Por Carlos Mariano Nin

Desde hace años, la verdad no recuerdo cuantos, pero sé que son muchos, los científicos vienen advirtiendo que la mano del hombre en el medio ambiente estaba deteriorando rápidamente el planeta.

El año pasado una coalición internacional de 11.000 científicos de 153 países, si leíste bien, 11 mil, publicaban una declaración en la que advertían, una vez más, de que un “incalculable sufrimiento humano” motivado por el cambio climático será inevitable si no se realizan cambios profundos y duraderos que reduzcan las emisiones de efecto invernadero.

Los firmantes sostenían entonces que se tomaron muy pocas medidas para frenar el cambio climático, pese a que el consenso científico sobre esta amenaza estaba bien establecido, y aportaban datos sobre los principales indicadores climáticos de los últimos 40 años, desde la Primera Conferencia Mundial sobre el Clima, celebrada en Ginebra en 1979.

Pero a pesar de 40 años de negociaciones mundiales importantes, el mundo siguió haciendo negocios como de costumbre y no logró abordar esta crisis.

Y entonces, las grandes sequías en África, mares y arroyos contaminados, incendios forestales y deforestación, mucha deforestación, cruel deforestación, vuelven a recordarnos la fragilidad de una humanidad sin rumbo. Con ello, la extinción de especies se extiende a un ritmo tan acelerado como peligroso.

Por obra del hombre, en solo un año desaparecen especies que hubiéramos perdido en 100 años.

No somos una isla floreciendo inmunes en medio del océano. La realidad está acá y nos da de frente en el rostro.

Paraguay siempre se sintió como un paraíso en un mundo en caos. Los problemas estaban afuera y las catástrofes solo en la TV. Pero con el tiempo nos dimos cuenta que la ambición nos integró a ese lejano mundo en descomposición acelerada.

Un informe de este diario en el mes de junio del presente año indicaba que con 6 millones de hectáreas deforestadas entre el 2001 y el 2019, Paraguay es el segundo país que más cobertura arbórea perdió en la región sudamericana, después de Brasil, según el sistema satelital Global Forest Watch (GFW). A pesar de tener menos superficie, nuestro país supera en cantidad de áreas destruidas a naciones como Argentina, Perú o Colombia.

Quizás no tenga mucha relación, pero el calor de los últimos años se vuelve más insoportable con el correr del tiempo y las tormentas son cada vez más dañinas.

Lo sentimos con fuerza este fin de semana.

El fenómeno fue violento. Muchas personas quedaron damnificadas y los daños se cuentan por millones.

Solo en la Ande, lo que nos afecta y nos castiga, 102 alimentadores de 23.000 voltios quedaron fuera de servicio. Miles de personas quedaron sin energía en medio de la tormenta y aún después.

Es sin dudas una llamada de atención sobre la situación global de los efectos del cambio climático (y, claro, de la inutilidad de nuestras autoridades, incapaces de prevenir lo predecible).

No estamos dimensionando el problema, pero el impacto de las heridas a la naturaleza seguirá golpeándonos con fuerza. No solo en la economía, lo hará en nuestra forma de vivir para sobrevivir… No habrá sálvese quien pueda, o más vale cobarde vivo, porque a todos nos va a alcanzar el mismo final.

No lo digo yo. Lo dicen todo el tiempo los científicos, esos que parecen locos y nadie les da bola.

Pero está sucediendo y el ritmo es vertiginoso. Claro, esa es… otra historia.

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