Por Aníbal Saucedo Rodas

Periodista, docente y político

Es difícil encuadrar para el análisis los discursos del presidente de la República. No es solamente un problema de interpretación semántica. No es únicamente una deslucida sintaxis, un drama que nos afecta a muchos (me incluyo). La cuestión es mucho más grave porque no logra comunicar expresiones decodificables. Es un claro caso de desconexión entre la estructura lingüística y el contexto sociocultural. Un buen orador consigue, a través de figuras, que su auditorio “vea” mentalmente de lo que está hablando. En este caso específico se pretende mostrarnos, a través de la palabra hablada, algo que solo el jefe de Estado y su entorno pueden ver. El realismo puede ser mágico en el arte y la literatura –transformar lo irreal en algo cotidiano–, pero no para transmitir mensajes que deben ir necesariamente asociados a una situación concreta, situación que no desaparece, como una ilusión, al cerrar un libro, sino que sangra como una herida abierta en la acuciante necesidad de nuestra gente.

Para enriquecer su galimatías ahora introduce el tema religioso. Pero la visión teológica del Presidente también es indescifrable. Si no es falsa es indiscutiblemente rara. Invoca a Dios y cita a la Biblia, pero defiende y ampara a los corruptos. No a sospechados de corruptos. A los demostradamente corruptos. Tardaron una eternidad para que dejaran sus cargos y ni siquiera por la vía de la destitución, sino de la “decorosa” renuncia. Debería profundizar el señor Mario Abdo Benítez las enseñanzas de Jesucristo y no dejarse guiar por quienes las utilizan para su propia conveniencia mientras sacan provecho del Tesoro Público. Corintios 5:11 (versión Reina-Valera) puede darle un poco de luz: “(…) No os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comais”. Si fuera estrictamente fiel a la Palabra podría quedarse sin Gabinete y sin colaboradores. Por eso, su papel aquí es el del César. Mas, no debe olvidar, que “el que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está con él” (1 Juan 2:4).

Ahora afirma que “Dios tanto me malcría que me puso dos años difíciles”. Qué manera inexplicable de corresponder a ese consentimiento divino, castigando a la sociedad con ineficacia, corrupción y pobreza. Si lo que intentó explicar es que estos dos años le ayudaron a templar su carácter, a contener su soberbia y a racionar su ira, ese ser superior fracasó. No recuerdo un solo acto en que no condene a sus críticos y se congratule a sí mismo de sus obras, que todavía no fueron expuestas de manera medible y auditable: “Alábete el extraño, y no tu propia boca; el ajeno, y no los labios tuyos” (Proverbios 27:2).

Suponiendo que todo lo Creado es obra del Creador, podemos atribuirle la pandemia y no al resultado del libre albedrío de los hombres. Entonces tendría algo de razón lo de “malcriar”. Porque sería Dios el que le otorgó tiempo extra, minutos adicionales, balón de oxígeno, una segunda oportunidad para enmendar su desastrosa gestión del año anterior. Sin embargo, en plena crisis sanitaria se avizoró el más repudiable acto criminal, alimentado de la desgracia del pueblo. La corrupción, antes que dar un paso atrás, dio un salto gigantesco burlándose del sufrimiento de las familias más humildes.

En cuanto al año anterior a la pandemia, no se ve la intervención de una mano divina. Más bien se observa la incompetencia maligna de un equipo económico absolutamente inepto, encabezado por el propio hermano del mandatario, Benigno López, uno de los personajes más resistidos de esta administración y que se pasó desparramando arrogancia y prepotencia desde el Ministerio de Hacienda. El crecimiento, al cerrar el año 2019, fue de cero (0). Argumentando sequías, incendios, inundaciones y crisis regional, el Gobierno consiguió que un solidario (o generoso) Congreso de la Nación autorizara excepcionalmente que el déficit fiscal llegue al tope del 3% del Producto Interno Bruto, estimado en cifras en 1.200 millones de dólares. Y postergamos para otros artículos los 1.600 millones de dólares con que endeudó al país, con un destino que aún navega en la nebulosa de lo desconocido.

¿La nula comunicación es una cuestión de asesores? Puede ser. Están los que saben y tienen carácter para comunicarle a un jefe de Estado lo que debe ser comunicado. Están los que creen saberlo todo, pero solo conocen el repertorio que ellos mismos se encargaron de malgastar hasta el hastío. Y están los que asesoran exactamente lo que el Presidente quiere escuchar. Por otro lado, puede que el asesorado no escuche a quienes le aconsejan. O, tal vez, no tenga la necesaria voluntad para aprender lo que le recomiendan.

Por último, lo único claro que el Presidente comunicó hasta ahora es que aspira a dejar el cargo bajo una salva de aplausos. Por de pronto ya tiene para la posteridad su obra emblemática: un adefesio que costó a los contribuyentes dos millones de dólares.

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