con voz ronca, talentoso, apasionado como pocos en este tiempo de apatía. –No se debe imponer a otros lo que uno piensa– me dijo. Y, agregó, –eso sería no solamente torcer el pensamiento ajeno, forzarlo a que piense como uno. ¿Es acaso eso socrático? – termina preguntando, retóricamente. Los otros alumnos, asintiendo, mostraban que se había hincado en un tema crucial.

Claro, –le aseguré. Es la libertad –agregué–. Enseñar filosofía no es en vano después de todo –me dije a mí mismo–. Y añadí: libertad es el gozne de una democracia liberal: el respeto del pluralismo. Y nadie como John Rawls, el filósofo americano, ha defendido ese pluralismo desde la segunda mitad del siglo veinte. Basta releer su Teoría de Justicia, 1971; y, ampliadas en su Liberalismo Político, de 1993. La vigencia de Rawls es hoy palpable. La nueva administración del presidente Biden, con su deseo de unidad e invocación al pluralismo, no hace sino reiterar ese deseo del filósofo de Harvard.

Rawls, fallecido en 2002, fue un liberal. Pero de una veta menos rígida de aquel liberalismo individualista de tradición escocesa. Su propuesta estipula una justicia garantizada por el Estado constitucional en donde, una pluralidad de propuestas, libremente, puedan participar, siempre que esgriman una razón pública. Será un régimen de justica como equidad. Esa, por lo menos, fue su intención. El ralwsianismo afirmará así no solo derechos positivos, de ayuda del Estado, si no que cuestionará algunos aspectos de los derechos negativos libertarios. En eso, creo yo, radica una paradoja que se manifiesta en tres propuestas. Paradojas como la de realidades que encierran una contradicción en sí mismas. Es que Rawls parece sugerir que, precisamente, en un régimen que busca la equidad y donde la persona es un fin y no un medio, no parece haber lugar para todas las personas. Veamos dichas incongruencias.

Primera paradoja: autonomía sin cultura

La democracia actual es plural. Y es obvio: diversas concepciones del mundo, opuestas entre sí, llenan el contenido de las democracias. La meta es acomodarlas, evitando la exclusión. ¿Cómo hacerlo? Rawls rechaza hacerlo desde su visión particular, pues, esto sería imponer su enfoque ideológico. Se debe, más bien, hacerlo desde una política liberal compartida. Fácil es advertir que Rawls se refería a su país. Este sería un Estado moderno, democrático y pluralista, generado por una razón pública que comparta cierto consenso o unidad, o lo que él llamaba un “consenso superpuesto.” Así, el acuerdo no será impuesto por una ideología particular sobre lo que debía ser una sociedad, sino en base a principios de libertad e igualdad.

Esos principios serían fundantes, originales, para Rawls. Principios queridos por todos, aún sin conocernos unos a otros, incluso encubiertos en un “velo de ignorancia” – nos asegura. Así, insiste, lograríamos ese “consenso superpuesto,” una visión del ciudadano como individuo autónomo, racionalista, que decide por sí mismo, libre, en igualdad, y nadie más. Pero, aquí surge la pregunta: ¿es esa, la única visión del ciudadano en una sociedad plural? La respuesta es negativa. He ahí la primera paradoja: la sociedad plural ralwsiana excluye del “consenso superpuesto” a nociones de la persona donde lo primario sea la cultura, la sociabilidad o la familia. Ola patria. Apuesta por el individuo “desnudo” de tradiciones, global.

Segunda paradoja: exclusión de la racionalidad “religiosa”

El pluralismo de Rawls afirma no excluir. No considera a nadie ciudadano de segunda categoría. ¿Qué hacer, entonces, con una persona que esgrime una doctrina religiosa? ¿O que cree en los dogmas de una Iglesia? La réplica rawlsiana es clara: se permitirá en tanto en cuanto use una razón pública para argumentar. Las razones públicas son las que todos creemos con sinceridad y donde los demás las podrían aceptar razonablemente. Claro, por razonable, Rawls asume que la posición “original” habla de una razón afín al secularismo, cientismo, empirismo. Es el estándar. De hecho, pretende que las creencias religiosas pertenecen a una categoría diferente de racionalidad, suponiendo que las mismas no poseen el rigor comparadas con las creencias de una teoría política liberal.

Pero hay más. ¿Será permitido, entonces, formar parte de ese pluralismo razonable, cuando se pertenece a una comunidad religiosa cuya noción de racionalidad no encaja la pauta racionalista del “consenso superpuesto”? Esto introduce a la segunda paradoja: el pluralismo ralwsiano excluye a los que afirman que existe una racionalidad sapiencial, de valores, de la vida buena. ¿Qué entraña esto? Que los que poseen otro modo de entender la realidad, que no se reduzca estrictamente a lo material, estarán excluidos. Una visión integral del bien y de la sociedad como tal, es inadmisible. Sería ideológica y sectaria. Sólo cabrán ciudadanos autónomos, racionalistas, globales.

Tercer aspecto: ciudadanos democráticos “operativos”

Sigamos con el pluralismo. Para una sociedad política estable, los ciudadanos que defienden diversas doctrinas integrales, (como todos lo hacemos), deben convivir de acuerdo con principios de justicia política. Son los principios fundamentales como la libertad, la igualdad de oportunidades y la distribución justa de los beneficios. Esa es la promesa del “consenso superpuesto” de Rawls: un compromiso general de cooperación entre ciudadanos, incluso entre aquellos que defienden doctrinas integrales alternativas, pero, siempre y cuando, no se propongan estas como normativas.

Pero, llamativamente, la promesa de inclusión de oportunidades y distribución justa sobre todo a los más débiles, ignora el debate sobre los más vulnerables. Rawls ignora el debate sobre el aborto. ¿Es el feto un ser humano? Rawls argumenta que en un debate así, sería imposible saber si el feto es ser humano o no es, e introduciría, además, una doctrina ideológica sectaria en contra y otra a favor ¿Opción? Dejar abierta la decisión a cada uno. Pero, he aquí que surge la tercera paradoja: en ausencia de una decisión sobre esta cuestión, ¿no se estaría afirmando una visión determinada, ideológica, secularista?

Me temo que sí. Es el resultado de las paradojas de Rawls: el ciudadano individualista y sin cultura, racionalista y arreligioso, ambiguo respecto al derecho fundamental de la vida, es el liberal-democrático. Es el nuevo ciudadano global operativo al interior de las democracias procedimentales que se recrea a sí mismo vía tecnología en este siglo veintiuno. ¿Fue esa la intención de Rawls? No lo creo –aseguré finalmente a mis estudiantes–. Rawls tenía un fondo humanista que apunta a los desposeídos. Por supuesto, cada uno, debe verificar todo esto que afirmo por sí mismo. Pero, como ocurre casi siempre en filosofía, no son las intenciones las que cuentan, son las ideas, y, cuando éstas no miran a todos los factores de la realidad histórica, los resultados no son muy felices.

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