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Los rebeldes defienden a sangre y fuego la fortaleza más célebre de Siria

Protegidos por la oscuridad de la noche, cinco rebeldes sirios suben montados en tres motos por el camino que lleva al Crac de los Caballeros, una fortaleza del tiempo de las cruzadas que defienden a sangre y fuego contra el ejército de Bashar Al Asad. Por Djilali Bealid (AFP)
Jueves, 5 JUL 2012 - 08:36  |  
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La subida va acompañada del ruido de las explosiones, en una carretera llena de agujeros que los tanques y la artillería bombardean sin cesar.

Se trata de la primera vez, desde que empezó la revuelta contra el régimen de Asad hace casis 16 meses, que un periodista consigue acceder a esta zona de la provincia de Homs, en el centro de Siria.

Para llegar hasta aquí hay que sortear tres controles del ejército sirio que asedia la región y varios pueblos alauitas favorables al régimen situados cerca de la fortaleza.

"Sólo tenemos armas ligeras pero hacemos todo lo posible para proteger la ciudadela. Este patrimonio histórico es la propiedad de todos los sirios", explica Jodr, un estudiante de 22 años que lleva un fusil kalashnikov.

"Al régimen le da completamente igual la protección de esta zona histórica. Atacan continuamente la ciudadela y nuestro deber es protegerla", explica otro combatiente vestido de civil que vigila la muralla y enseña un resto de obús todavía humeante.

El Crac de los Caballeros, situado en lo alto de una colina de flancos abruptos, es un castillo construido en el año 1031 por los abasíes, pero fue Tancredo, el regente de Antioquia, el que se amparó de él en 1110 durante la primera cruzada.

En el año 1142 fue cedido a la Orden de los Hospitalarios, que construyó varios edificios defensivos, y fue también en esa época en la que recibió el nombre de Crac de los Caballeros.

Saladino, a pesar de sus victorias contra los cruzados, nunca pudo ampararse del fuerte hasta que en 1271 lo consiguieron los mamelucos.

Hace un año, los habitantes sunitas diseminados en la zona se levantaron contra el régimen que domina en Siria desde hace medio siglo y se ampararon de esta "Qalaat al Hosn" ("fortaleza inconquistable" en árabe).

Desde entonces, entre cuatro y diez francotiradores, apodados "los fantasmas" por los habitantes, viven en el castillo para protegerlo y reciben víveres de sus camaradas.

Por el momento el edificio no ha sufrido daños graves pero la guerra sigue cien metros más abajo.

Luchar hasta el final

Son las cinco y media de la mañana. Al amparo de la espesa niebla, las fuerzas leales al régimen intentan un incursión. Ahmad, del Ejército Sirio Libre (ASL), la fuerza que agrupa a los desertores, muere al recibir dos balas en la cabeza de un francotirador leal a Asad.

Bajo los disparos, cinco compañeros de Ahmad, entre ellos su hermano, se llevan el cadáver de este padre de tres hijos hacia una camioneta.

Un joven combatiente de 13 años con cara de niño, vestido con camiseta negra y una kalashnikov en la mano, se acerca al cuerpo de su amigo y grita "¡Ahmad, Ahmad, Dios mío!" antes de ponerse a llorar y volver al combate.

Pocos minutos más tarde Ayham, el hermano de Ahmad, muere a su vez por una bala en la cabeza. Durante la batalla morirán en total seis de los rebeldes que defendían el castillo.

En el pueblo turkmeno sunita de Azzara, una procesión acompaña ahora a los dos cuerpos hasta el cementerio mientras la gente grita "¡El pueblo quiere la caída del régimen!".

Las esposas y las hermanas de los difuntos, vestidas de negro, acarician por última vez las caras llenas de sangre de los combatientes antes de que los entierren.

"Seguiremos luchando hasta el final. Bashar intentó en vano aterrorizar a los habitantes para que nos atacaran. El régimen ha jugado su última carta", asegura Nader Asaad, el jefe local de la brigada Al Faruk, una unidad de élite del Ejército Sirio Libre.

Los habitantes luchan con uñas y dientes porque son conscientes de que si cae esta región estratégica, que une Damasco, Homs y la costa mediterránea, estarán en manos del ejército del régimen.

"Si perdemos nuestro castillo nos pasará como Baba Amr", dice Mohamad Al Masri, de 34 años, un ingeniero militar desertor. Se refiere al barrio de la ciudad de Homs que fue destruido por las bombas y que se quedó sin habitantes tras un mes de bombardeos.

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